Mundo Yold: Aquellos amigos, amores (y algún que otro familiar), con los que perdimos la relación
Aquellos que se quedaron por el camino

Nunca hubiéramos pensado en la adolescencia que nuestra mejor amiga del alma sería con los años una completa desconocida. O que no volveríamos a saber nada de nuestro primo favorito; o del novio que fue el centro de nuestra vida durante la universidad. Nuestra vida está llena de gente que viene y que luego se va del todo ¿Cómo se puede perder a quien lo fue todo para nosotros? Porque la vida, sencillamente, es así…
“20 de Abril del 90
Hola, chata, ¿cómo estás?
¿Te sorprende que te escriba?
Tanto tiempo, es normal…
¿Recuerdas aquella noche en la cabaña del Turmo,
las risas que nos hacíamos antes todos juntos?
Hoy no queda casi nadie de los de antes,
y los que hay
han cambiado, han cambiado, sí…”
Como la vida misma, las estrofas de Celtas Cortos resumen lo que nos ha pasado a todos los que hemos vivido ya unas cuantas décadas. Que no nos queda casi nadie de los de antes, y los que hay, han cambiado. Porque si hay algo que define la vida humana y que marca nuestra madurez, es el alejamiento progresivo de muchas de aquellas personas que una vez formaron parte de nuestra vida. Incluso las que, durante un tiempo, fueron lo más importante de nuestra existencia.
¿Cómo es posible que nuestra amiga de la adolescencia, aquella con quien vivimos las cosas más increíbles del mundo, hoy sea una completa desconocida, con la que no mantenemos ningún trato? Jamás hubiéramos pensado, durante nuestra vida juntas, que después de vivir mil aventuras irrepetibles, de compartir juergas y marrones, confidencias y confesiones, cigarrillos y más de un novio, llegaría un día en que nos empezaríamos a alejar, la una de la otra, para al final, perdernos en el vacío del desconocimiento mutuo ¿Qué será ahora de ella? ¿Cómo le habrá ido la vida? Posiblemente fue a raíz de que una se fue a la universidad, y la otra comenzó a trabajar, cuando la vida nos empezó a separar.

¿Y de aquel novio/novia de la universidad, que durante tres años fue nuestro principal compañer@? Con quien pasamos cientos de horas en el bar de la facultad. Con quien vimos tantas películas francesas. Con quien aprendimos tantas cosas sobre hacer el amor. Fuera lo que fuera, aquello que nos separó ¿Cómo es posible que alguien tan importante en nuestra vida haya desaparecido totalmente de ella, sin que haya quedado ningún rastro posterior?

¿Cómo es posible que nuestra amiga de la adolescencia, aquella con quien vivimos las cosas más increíbles del mundo, hoy sea una completa desconocida, con la que no mantenemos ningún trato?
¿No es triste pensar en toda esa gente que fue, un día, alguien importante en nuestra vida y que se perdió, para siempre, en un punto de nuestro pasado? ¿Qué con los años, ya no es nadie?
Sin duda lo es.
Muchas vidas, muchas personas
A lo largo de nuestra existencia, todos nosotros atravesamos periodos muy distintos, desde nuestra infancia hasta ahora, nuestra madurez: los amigos de la infancia y del colegio; los colegas del instituto; aquellos amantes y amores de la primera juventud; los compañeros de la facultad y de nuestro trabajo. Un primer novio serio, una primera esposa… Con cada una de estas personas hemos recorrido un camino que tuvo un principio y que, también, tuvo un fin. Porque hubo un punto en el que sobrevino el proceso de separación. Que tal vez fue duro, con discusiones, lágrimas y desencuentros. O que, simplemente, fue un alejamiento paso a paso, que el tiempo terminó de consolidar.

Muchas de esas separaciones -discusiones con amigos, rupturas con personas amadas- nos suelen destrozar el corazón varias veces, a lo largo de nuestra existencia. Decía el psicólogo Luis Rojas Marcos que la ruptura sentimental de una pareja, el alejamiento del ser amado, puede doler más que una muerte auténtica, porque no estamos preparados para ella. Sabemos que, tarde o temprano, nuestros padres por naturaleza se irán antes que nosotros, pero nunca estamos del todo preparados para aceptar que el hombre que tanto nos amó hace años, ahora se marcha detrás de un nuevo amor (y mira que hay películas sobre el tema).

Tampoco es fácil aceptar que aquella que fue tu amiga del alma, ahora ni siquiera te llama cuando llega tu cumpleaños, porque está demasiado ocupada con su propia vida.
Sean amigos, sean parejas, las rupturas, los alejamientos de los seres para nosotros muy queridos, pueden provocarnos una gran tristeza; a veces, una auténtica depresión. Sin embargo, las pérdidas afectivas forman parte esencial de nuestra vida y son hechos que hay que aceptar conforme uno madura y se hace mayor. Ser conscientes de que no todos los seres que amamos van a estar presentes durante toda nuestra vida es una de las bases más importantes para madurar.
Por cada persona que se marcha de nuestra vida, y según sea la intensidad de nuestros sentimientos hacia ella, debemos realizar un auténtico proceso de luto y aceptación; un duelo personal, tras el cual nos despojemos de sentimientos que resultarán inútiles y dañinos para seguir adelante, como la nostalgia en exceso, los apegos desmedidos, los reproches y el rencor. Si esa persona querida ya no sigue con nosotros era porque no debía de seguir con nosotros. Porque ya no existían las cosas en común que justificaban su presencia. Porque el guión que habíamos escrito juntos ya tocaba a su fin. Porque la vida nos ha llevado, a cada uno de nosotros, a seguir por caminos separados.
“Si esa persona querida ya no sigue con nosotros era porque no debía de seguir con nosotros. Porque ya no existían las cosas en común que justificaban su presencia”.
Cambiemos nuestro dolor y nuestros reproches por los buenos recuerdos que hemos vivido con cada una de esas personas que ya no están. Esas sensaciones positivas nos serán ricas y útiles ahora y en el futuro. Convertir lo vivido en un reproche permanente sólo nos ayudará a incrementar nuestra rabia y nuestro miedo en las relaciones con los demás.
Los nuevos que vendrán y los que siempre estarán
Una de las razones por las cuales muchas de las personas amadas se quedaron por el camino es, precisamente, porque fueron sustituidas por otras personas, o por otras cosas. Es tan ley de vida, como crecer, madurar, envejecer.
“Una de las razones por las cuales muchas de las personas amadas se quedaron por el camino es, precisamente, porque fueron sustituidas por otras personas”.
Dejamos a nuestros amigos del colegio por los del instituto. Cambiamos a los del instituto por los de la universidad. Nos alejamos de los colegas de universidad porque empezamos a hacer vida con los compañeros de profesión; nos aislamos de éstos porque comenzamos a emparejarnos, a formar familias. Cuando llegaron los hijos, nos fue casi imposible seguir la amistad con nuestras respectivas pandillas y relegamos nuestros contactos a aquellos más cercanos. Y mañana, nuestros niños, que hace apenas nada tomaban el biberón en nuestro regazo, nos dejarán también para escoger sus propios compañeros de vida.

“En los cursos de yoga, en el gimnasio o en la asociación de vecinos esperan, sin saberlo, los que serán los nuevos personajes de nuestra vida”.
Pero lo bueno de todo este proceso es, por lo tanto, que siempre aparece y aparecerá otra mucha gente para llenar nuestros afectos. Y eso no sólo pasa durante la juventud: en cualquier trabajo, en cualquier forma de ocio. En los cursos de yoga, en el gimnasio o en la asociación de vecinos esperan, sin saberlo, los que serán los nuevos personajes de nuestra vida. Busquemos espacio, hagamos siempre sitio para nuevas voces, nuevos pensamientos, nuevas caras. Todos y cada uno de ellos pueden aportarnos vivencias increíbles.

Finalmente, tampoco debemos nunca olvidar que, en la mayor parte de los casos, todos tendremos siempre un reducido número de personas que hoy, ayer y siempre, o casi siempre, estarán en nuestra vida. Son nuestros satélites particulares, los que forman nuestro universo propio, los que, con los años, han consolidado su posición en nuestro mundo, y nos suministran la luz, el aire esencial que necesitamos. Nuestros padres (aunque la vida los haga marcharse antes que nosotros). Nuestros hermanos, nuestros hijos (aunque un día se irán a crear su propio hogar). Y aquellos amigos con los que hemos crecido, jugado, experimentado, envejecido… que siempre han estado ahí, tanto en las buenas como en las malas malas temporadas. Cuya amistad ha sobrevivido a nuestros matrimonios, divorcios, hijos, trabajos o traslados. Todos ellos son nuestro mayor tesoro, la joya de nuestra corona vital. Por cada uno de ellos, hay que darle muchas gracias a la vida. Pero sobre todo, tenemos la inmensa obligación de disfrutarla, lo que podamos y más, en compañía de todos ellos.
I. Almendros


La realidad de la vida!!Gente que parte, gente que llega.Es ley de vida, a veces muy difícil de digerir.Hay que rodearse de lo mejor del mmnto.y luego ya se verá.