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La sala de los sillones verdes
Un cuento de Flory García

Suena mi teléfono, es mi amiga Paloma. Ella está al tanto de todo, sabe que tengo un Cáncer de mama y que me han hecho una mastectomía, en el pecho izquierdo, sabía que iba a ir a la oncóloga a por los resultados de Anatomía patológica.
-¿Qué tal, Que te ha dicho el médico? Me pregunta
No puedo seguir hablando, empiezo a llorar, y le cuento:
-Lo que me esperaba, la doctora, me ha dicho que es mejor que me den unos ciclos de quimioterapia, solo cuatro sesiones, el tumor es pequeño y no es muy agresivo, pero hay que hacerlo, para asegurarse. Le he preguntado que si se me va a caer el pelo y me ha dicho que casi seguro que sí, me ha recomendado que me vaya mentalizando y que lo mejor es que me haga un corte de pelo para que luego, al caerse no sea tan traumático el aceptar el cambio. Me he echado a llorar, sin pecho y sin pelo…
-Bueno, no te preocupes, me dice, tú ponte buena que el pelo crece. Mañana voy a tu casa con las tijeras y te dejo una melenita corta bien mona, luego nos vamos a tomar un café y te llevo a un sitio donde vas a conseguir una peluca bien bonita y barata, porque con lo presumida que eres, espero que lleves peluca, si no quieres ponértela, te enseño a ponerte pañuelos, ya verás que guapa vas a estar.
Al día siguiente vino después de trabajar, ella es profesora de Estética y Peluquería, acababa de hacer un curso sobre estética oncológica, casualidad. Me llevó a una tienda de pelucas, y directamente se fue a por una peluca que iba con el corte y color de mi pelo, me la probé y le pidió al vendedor que nos diera la referencia por si acaso teníamos que llevárnosla, el hombre se dio cuenta de que iba el tema y como era amigo de ella le dijo: – no te preocupes, yo la guardo durante un tiempo, tú me llamas y me cuentas.
Dos días después, a las 8,30 estaba en el hospital me sacaron sangre y me dijeron que me fuera a desayunar, había que analizar mis defensas y los resultados tardarían un buen rato, así lo hice, tome un café con leche y una tostada, estaba nerviosa, acabé muy pronto. Iba acompañada de mi marido, el pobre no dijo nada. Cuando acabé, le pedí que me acompañase a la consulta de Oncología. Apenas llegamos, me llamaron, me dijeron que mis defensas iban bien y que pasara a la sala, iba muy asustada. Entré en aquella enorme sala llena de sillones verdes donde había muchas personas: personal médico, pacientes… y solo un sitió vacío esperándome. La enfermera que preparaba los tratamientos iba informándome de todo lo que podría sucederme, ya me lo había dicho la oncóloga, me recomendó leer y que me tranquilizara, incluso me dio un Orfidal para relajarme… Y aquello empezó a entrar en mi cuerpo, sentí una sensación extraña, cuando le tocó al líquido rojo, ya sabía yo que ese era el que iba a hacer que me quedara sin pelo, me entró una gran tristeza.
Tras casi tres horas de aquel tratamiento intravenoso, se acercó la enfermera para retirarme la vía y preguntarme que tal estaba, salí del hospital, triste, mi marido me esperaba, con el coche en marcha, monté y no quise hablar, ya casi llegando a casa el pregunto qué tal me encontraba. Le dije: -de momento no noto nada, solo tengo ganas de llegar a casa, y llegué a casa y comí, tenía hambre, no recuerdo que comí pero si recuerdo que yo misma dejé la comida hecha el día anterior, como hago siempre. Me gusta cocinar para mi familia, muy mal tengo que estar para no hacerlo. Después de comer, no dejé a nadie que me ayudase a recoger la cocina, nunca he querido ser ni parecer una inútil, yo cuando me vaya, me gustaría hacerlo de pie, como los árboles.
No pude acabar mi tarea, empecé a sentir una especie de mareo extraño, me fui al sofá del salón, intenté tumbarme pero tampoco podía estar tumbada, según avanzaba la tarde iba sintiéndome peor, así hasta cuatro días seguidos, sin ganas de comer y sin fuerzas, lloré, pensaba que me iba a morir porque jamás me había sentido tan mal, y eso pasó al cuarto día; y al quinto, volví a comer, y empecé a sentirme mejor. Era verano y hacía calor, por la noche salíamos a pasear, nos sentábamos a tomar un helado, recuerdo que el helado me apetecía, y pasear con mi marido, hacía que me sintiera bien, es increíble la paz que me daban aquellos paseos acompañada de él.
Todas las mañanas, me miraba en el espejo y me peinaba, a veces pensaba que lo mismo a mí no se me caería el pelo, pero no, a los diez o doce días de esta primera sesión de quimio, noté una sensación extraña en la cabeza, el pelo empezó a quedarse en el cepillo, en las manos si lo agarraba…
Llamé a Paloma, aunque ella me llamaba casi a diario, y le dije: -Paloma, ya…
-No te preocupes, esta tarde me acerco a tu casa, te llevo la peluca y te corto el pelo.
Hacía un calor horrible, y a las cinco de la tarde, se presentó con una bolsa enorme, peluca, tijeras, peine… y muchas ganas de animarme. Nos fuimos al baño, me senté de espaldas al espejo y me cortó todo el pelo que me quedaba, no quise afeitarme porque sabía que me picaría mucho la cabeza, luego me colocó la peluca, me puso un poco de maquillaje y me dijo:
-Date la vuelta y mírate en el espejo, y me miré y no me vi tan mal, reconozco que era una buena peluca, en ese momento, supe que tenía que mirar hacia adelante, aceptar, y así lo hice.
Los días iban pasando, me quitaba la peluca fuera del espejo y me ponía el pañuelo, incluso me lo dejaba para dormir, tenía miedo a que mi marido me rechazara por al verme así, cuando el nada decía, respetaba mi decisión en silencio, esa fue su forma de actuar al principio. Recuerdo que una noche fui a ponerme el pijama, cerré la puerta del baño y me puse delante del espejo, desnuda, sin pecho y sin pelo, no lloré, increíblemente me acepté, a partir de ese día no tuve miedo al espejo, eso sí, solo yo podía verme.
Pasaron 21 días, y llegó el segundo ciclo, de vuelta al hospital, igual que antes a la sala de los Sillones Verdes, esta vez fue otra enfermera la que hizo los preparativos, la que me pinchó…, no me conocía, pensaba que era el primer día, y me volvió a contar lo mismo, yo iba con mi peluca y me dijo: -Se te caerá el pelo, ten una tarjeta y vas de mi parte a un centro especializado donde te venderán una buena peluca, la miré y me sonreí, le dije: -la traigo puesta, este es mi segundo ciclo, me miró, no dijo nada y se fue porque otro paciente la llamaba, saqué mi librito de Sudokus e intenté hacer uno, no me concentraba y empecé a observar al resto de los enfermos, uno a uno, imaginé como sería su vida fuera de aquella sala, había gente de todo tipo: un señor que le gustaba mucho leer y en voz alta decía que libro estaba leyendo; Otra señora que llevaba un gorro que me gustó; A mi lado había una extraña mujer con unos labios y ojos mal pintados; mal vestida; mal peinada, ella tenía pelo. Empezó a contarme su vida, al parecer había sido prostituta y tenía un hijo que no quería saber nada de ella, era el amigo de su hijo el que la llevaba, ¡Pobre mujer!, Había mucha gente, y me di cuenta de que desgraciadamente mucha gente tiene cáncer.
Terminó mi sesión, mi marido, como siempre, me esperaba en la puerta, y me dijo: -ya te queda la mitad, me consolé un poco, esta vez fui con él dando un paseo hasta el coche, incluso me llevo a ver la Universidad, mi hijo iba a empezar su carrera, me hizo mucha ilusión.
El proceso volvió a ser el mismo, los cinco días siguientes mal, solo podía tomar un poco de leche y jamón de York, que la mayoría de las veces vomitaba aun tomando un medicamente llamado Primperan, me levantaba por las mañanas vomitando, no tenía ganas de nada, pero sabía que eso pasaría. A veces me daba por pensar que si me muriese, ni mi hijo ni mi marido sabrían dónde tengo mis cosas importantes, un día, estábamos comiendo y le dije a mi hijo que es lo que tenía que hacer por si me pasara algo, le sentó muy mal, y le dije: -hijo la muerte es algo de lo que nadie se va a librar, yo quiero que hagas lo que te pido, y le dije una lista de cosas que quisiera para mi último viaje, le dije que ya no quería que me incineran que quería que me enterrase junto a su padre, y es lo que quiero, mi marido ha sido la persona que más fuerza me ha dado y me da, lo amo, y quiero estar siempre con él, esto lo aprendí de la enfermedad, el nunca dejó de amarme ni rechazó mi cuerpo, sé que lo tengo.
Y llegó el tercero, ya había asumido todo lo que me iba a suceder, nada mejor que aceptar las cosas, de nuevo a la Sala de los Sillones Verdes, a ocupar el sitio vacío que otra persona acababa de dejar, esta vez en medio de una jovencita, que estaba muy asustada porque era su primer día y de un joven que ya llevaba algo más, solo les hice una especie de saludo y me senté, y puse mi brazo sobre aquel cojín donde la enfermera, me inyectó. Cerré los ojos y me consolé pensando que a pesar de mi desgracia era una privilegiada, yo tenía gente que me cuidaba, un hogar confortable y, un hijo sano. Nunca la felicidad es plena, siempre hay algo que te recuerda que el mundo no es perfecto.
Y por fin mi última sesión, ya sabía yo que aquella tarde tocaba sofá y estómago revuelto, tenía hongos en la boca que me impedían comer, y hongos en las uñas de los pies. Era Julio y hacía mucho calor, solo salía por las noches, me gustaba dar un paseo acompañada de mi marido, nos sentábamos en un banco y hablábamos de nuestras cosas, él decía: -cuando estés un poco mejor nos vamos unos días a la playa, si te apetece. Me gusta el mar, la playa del Levante, él lo sabe, a final de agosto, fuimos unos días, a la playa, recuerdo que cuando me vi sentada en la orilla, se me saltaron las lágrimas, pensé que no volvería.
Fue allí donde medité y asumí que a partir de ese momento solo iba a vivir el presente. Afortunadamente fui mejorando. En Septiembre, me quité la peluca, la metí en su caja y la coloqué en un lugar muy alto del armario, tenía el pelo muy corto pero me sentí liberada, a partir de ese momento empezó a crecer rápido, mucha gente me decía que estaba muy bien con el pelo corto, me gustaba cuidar mi imagen, me vestía con ropa que me sentaba bien, me maquillaba, y volví a mi vida, reconozco que yo ya no era la misma, aprendí a valorar otras cosas menos materiales, a disfrutar de mi familia, y de mis amigos, aunque se quedaron algunos en ese camino.
Fue una etapa muy dura la de la quimioterapia, la pasé, y le pese a quien le pese, a mi lado, físicamente, solo estuvieron mi marido, mi hijo y ella, mi amiga Paloma.
Espero no volver a la Sala de los Sillones Verdes, pero si así fuera, ya sé cómo se va.


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