YOLD TE PUBLICA. Un espacio para tus cuentos y relatos.

El peligro de la imaginación 

Un cuento de miraelrío

Firma Invitada
20 agosto, 2016

Si tienes algún cuento, unos versos, un fragmento de diario, algún artefacto literario de cualquier género que necesita ser leído, éste es tu espacio. Mándanos tus escritos (breves, máximo 10.000 palabras) a xuxurlatu@genteyold.com y los publicamos.

 

Mientras descorcha una botella de vino, él se imagina cómo le quitará el vestido.
Mientras prueba la salsa de chocolate, ella se imagina cómo sabrá su boca.
En el restaurante Egipto ella es la cocinera y él, el dueño. A la hora de cerrar salen juntos. Apenas se miran al desearse las buenas noches.

En la sección de frutería del supermercado, ella intenta hacer memoria: no recuerda lo que había ido a comprar. En el hilo musical empieza a sonar una canción que le gusta. De un gran cesto, coge un tomate con forma de pera y lo mira. Ella, que siempre sabe lo que quiere, lo mira fijamente durante un rato. El tomate es rojo, pequeño y muy blando. Lo coloca cuidadosamente en la balanza para pesarlo y lo contempla. Seguidamente coge otro y lo coloca a su lado. Tararea el estribillo de la canción mientras más tomates van llenando el plato metálico. Hace un segundo piso y luego un tercero y un cuarto. Se esmera en no aplastarlos, los coloca uno encima de otro, pero con cuidado. Aún así, los de los bordes empiezan a correr peligro de desmoronamiento. Por eso la quinta capa la hace más compacta y reducida y más aún la sexta y la séptima. Colocar el último, el que completa el octavo piso, es un ejercicio de equilibrio que no resulta fácil. Podría suponer la caída de toda la pirámide roja y blanda. No tan grande como Keops, pero sí tiene algo de prodigiosa en su humildad vegetal.
-Que se le van a caer, mujer –dice el frutero. Ella se sobresalta, como el que despierta de golpe. No se había dado cuenta de que la estaban observando. Devuelve el último tomate al cesto y se va.

Al llegar a casa, da un portazo al entrar. Ella siempre sabe lo que quiere. No puede seguir así, todo el día en la inopia, soñando despierta. Esta misma noche se lo soltará, que se entere de una vez. Y si no le valen las indirectas, quizá con una pancarta se haga una idea. A problemas extremos, medidas extremas. Sí, todo por escrito y bien clarito.

Con un par de palos de escoba y una sábana vieja tiene la pancarta lista en un momento. Una barra de labios rojo sangre le sirve para escribir: Te quiero, idiota.

121H

En la cola del banco, él, que siempre tiene dudas, sostiene el periódico delante de sus ojos. Ha decido buscar la página más fácil, la de deportes, porque en su estado no cree que pueda concentrarse en otra cosa. Sus ojos pasan por encima de las letras como si fueran jeroglíficos. Al llegar al final de un párrafo comienza de nuevo a leerlo y así una y otra vez. Un anuncio de colores chillones llama su atención: una oferta de vuelo y media pensión a Egipto. En la foto, la esfinge parece un perro disecado y las palmeras son de plástico verde y marrón, pero la chica del bikini es igual a ella. No, igual, igual, no: ella es más guapa.

-Perdone, le toca a usted –dice alguien a su espalda. La fila ha ido avanzando hasta llegar a la ventanilla y él se ha quedado rezagado. Detrás del cristal, una señorita le invita a acercarse al mostrador. Él se ve, de pronto, parado sobre una raya en el suelo. No recuerda qué había ido a hacer al banco. Se da la vuelta y se va.

Al llegar a casa, cierra de un portazo. No puede seguir así, de esta noche no pasa. Le hablará, y además bien clarito, que se entere de una vez. Ya no se va a andar con más indirectas. Cuando todos se hayan ido pondrá encima de la mesa de la cocina los dos billetes para El Cairo y que ella decida. Esta vez no se le va a escapar, no valen excusas, nada de es muy tarde, estoy cansada, me tengo que ir. Ya está bien de tanto jueguecito.

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En el restaurante, la pancarta aguarda su turno en una esquina de la cocina, con el aire de protagonismo aplazado propio de las pancartas enrolladas. Ella ha colgado su abrigo encima para intentar esconderla. Él espera el momento de cerrar con los billetes de avión en el bolsillo interior de su chaqueta. Los latidos de su corazón les arrancan crujidos delatores.

-Después de cerrar me gustaría hablar contigo un momento -le dice él, rojo como el sol del atardecer en las pirámides-. Es algo un poco personal, bueno…, bastante personal… -se detiene, ve la pancarta en la esquina, va a decir algo pero se calla.
-Sí, claro, cuando quieras -ella sonríe, ¿qué querrá? ¿será posible que, por fin, vaya a lanzarse? Quizá se ha precipitado con la pancarta, quizá ya no sea necesaria. Por lo menos tenía que haberla dejado mejor escondida.

En la barra, él sirve dos copas de vino y se imagina la escena una vez más. La invitará a sentarse en un taburete y le rodeará la cintura con una mano mientras con la otra le alcanzará su copa. Luego, brindarán y él, desde atrás, le hablará al oído con su registro más profundo.
En la cocina, ella adereza con pimienta la salsa de chocolate y se imagina la escena tal como le gustaría que ocurriera: él entrará, se apoyará en una esquina de la mesa y le clavará la mirada en la espalda. Entonces ella no podrá deshacer el nudo de su delantal y, él, con su voz más rota, susurrará algo en su cuello mientras la abraza.

Es la hora de cerrar y él está en la barra, esperando y ella, en la cocina, esperando. Pasa un rato y siguen esperando, fingiendo ocupaciones innecesarias. Pasa otro rato y ella, que siempre sabe lo que quiere, se levanta y coge la pancarta sin saber muy bien para qué. No sabe si esconderla, seguir esperando o desplegarla de una vez. Y así, sujetándola con una mano y sosteniendo el abrigo en la otra, se queda unos instantes, dudando.
Pero el que ya no duda más es él, que entra en la cocina y, al verla así, no tiene más remedio que preguntar:
-¿Te vas ya? ¿Tienes manifestación? -de pronto pasa del nerviosismo al enfado-. No sabía que…
-Sí… no, es que… bueno sí, me voy ya, es muy tarde y estoy muy cansada.
-¿Y la pancarta?
-No, nada, que me la he encontrado en la calle, estaba apoyada en la puerta y la he metido aquí y hacía muy feo.
Él ve una puerta abierta para retenerla: la remodelación de la fachada es un tema interesante y pertinente.
-Desde luego, con lo bien que ha quedado la fachada arreglada ¿te has fijado en el neón rojo de la pirámide?
Ella siente que él se va por las ramas y se pone a la defensiva. Está harta de perder el tiempo. Siempre cobarde o indeciso, o las dos cosas a la vez. Por eso decide seguirle el juego y ser ella la que escape.
-Sí, pero a mí me gustan más los jeroglíficos, con esa luz verde tan bonita… Bueno, me voy, es tarde, me llevo la pancarta y la dejo en algún contenedor… Buenas noches.
-Sí, buenas noches, hasta mañana.

Apenas se miran al despedirse. La pirámide de neón late insistente en la oscuridad de la calle cuando se separan. Ella cruza la acera, él dobla la esquina. La noche se los está tragando y ninguno se vuelve. Mientras caminan, él ya la está desnudando, ella le muerde los labios.

 

Imágenes tomadas de:
http://www.gratisography.com/
https://yosfot.files.wordpress.com/2014/11/marcus01.jpg

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