YOLD TE PUBLICA. Un espacio para tus cuentos y relatos.
El salto del ángel
Un cuento de Achaques desde el trampolín

“Los recuerdos tienen con frecuencia más capacidad de sugestión que los hechos”.
Granjero de verano, John Cheever.
De vez en cuando se prepara mentalmente para envejecer. Como ejercicio. Intenta imaginarse vieja. Se desmaquilla frente al espejo, ensaya un gesto alicaído y arrugado y se hace un moño con su pelo largo. En la puerta coge el paraguas como bastón y mete su equipo de la piscina en una vieja bolsa de red. Ya en la calle, camina despacio y encorvada, se mira en los escaparates y se siente viejita pero feliz. Ser vieja no es para tanto, claro que no.

Al pasar por la agencia de viajes, se detiene un momento para ponerse las gafas de cerca. En la vidriera está la torre Eiffel recortada sobre un cielo azul. París fin de semana con descuentos para la tercera edad, ventajas de haber cumplido los 65.
Desde la acera de enfrente una vecina la llama. Con gestos le hace entender que no la oye, está tonta esta mujer ¿es que no sabe que no oigo casi?… total, para lo que hay que oír… la vida sin gritos ni bocinazos, mira ése –un coche cruza el semáforo en rojo-, si es que van como locos, como si tuvieran toda la vida por delante y no es así -murmura y traga saliva con esfuerzo-, no señor, no es así, que la vida no es corta sino ancha y la suya lo ha sido -quiere pensar-. Esquiva temblorosamente un charco que parece una piscina; con el bastón aparta de su camino un excremento –de perro, quiere suponer- y sigue avanzando, que a este paso torpe y lento cuesta llegar a cualquier sitio y ya se le hace tarde.
Aunque el polideportivo está a la vuelta, llega sin resuello. Los años no pasan en balde. En el torno de la entrada, el portero le pregunta por el paraguas, si hace un sol espléndido… Qué sabrá éste, farfulla sin contestar, prerrogativas de la sordera.

En los vestuarios, el estimulante olor a cloro la distrae por un momento y, frente al espejo, el bañador le queda perfecto, como si tuviera veinte años. En la piscina desierta, el sol entra por los ventanales y el agua es una lámina que refleja el cuerpo otra vez viejo y encorvado. Hace temblar sus manos cuando apoya el bastón en la escalera del trampolín, mientras el charquito del primer peldaño le refresca los pies cansados. Se agarra a la barandilla, asciende despacio, calculando las distancias, pero el agua está demasiado brillante, bañada de sol y parece de oro.

El olor a cloro que sube hasta ella, ondeando en el aire, la llama y se llena los pulmones con él. Sin poder evitarlo, las pisadas sobre el trampolín son ágiles, ligeras en el leve balanceo de la tabla. Con el salto, el ánimo se eleva aun sin querer y se lanza al agua, voltereta y el ángel, los brazos como alas, el moño deshecho, la sonrisa ancha. Veinte años todavía, menos mal.



Deja un comentario