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El mayor mentiroso del mundo
Folleto de la Casa-Museo Dominique Bawer

El mayor mentiroso del mundo
-Reseña biográfica del folleto publicado por el Museo-Casa Natal de Dominique Bawer-
(ejemplar gratuito)
Dominique Bawer, el hombre más mentiroso de Europa, nació en los suburbios de Metz, aunque él siempre haya contado que un quebrantahuesos le depositó en la cima del Mont Blanc, el techo de los Alpes.
No se tiene constancia de la fecha en la que dijo su primera mentira, pero su progenitora declara que a los nueve meses miraba de un modo extraño al sonreír. (Fotografías del bebé de extraña sonrisa se conservan en la Casa Natal -consultar horarios al dorso-).
Sus biógrafos han podido constatar que a la edad de dos años escondió el chupete, al que era un adicto empedernido, cuando su madre pretendía quitárselo y negó con la cabeza saber dónde estaba. El chupete, que ahora se conserva en la Casa Natal gracias a una donación anónima, tiene unas dimensiones considerables y resulta difícil explicarse cómo un bebé de dos años pudo esconderlo dentro de su boca. La madre no se cansa de repetir el inmenso poder de convicción que ya entonces poseía su mirada. Dos ojos azules que transparentaban una limpieza tal, una sinceridad natural y elocuente, que hipnotizaba y convertía en invisibles las pruebas de su mentira, incluso en los patentes carrillos abultados de una criatura.
A los siete años había convencido a los religiosos de su colegio de que la grieta en forma de cruz del techo de su habitación le hablaba y le avisaba de que Cristo, el Redentor -pues no podía tratarse de otro-, estaba a disgusto con tan visible deterioro, impropio en una escuela de escolásticos. El joven Bawer consiguió que decidieran repintar el techo y vendió la pintura sobrante en el mercado de los jueves, iniciando así su carrera como empresario de la mentira, que tan lejos le llevó.
Muy pronto descubrió que sus ojos transparentes podían acariciar y rendir a las muchachas, “esos seres deliciosos y sin voluntad”, como le gustaba definirlas. Fueron incontables las que sedujo el apuesto adolescente. Sus biógrafos son unánimes: Bawer perdió la virginidad a la edad de trece años, con su prima, de dieciséis. De la inmensa fama que pronto adquirió nuestro personaje, han surgido mujeres que dicen ser las responsables de su desfloramiento. Sus testimonios no se han querido tener en cuenta en la biografía oficial, pero todos coinciden en subrayar la capacidad engañosa de ese mirar extasiado que anulaba cualquier voluntad, y hacía creer en el amor más puro y desinteresado.
Las mejores pruebas de su precocidad sexual están encarnadas en sus primeros hijos (ya reconocidos cincuentones), que actualmente regentan, con eficacia y orgullo, la Casa Natal de su progenitor.
A los dieciséis años había ingresado ya en la universidad, disponía de carnet de conducir y era campeón mundial de tenis sobre hierba en la categoría infantil, con el simple procedimiento de falsificar la fecha de nacimiento en cuantos documentos figuraba. Su talento para el engaño, así como sus penurias económicas, le desviaron hacia los turbios caminos del timo, la estafa y el desfalco y a los dieciocho años su cuenta corriente gozaba de una salud espléndida.
Llegado a esta encrucijada de su vida, Bawer valoró su futuro y las posibilidades que su talento le ofrecía. Desdeñó la política y las finanzas por vulgares y aburridas y, realizando un fructífero esfuerzo de introspección y autoconocimiento, llegó a la conclusión de que su imaginación desbordante no podía encontrar mejor cauce que el de la literatura.
Corría el 1 de marzo de 1948, cuando Bawer decidido a hacerse escritor, se sienta y empuña su ya famosa pluma de plata (una réplica exacta a tamaño natural se halla en la Casa Natal) para iniciar su ópera prima, “Nosotros, los quebrantahuesos”, considerada por todos los expertos, como la gran novela contemporánea de la literatura universal. El clamoroso éxito de su publicación alentó al fantasioso Bawer a continuar y pronto llegaron los premios y el reconocimiento del mundo literario. Su obra completa está traducida a más de seiscientos idiomas y, aunque le faltó el Nobel -ese desprestigiado premio-, se cuentan por millones los lectores que han comulgado con sus maravillosas mentiras “como monaguillos impúberes”, metáfora célebre que tomamos prestada de la pluma del Maestro. (Para mayor información sobre su producción literaria les remitimos al trabajo del Doctor Metopa, “Él, Dominique Bawer”, a la venta en la tienda de la Casa Natal, así como su último y exitoso ensayo: “La literatura, esa patraña”).
La muerte le sobrevino al escritor a los ochenta y ocho años de edad, con sus treinta y seis hijos (reconocidos todos) congregados en torno al lecho del moribundo. (Una fotografía del momento se halla en la entrada de la Casa Museo, junto al sudario que le acompañó hasta la incineración de sus restos mortales, sin duda, las piezas estrellas del museo).
En su tumba (sita en la cripta bajo la Casa Museo –se recomienda ropa de abrigo-) reza la oración: “Os lo habéis creído”, la última broma de este magnífico mentiroso que fue el escritor Dominique Bawer.
Requiescat in pacem
(Para asistir al responso por su alma, pedir cita en el 834 1515)


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