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Del corazón tripas
Un cuento de Portuculpa

La gourmet Margarita está plantada delante de su reto, que tiene forma de chiringuito playero y huele deliciosamente a fritura de pescado. Sin embargo, el reto ni está frito ni es pescado. Está dentro de una concha envuelto en moco. Margarita aborrece las ostras, algo que una profesional como ella no se puede permitir; por eso va a vencer su repugnancia y se va a enfrentar a media docena de golpe, que no está mal para empezar. Hará otra vez de tripas corazón –ya lo ha intentado en un montón de ocasiones- y probará las ostras de nuevo.
Y esta vez lo conseguirá, se dice. Porque lo va a hacer bien y elegirá el sitio cuidadosamente, no como aquella noche en la que se encontró con sus jefes en el tres estrellas del puerto. Para medirse otra vez con media docena de ostras no hay escenario más discreto que un chiringuito de la playa -este mismo puede valer, con sus fluorescentes azules llenos de moscas bailonas y arena en el suelo-. Aquí no parece probable encontrarse con los ojos inspectores de ningún otro gourmet. Así que lo primero es respirar hondo, caminar con cuidado de no encajar los tacones entre las tablas de la pasarela tendida sobre la arena y, luego, entrar, sentarse en una mesa cerca del baño –por lo que pudiera pasar- y pedir la carta.

-Media docena de ostras y una botella de Albariño, por favor.
No ha sido tan difícil. Un camarero con los brazos largos y peludos ha colocado en la mesa el mantel de papel, las servilletas, el tarrito de los palillos y la botella de vino.
A la gourmet Margarita la pelambrera de los brazos del camarero le ha recordado el artículo que acaba de escribir para el periódico sobre hábitos alimenticios en la Prehistoria. Brazos peludos y fuertes tenían también los neandertales, los primeros consumidores de ostras de la historia, los hombres más valerosos de la tierra por atreverse a probarlas. Buceaban con un sílex afilado entre los dientes, cogían una ostra, salían a la superficie, abrían la concha haciendo palanca con la piedra y, allí mismo, todavía dentro del agua, se la vaciaban en la boca. Porque la ostra, se dice la gourmet Margarita para darse argumentos y de paso valor, es uno de los pocos alimentos no vegetales que, desde el inicio de los tiempos, se consume de idéntica forma, crudo y sin aditamentos de ningún tipo. Pero Margarita no es una neandertal, y además recuerda la primera ostra que probó en su vida, cuando era sólo una niña, como su primer acercamiento a lo repugnante. Un recuerdo imborrable, por ser la primera y también la peor. Su padre abriéndole la boca para meterle a la fuerza el contenido de una concha apestosa, el líquido gelatinoso resbalando y cayendo en su lengua, la sensación de un trozo de baba espesa pegándose a su paladar. Y, luego, durante horas, la boca llena de ese sabor a huevo de mar, a puerto, a agua estancada.

Con este recuerdo, un amago de nausea se asoma a su garganta, y Margarita se aferra a la copa de vino como el que agarra la anilla que abre el paracaídas. Un largo sorbo de Albariño consigue despistar la arcada y recluirla al fondo del estómago. Algo que no consiguió aquella primera vez, cuando su padre la obligó a probar la primera ostra. Fue una arcada brutal la que la expulsó; la violencia de la nausea le ayudó a liberarse de los brazos fuertes de su padre y escupir la ostra y toda su baba al sintasol de la cocina.
Margarita tampoco ha olvidado la mirada de frustración de su padre, ni la rabia intensa, tan cercana al odio, que sintió ella.
-¿Me da fuego, por favor?
La llama enorme del mechero que le ha acercado el camarero casi le quema las pestañas, pero igual se lo agradece con una sonrisa tensa, que ya es más bien la mueca del que se espera lo peor. Y eso, multiplicado por seis, es lo que se acerca temblando en la bandeja de aluminio que el camarero le está plantando en la mesa.
-Y aquí están, vivitas y coleando, todas para su disfrute, señorita.
Pero Margarita no se deja amilanar por la mirada líquida que flota en cada concha: ella tiene sus propias armas para defenderse. La copa de vino llena hasta el borde y el cigarro ahí, junto al cenicero –vicio insólito en una gourmet al que ha decidido abandonarse otra vez, después de tantos años-, tabaco negro preparado para envolver en humo el sabor salado y temblón.
La llegada al chiringuito de un grupo familiar colorado y contento es lo que faltaba, piensa Margarita al encenderse el cigarro. Suecos, noruegos, daneses… los padres iguales que los niños, los niños iguales que los padres. Sonrisas rubias y ojos helados se sientan en la mesa vecina y son rápidamente atendidos por el camarero velludo. El niño pequeño extiende el brazo y con el dedo índice señala el cigarrillo de la gourmet y agita la mano en el aire, con el gesto del que aleja el humo. La madre sonríe a Margarita y le dice al niño algo al oído. El niño oculta rápidamente el apéndice maleducado y también sonríe a la vecina fumadora, mientras Margarita se horroriza porque le parece oír un coro de risitas babosas en su plato como remate de la escena sonriente.
No hay peor momento que éste para probar una ostra, se dice. Aún no ha empezado y ya siente que hay una nausea esperándole, ahí abajo, en la boca del estómago. Otro trago de vino y a la de una, a la de dos y a la de tres. No puede ser que no me gusten, no puede ser, se repite mentalmente como una oración mientras vacía la primera concha en la boca. Cuando la gelatina con sabor a mar le roza el paladar, siente una arcada trepar por su garganta, pero no hay otra que tragar, soportar su paso lento, húmedo, por la laringe, aguantar el culebreo babeante de la ostra hasta que desaparezca en el estómago.
Mientras esto sucede, intentar pensar en otra cosa es lo único que se puede hacer. Eso y premiar el triunfo con un buen sorbo de vino, distraerse mirando a la mesa escandinava donde ríen hasta los mejillones. El niño está regando los percebes con chorros de un bote de plástico rojo; los caparazones de las langostas han desaparecido ya bajo una capa espesa como la sangre de una película de terror. Marisco con ketchup, se escandaliza la gourmet, en cuanto a repugnancia, las ostras tienen dura la competencia.
Y la esperan todavía cinco en el plato. Una prueba dura, más que la anterior, porque el asco provocado por la primera se suma al de la segunda y así la segunda es siempre mucho más asquerosa que la primera, pero menos que la tercera que aguarda en el plato, bien hinchada ella, bien repleta de gelatina, sabedora de su poder. Por eso, otra vez hay que hacer de tripas corazón y esperar a que la segunda y la tercera bajen por la garganta nadando en el último trago de Albariño.
Una vez pasadas y bien a salvo en el estómago, se siente eufórica, casi vencedora, ya sólo quedan tres, es el momento de pedir otra botella de vino. El asco da sed y el trío que queda en el plato la sigue mirando, cómeme, cómeme.
Por señas, Margarita pide más vino. El camarero pregunta con un ademán de su brazo peludo si también otra ración. Lo mueve haciendo círculos en el aire y señalando la mesa. Círculos rápidos, grandes, como los de una noria en funcionamiento. Margarita, repentinamente mareada, niega rotundamente. Que no. Más de todo no. Sólo más vino. Y señala la botella vacía, apaga el cigarro mientras intenta escapar de otro recuerdo: su padre obligándola a subir a la noria, que subas, que no pasa nada, que te va a gustar, que hay que probar de todo. Ella dentro de una cabina que da vueltas sobre sí misma y gira suspendida en una enorme rueda, su padre satisfecho abajo, esperándola. Dos arcadas y media después, ella poniendo un pie a tierra con la cabina todavía bamboleante, sujetándose para no caerse, dando unos pasos vacilantes y vomitando a los pies de su padre, manchando su pantalón, sus zapatos de ante y dejando un charco grumoso en el pavimento asfaltado del parque de atracciones.

Pero, bueno, eso pasó hace mucho tiempo, se dice cuando el camarero coloca la botella en la mesa. Mientras la descorcha, Margarita desea que uno de sus pelos, el más largo y más negro, caiga en la fuente de las ostras para poder decir: mire, un pelo, llévese usted el plato, por favor. Pero no: el camarero es del tipo robusto, neandertal, de los que no se despeinan por un corcho de nada y abre la botella en un momento, como si fuera una uva madura.
Y ella tampoco se despeina, a pesar de que siente a la cuarta, quinta y sexta ostra esperándola en el plato, ya claramente muertas de risa, con su mirada viscosa y burlona, tan pegajosas como la mano de su padre soldada a su boca para impedir que la niña Margarita escupiera.
Como el trío de babosas marinas corre serio peligro de tomar temperatura ambiente e intensificar su sabor a puerto, reúne fuerzas y una, dos y tres, las tres a la vez. Y, de nuevo contra el paladar, el tacto gelatinoso de carne espumosa y fría. El esfuerzo por tragar es tal que una lágrima se le escapa por el rabillo del ojo izquierdo. Parece estar oyendo a su padre: pero ya está, mi niña, ya pasó, ¿ves como no ha sido para tanto?, una exagerada, eso es lo que eres. A Margarita le retumban en la cabeza sus palabras mientras se bebe la copa de vino de un trago.
La botella y media trasegada burbujea dentro de su cabeza junto con los neandertales, los pies vomitados de su padre y las sonrisas escandinavas de los vecinos. De las ostras, afortunadamente, no se sabe nada, deben estar ya allá abajo, en el estómago, tan ricamente, dando vueltas en la noria de los jugos gástricos. Tampoco hay rastro de nauseas o arcadas. Margarita está feliz, parece que lo ha conseguido. Por fin.
Coge su copa y brinda por ella misma. Es verdad que ha tenido aliados –el vino y el tabaco-, pero también enemigos –los brazos peludos, sus recuerdos, los vecinos…
El niño escandinavo se ha acercado a su mesa con un plato de tarta en la mano y la nariz rebosante de mocos. Dos ríos espesos pintan sus labios de verde y humedecen la amplia sonrisa. El niño le tiende el plato y se pone de puntillas con la evidente intención de besarla. No puede ser, se dice ella, no puede ser y mira al niño como hipnotizada. La misma baba transparente, salada y pegajosa que, con tanto esfuerzo, Margarita acaba de tragarse, la misma consistencia de líquido espeso moja la boca que ahora se acerca a su mejilla.

Una arcada se abre camino en su garganta y con un ruido ronco y profundo, como el rugido de un neandertal, vomita. En el suelo arenoso del chiringuito se forma un charquito de vino con seis cadáveres flotantes. Los recuerdos, en cambio, se quedan bien agarrados a las tripas y al corazón de la llorosa gourmet Margarita.


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