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Un deseo
Un cuento de Julia Calamar

¿Qué hace esa mujer parada frente a la agencia de viajes mirando las ofertas transoceánicas? ¿Mira sólo el reflejo de su silueta en el cristal? ¿O es que se propone viajar, salir del país, cruzar el mar?
En un desplegable del escaparate lee la propuesta: “Navegar entre icebergs en el Polo Sur”. Siempre ha querido ir al Polo Sur, no hay lugar más lejano en el mundo, piensa mientras se atusa el pelo. El viento seco y polvoriento de la ciudad lo empuja hacia la cara y le tapa los ojos. El Polo Sur… murmura como una canción sin música: hielo, pingüinos, mar sin olas. Ese viaje es un deseo antiguo, quizá un recuerdo congelado desde hace demasiados años como para rescatarlo. Si se siente tan lejos, de verdad lejos de todo, podrá recuperar eso que ha perdido, la intensidad al desear, por eso cierra los ojos como tantas noches del pasado y aparecen tras los párpados el cielo blanco del sur, el hielo flotante, el océano. Desea navegar a ultramar, subir a borde de un pesquero, cruzar el Atlántico hasta desembarcar en una pequeña ciudad de calles congeladas y buscar el kilómetro cero del principio de todo, el viejo poste de madera que indica la distancia que lo separa de las grandes ciudades del mundo, París 13.281, Moscú 15.572, Singapur 12.913…

Se imagina conduciendo un bulldozer que circula sobre ella misma, derribando rocas heladas y despejando claros a los que llegue la luz del sol; una vez allí podría arrastrarse para conseguir algo o escupir al mundo entero por no tenerlo. No pretende visitar la extraña ciudad en la que desembarcará, no espera sorprenderse al observar la espiral invertida del agua al escaparse por el sumidero del lavabo. Todo eso le importa poco. Lo que quiere es observarse frente al poste, como ahora se observa en el reflejo del escaparate, contemplar las distancias marcadas en pintura blanca sobre la vieja madera, la constatación física de la extensión de la Tierra, encontrarse en un cruce de caminos donde el mundo acaba y no quedan caminos que cruzar, estudiar cómo se cifran las distancias, si la lejanía de su lugar de origen es suficiente, si teme o anhela el regreso.

Sin mucho esfuerzo, logra imaginar que el cristal ante el que mira su reflejo es el poste de madera, ve agitarse su melena con el viento antártico y oye las tablas crujir con sus tornillos oxidados, puede leer los nombres de ciudades lejanas donde vivirán personas que respiran y tienen sed y andan por la calle. En el fin del mundo no habrá nadie, lo sabe, estará sola sobre el hielo, expuesta al viento, mientras la oscuridad morderá la tierra lentamente. Sentirá frío en las manos y se las cobijará en los bolsillos, quizá tendrá miedo de la oscuridad creciente, aullará el viento en sus oídos y se sentirá inalcanzable y, por eso, poderosa, con un deseo real, tan intenso que no sea humano. Si eso ocurriera, piensa, sería fácil tomar la decisión de volver, no costaría mucho convencer a sus pies congelados para que se encaminaran al hotel, a la habitación enmoquetada, a la bañera rebosante de agua caliente.
La mujer con un solo deseo abre los ojos y se atusa el pelo en el reflejo del escaparate, el viento seco y lleno de polvo de la ciudad lo empuja hacia la cara. Para evitarlo, se gira mientras se cierra el abrigo muerta de frío.
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