Mundo Yold. Hoy queremos recordar a la malograda modelo y actriz de belleza exquisita y triste biografía

Capucine, el cisne de la alta costura que se arrojó por la ventana

 

 

Inés Almendros
28 junio, 2021

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Su imagen como modelo de alta costura sigue siendo icono de la más absoluta elegancia. Su enorme belleza, talento y carisma la convirtieron en estrella de Hollywood. Pero su éxito siempre se vio empañado por su tendencia a la depresión y a la soledad, problemas mentales que la llevaron a un triste y dramático final. Hoy recordamos a la mítica actriz y maniquí cuyas fotografías nos siguen enamorando.

Su verdadero nombre era tan largo, elegante y estilizado como ella: Germaine Hélène Irène Lefèbvre. Había nacido el 6 de enero de 1928 en la localidad de Saint-Raphaël (Francia), en una familia de clase media, que se preocupó por su formación. Al terminar sus estudios básicos, comenzó un grado en arte e idiomas extranjeros (algo que le vendría muy bien para su posterior carrera en Estados Unidos); pero ya en plena adolescencia, y siguiendo el consejo de un amigo fotógrafo, se marchó a París para trabajar como modelo.

Desde adolescente destacó por su fotogenia

Era evidente que debía dedicarse a ello, teniendo en cuenta su físico absolutamente espectacular: alta, delgada y espigada, de rostro finísimo y ovalado, con un cuello interminable, unos ojos perfectos, y sobre todo, la elegancia única de quien ha nacido con porte y glamour. Fue, precisamente, mientras estudiaba modelaje y hacía sus primeros pinitos como maniquí, cuando adoptó el seudónimo con que se haría famosa, y que encajaba con un guante con su imagen: Capucine, sin apellidos… el nombre de una flor igualmente bella y elegante.

Una de sus fotos más conocidas, Capucine en el Cafe de la Paix, Paris, 1952, fotografía de Georges Dambier

Su éxito en París fue inmediato: su imagen perfecta, junto con el hecho de que era una señorita estudiada, con clase, cultura e idiomas, la convirtieron rápidamente en la modelo preferida de las más prestigiosas casas de alta costura. Comenzó a trabajar con Germaine Lecomte y Maggy Rouff, al tiempo que realizaba sus primeras fotografías para las revistas de la época.

Capucine por Georges Dambier, el gran fotógrafo autor de alguna de sus mejores imágenes

Era el final de los años cuarenta, el comienzo de la nueva edad de oro de la alta costura en París, después de una guerra mundial que había arrasado Europa, y borrado durante un tiempo la producción del lujo. Eran también los tiempos en los que los modistos contaban con maniquíes que trabajaban en la propia maison, desfilando delante de las clientas. Su prestigio creciente la llevó hasta los más grandes: Dior, Balmain, Fath, Givenchy...

Capucine vestida por Hubert de Givenchy

De hecho, el propio Hubert de Givenchy no solo fue su jefe, sino que se convertiría en uno de sus fieles amigos y mentores. Igualmente, Capucine trabajó, ya desde entonces, con algunos de los mejores fotógrafos del siglo XX, como Henry Clarke, Jen Chevalier, Georges Dambier, Robert Capa, etc.

Fotografiada por el gran Robert Capa

Pese a su increíble belleza, a su cultura -durante años estudió arte, interpretación, y hablaba varios idiomas-, la realidad es que la actriz siempre sufrió una continua inseguridad.

En esta época, la joven también conoció a Audrey Hepburn -compañera de modelaje en París-, quien se convertiría en su gran y eterna amiga de por vida; tanto que Capucine fue la madrina en la boda de Audrey con su segundo marido, Andrea Dotti; tanto que residieron en Suiza en sus últimos años, siempre unidas.

Capucine, al fondo de la imagen, madrina en la boda de Audrey Hepburn

La joven también conoció a Audrey Hepburn -compañera de modelaje en París-, quien se convertiría en su gran y eterna amiga de por vida.

Capucine en la revista Vanity Fair de Francia 1956

Estrella entre las estrellas
Capucine también comenzó desde muy joven su carrera en el cine: su primera aparición en una película fue con el director Jean Cocteau, en 1948, concretamente se trataba de El águila con dos cabezas. En estas fechas se casa con el actor Pierre Trababud, pero su matrimonio apenas dura unos meses. Fue su única boda, en una singladura emocional inestable, que la llevó a vivir casi siempre en soledad.

En 1957 el productor estadounidense Charles Feldman se fijó en ella y la animó para iniciar su carrera en Estados Unidos. Su primera incursión en un filme americano fue en Sueños de amor, de Charles Vidor, junto a Dirk Bogarde; su inicio en Hollywood no pudo ser mejor, ya que por este papel recibió la candidatura al Globo de oro 1961 a la mejor actriz.

Su exquisita elegancia le ayudó a conquistar Hollywood

A partir de ahí, continuó un periplo igualmente reconocido y exitoso participando en numerosas películas americanas, con algunas de las más rutilantes estrellas de la época, que la admitieron enseguida en sus elitistas círculos, admirados por la despampanante elegancia de la francesa.

Junto a Peter Sellers en su papel como Simone Clouseau, en la saga de La pantera rosa

Tal vez su película más famosa fue La pantera rosa, en 1963, donde interpretaba a Simone, la esposa del detective Clouseau. Pero también trabajó en ¿Qué pasa, Pussycat?, de Clive Donner; El gran Slam, de Henry Hathaway, Alaska tierra de oro, y otras muchas más.

Con John Wayne, uno de sus grandes amigos en Hollywood, en Alaska tierra de oro

Durante sus años en Hollywood, la modelo mantuvo un romance con William Holden, galán de éxito del momento, que acabó de forma tortuosa. No se le conocieron muchos más romances; por ello y por su continua soledad, de Capucine se dijo siempre que era homosexual. Pero, en cualquier caso, y fuese como fuese, ella siempre mantuvo una ejemplar privacidad.

En la portada de Vogue

Pese a su increíble belleza, a su cultura -durante años estudió arte, interpretación, y hablaba varios idiomas-; pese a que contaba con prestigio universal y con el afecto de numerosos y buenos amigos, la realidad es que la actriz siempre sufrió una continua inseguridad. Paradójicamente, mientras que el mundo la veía como la perfección personalizada, ella padecía una persistente falta de autoestima y seguridad. Problemas como la falta de ánimo se fueron intensificando conforme iba siendo mayor, hasta degenerar en depresiones no convenientemente tratadas.

Capucine, foto de René Rouff, 1953

Hay que recordar que en aquella época la depresión estaba considerada como “cosa de locos”: una enfermedad vergonzante y nada reconocida, que no se confesaba, ni se proclamaba en público. Mucho menos si eras un personaje famoso en todo el mundo. Hermética con su vida personal, cerrada, solitaria y reservada como era, su tristeza permanente debió de ser para ella un calvario recurrente.

Hermética con su vida personal, cerrada, solitaria y reservada como era, su tristeza permanente debió de ser para ella un calvario recurrente.

Capucine y Audrey juntas en Suiza, donde las dos fueron a vivir, muy cerca la una de la otra, en los años sesenta

A finales de los sesenta, Capucine decide volver a Europa y se instala en Suiza, concretamente en Lausanne, donde también vivía su querida amiga Audrey Hepburn, quien la asistió y acompañó en muchos de sus peores momentos. No hay datos certeros al respecto, pero se cree que Germaine sufría, ya desde su juventud, brotes maniacodepresivos, e incluso un posible trastorno bipolar, que la habría llevado a intentar el suicidio en distintas ocasiones.

Productos de la marca en los años 70

Intentos fallidos, que fueron abortados por personas de su entorno. Hasta que, finalmente, el 6 de marzo de 1990, nadie pudo impedir el drama: con tan solo 62 años, Germaine se arrojó desde la ventana de su apartamento del octavo piso de la calle Chemin de Primerose. Sin familia cercana conocida, según el obituario del New York Times, solo la sobrevivieron sus tres gatos. Aunque Audrey y sus buenos amigos siempre la recordaron, manteniendo, eso sí, el silencio sobre lo sucedido, y el respeto a su siempre deseada privacidad.

Ya, en su espléndida madurez, posando para Albert Watson para Vogue. Poco tiempo después, acabaría con su vida

Germaine se arrojó desde la ventana de su apartamento del octavo piso de la calle Chemin de Primerose.

Su belleza, una inspiración
El nombre de Capucine no solo permanece unido a su carrera como actriz y modelo, sino que fue inmortalizado gracias a la creación de una firma de cosméticos, de éxito universal hasta el día de hoy. Fue en 1964 cuando la empresaria española Carmen Vidal abrió la marca Germaine de Capuccini, inspirándose en la elegancia y el glamour de la actriz. Carmen, una emprendedora cosmopolita que había vivido en Argelia y en Francia, acertó de pleno con el nombre de sus productos para los cuales se inspiró en las recetas artesanales de las mujeres argelinas. Ella misma, con su pequeño equipo de trabajo, creó sus primeros cosméticos en el pequeño laboratorio de su Salón Dermabel, en Alcoy, Alicante. Hoy en día la firma sigue triunfando en el mundo, con su logotipo del cisne eternamente elegante, que tanto nos recuerda a la exquisita Germaine, la modelo sublime que voló desde su balcón para, tal vez, encontrar por fin la paz.

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