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Estímulos

Un cuento de Marta Quédecosas

Marta desayuna y se vuelve a meter en la cama con una novela de Coetzee sobre la invasión de los bárbaros en una tierra sin nombre. Lee la solapa, el prólogo, los dos primeros capítulos y se queda dormida. Sueña que sostiene entre los brazos un pesado y frío bloque de mármol a punto de desplomarse sobre sus pies.

En el aperitivo, con los amigos, se habla de los estrenos cinematográficos, se hace un repaso a la cartelera y se comenta -brevemente- la última película de Lars von Trier. La conversación decae y se pasa a otro tema: una obra de teatro de vanguardia que arrasa en las taquillas de la ciudad. Tras la tercera cerveza,  a Marta le asalta un recuerdo: siendo niña camina sobre un imaginario hilo de alambre, zarandeado por el viento y suspendido en el vacío, que no es más que la ancha tabla de madera de un banco en el parque a treinta centímetros del césped.

Tras la comida, Marta ve un documental sobre el proceso creativo de Chillida. Le parece interesante y piensa que se lo tendrá que recomendar a una amiga muy aficionada a la escultura abstracta. Se adormece soñando que está en una playa inmensa, con gaviotas que chillan y vuelan enloquecidas trazando círculos sobre su cabeza.

Por la tarde, acude a la tertulia literaria de los jueves y con los compañeros analiza la estructura de un cuento de Kafka y su metáfora situacional. Algunos destacan la potente voz del narrador, mientras otros permanecen mudos. Marta se pregunta si no sería mejor hablar de los gritos que cada uno oculta bien al fondo de la garganta, o -si eso no es posible- levantarse entonces a bailar el tango que suena bajito por los altavoces del café.

De vuelta a casa, en el metro, Marta saca de la bolsa el último ensayo de Constantino Bértolo, que tanto le han recomendado en la tertulia. Mientras intenta concentrarse en su lectura, siente que no debería estar tan tranquilamente leyendo, cuando viaja bajo tierra por túneles larguísimos, entre paredes negras, sobre vías estrechas infestadas de ratas.

Como todas las noches, para entrar plácidamente en el sueño, recurre a las arias de Bach. Se coloca los auriculares y con la cabeza apoyada en la almohada, llena de las palabras, imágenes y sonidos que ha coleccionado a lo largo del día, se va adormeciendo. Queda, una vez más, sin escapatoria, a expensas de las gaviotas chillonas, camina por hilos de alambre agitados por el viento y sostiene pesados bloques de mármol en túneles negros infestados de ratas.

 

 

 

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