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Historia de Ana
Un cuento de Flory García

Ana fue una alumna mía, mi profesión es la enseñanza, he tenido tantos alumnos a lo largo de mis treinta y tantos años en la docencia que no puedo acordarme de todos, pero, la historia de Ana es inolvidable y la quiero contar.
Trabajaba en un pueblo de la Comunidad de Madrid, yo era tutora de un grupo. Cada martes, justo en la clase de antes del Recreo, hacíamos la hora de tutoría. No era una clase como las demás, era más bien un acercamiento profesora-alumnos, se hablaba de temas variados, normalmente escogíamos un tema de actualidad.
Aquel día tocó el tema del abuso a menores y el acoso escolar. Cada alumno dio su opinión, algunos más exaltados que otros, en fin, todos hablaron menos ella, esto me llamó mucho la atención dado el carácter simpático y jovial que tenía.
Ana era la típica alumna simpática, buena persona, de las que no pasan desapercibidas, siempre tenía un chascarrillo o una frase agradable para sus compañeros y profesores.
Pero ese día, Ana no dijo nada. Tocó el timbre de final de clase, todos salieron apresurados para pillar un sitio en la cafetería y ella, ella se quedó allí, inmóvil, con la cabeza bajada.
Alarmada, fui a su lado y le pregunte: -Ana, ¿Qué te pasa?
Tenía lágrimas en los ojos, me miró y me dijo: – A mí me pasó-
-¿Te pasó?, ¿Qué?, lo presentí, pero no quise adelantarme, preferí esperar a que ella me lo contara.
Y comenzó a hablar:
Acababa de cumplir nueve años, fue antes de hacer la primera comunión. Tenía mi madre una amiga ya mayor que no quería ser una solterona, y mi padre, a través de su trabajo se enteró de que un compañero se había quedado viudo con dos hijos pequeños y quería casarse, ¡vamos!, que quería hacer un contrato de amor para que una señora les cuidara a los niños, ¡Maldito cerdo!
Intenté interrumpir para participar en la conversación pero ella no me dejo, no paraba de hablar:
-Todavía me acuerdo de cuando iba a mi casa y se metía en el salón con la novia, mi madre les cerraba la puerta y allí hablaban de sus cosas, es decir, pactaban su contrato de amor, todas las tardes aparecía este hombre. Y desde ese momento, no se podía ver la tele porque estaba la pareja pelando la pava en el salón.
Un día me encontré de frente con él y tras observarme detenidamente, me acarició el pelo y me dijo: -Eres una niña muy guapa.
Se fue, y al día siguiente, apareció antes de su cita con la “novia” en mi salón, iba con sus dos hijos y le dijo a mi madre que me dejara ir con ellos al parque, para que sus hijos fueran conociendo a los amigos de su futura mamá. Mi madre ni lo pensó, me dijo que fuera, ni me lo preguntó, me ordenó ir con aquellos niños y con aquel animal. El señor Nos compró un helado, dijo que a mí me tocaba elegir porque era la invitada, y después, nos fuimos con su coche al campo, a un lugar apartado.
Se inventó un juego, yo que era la mayor de los tres, sería la mamá y él, el papá. Su juego era perfecto, los niños iban a por agua y nosotros hacíamos que íbamos de viaje a comprar regalos, y ¡que viaje!
Me montó en el coche y sin preámbulos, sin delicadeza, me cogió la mano y me la puso encima de su entrepierna, encima de una cosa dura y horrible, que me asustó. El me tocaba sin dejarme soltar la mano de aquello, yo tenía miedo, quería salir de allí pero no podía, había echado el seguro del coche, me cogía cada vez más fuerte y me dijo que debía de callarme porque si no, la gente se reiría de mí y me meterían en un manicomio.
Estaba aterrada, no sabía que estaba pasando, recuerdo que me dijo: La próxima vez, te doy un beso en tu cosita, y la siguiente, te acaricio todo el cuerpo con mi cosa, esta tan grande que tanto te gusta. El corazón se me salía, no sabía qué hacer, menos mal que su hija llamaba por el cristal, papá, ya quiero que nos vayamos. ¡Menos mal!, nos fuimos, a mi casa, su novia lo esperaba impaciente.
Al día siguiente, volvió a casa, al salón, con su novia que se había comprado un perfume, la tonta, quería oler bien. El, me miró a hurtadillas, se puso el dedo en la boca, dándome a entender que no debía decir nada. Y sí, me callé, me sentía sucia, y mucho peor cuando en mi bolsillo había metido doscientas pesetas, no sé por qué, pero me las gasté en caprichos, eso me hizo sentirme mal.
Y volvió otro día con sus niños en mi búsqueda y volvimos al parque. Aquel día sí que toque su miembro, asqueroso peludo, me dio asco, yo no sabía que los hombre tenían eso, y luego, otro día más, cada vez avanzaba más y más, hasta que llegó a decirme que iba a meterme su cosa por mi agujerito, y que me iba a gustar tanto, que ya no podría pasar sin él. ¡Hijo de puta! Yo estaba temblando, tenía miedo, mucho miedo, cuando me agarraba el brazo me hacía daño, pensaba que el corazón se me iba a salir. Su chulería iba en aumento, aquella tarde me dijo: -Mañana volvemos, tú y yo solos, ya verá que bien lo pasamos.
Llegamos a casa y ese día estaba muy nerviosa, tenía rabia, odiaba a mis padres, no se daban cuenta de lo que pasaba, mi madre me arrastraba a aquellas citas, ella no sabía nada, pero, si yo no quería ir, ¿Por qué me obligaba? La odiaba.
Profe, mi madre me adora pero yo no puedo quererla, me castigó por no ir con los angelitos hijos del Hijo de Puta, me fui sin permiso a casa de mi abuela, y allí estuve todo el día, no quería volver a mi casa, ni quería que nadie se enterara dónde estaba, tenía miedo. Mis padres y hermano me buscaron por todas partes, hasta que fue mi hermano quien fue a por mí a casa de mi abuela, le dije que antes de volver a casa me iría lejos, a un lugar donde nadie me encontrara.
Fue mi abuela quien notó que algo pasaba, y le dijo a mi hermano: -Dile a tu madre que venga-
Así lo hizo y en poco rato apareció mi madre, enfadada, muy enfadada. La abuela le pregunto: ¿Qué compromiso tienes tú con ese hombre que no dejas a tu hija irse con sus amigas a jugar? Deja a la niña que haga lo que quiera, está pasando el peor berrinche de su vida por una tontería.
Mi madre lo entendió ¡¡¡Por fin!!!
A partir de ese día ya me encargue yo de no estar cuando iban a buscarme, fueron un par de veces y no lo intentó más.
Se casó con la amiga de mamá, una boda rara, sin fiesta, y se fueron a vivir a otro lugar, me sentí liberada, aunque venían al barrio porque allí vivía la madre de ella, lo veía poco pero me aterraba, su mirada, era horrible la sensación que tenía.
Tuvo un hijo con esta señora, mi madre le hizo un regalo y fue a conocerle. Ella sola.
El tiempo fue pasando y muchas veces, me sentí sucia, culpable, hasta que yo solita fui saliendo de aquella melancolía, pensaba que lo había olvidado, pero no, no hasta que no se lo diga a mi madre.
_Ana, le dije, ¿Puedo hacer algo? Ella me dijo –no profe, eso lo hare yo y solo yo, te lo cuento porque he sentido la necesidad, y porque estoy cansada de arrastrar esto.
Acabó el curso, Ana aprobó y se fue a la Universidad. Pasaron cinco años y una mañana, iba yo en el metro a trabajar, era temprano, y el metro iba lleno de gente, cada uno a su destino. De pronto, oigo una voz ¡¡¡Profe!!! Venia del otro extremo del vagón, donde había un grupito de jóvenes. Sorteando a todo el mundo llegó hasta mí. Era Ana, me dio alegría de verla, nos preguntamos qué tal, En fin, esas cosas que se cuenta la gente que hace mucho que no se ve.
Hubo un silencio, y dijo: Se ha muerto. La miré y con un gesto cómplice, le dije ¿El fulano? Si, el cerdo, pero me dio tiempo a vengarme de él.
Tuvo un accidente de coche, iba solo, mejor, pensaban que no saldría y después de luchar contra la vida y la muerte, los médicos aconsejaron que se fuera a su casa a morir, él no sabía que estaba muy mal.
Un día mi madre le dijo a mi hermano que la llevara a verlo, que su amiga era muy buena y le daba pena, mi hermano le dijo que no podía, pero yo, -profe que tengo carnet de conducir-, me ofrecí a llevarla, y allí me planté, entramos en el dormitorio, que olía a viejo a enfermo a muerte, estuvimos un ratito y luego salimos al patio, a ver las plantas, a mí me madre le gustan, estuvieron hablando, llorando, ¡pobrecito! se iba a morir y la iba a dejar solita.
Yo, les dije, ¡qué pena!, si esta tan mal voy a entrar a decirle adiós. Dijo la amiga de mi madre: -Anda, sí que él te menciona de cuando éramos novios, no lo dudé, entré, estaba adormilado, con Oxígeno, le faltaba casi toda la mano derecha, respiraba como un cerdo que va a ir al matadero, me acerqué le tiré de la mascarilla, y le quite la almohada, su jadeo aumentó y le dije: -Tranquilo, no te voy a matar, sé que te estás muriendo lentamente, y quiero saber de tu agonía es larga, muy larga, te voy a poner bien la almohada y el aparatito este de Oxígeno, para que respires, porque te vas a morir y espero que exista el infierno y ardas en él.
Balbuceó algunas palabras, solo le entendí Puta, me volví a él y le dije: ni te contesto, tu suerte está echada, que te dure mucho la agonía.
Y me fui, salí de aquella habitación y le dije a mi madre, -Vámonos que aquí ya no podemos hacer nada-
Salimos de aquella casa, yo liberada y mi madre llorosa, le dije: quieres dejar de hacer teatro, si se muere, un cerdo menos. Recuerdo el gesto de mi madre ¡¡¡Hija!!! Ni hija ni leches es un cerdo o ¿no lo sabías?.
– Algo había oído, me dijo, dicen que cuando tuvo el accidente venía de una casa de citas. De citas no, de putas, y ahí está como un putero con la tonta de tu amiga…
Profe, este es el final, me liberé de aquello y ahora estoy trabajando como educadora social, no quiero que ningún niño pase por lo que yo pasé.
Ella se bajaba antes que yo, apresuradamente me dio un beso de despedida y me dijo, gritando, casi fuera del vagón: -Me he alegrado mucho de verte, te quiero profe.
Yo me sentí muy bien pero ruborizada porque todo el mundo me miraba. Seguí mi camino, en ese momento no sabía que pensar, estaba alucinada.
Ha tenido que pasar un tiempo para que yo cuente la historia de Ana. Lo mejor de esta historia es que ha tenido el final que Ana deseaba, y que ella misma hizo su propia venganza.


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