Mundo Yold. Un último adiós para el más caradura de los actores franceses

Despedimos a Jean-Paul Belmondo, el actor que mejor navegó en la Nueva Ola

 

Angel Domingo
5 octubre, 2021

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El actor, fallecido hace unas semanas, el pasado 6 de septiembre, fue considerado el mayor icono de la modernidad en la gran pantalla. Trabajó a las órdenes de directores como Godard, Chabrol, Truffaut y triunfó gracias a sus papeles de pícaro y descarado. Con la ayuda de nuestro crítico, Ángel Domingo, hacemos un repaso por su trayectoria cinematográfica y su intensa vida de actor de éxito.

Por un lado, fue el emblema de la modernidad que trajo la Nouvelle Vague y  rodó con todos los grandes de su tiempo, comenzando por su descubridor, Jean-Luc Godard, pero también con François Truffaut, Alain Resnais, Claude Chabrol y Jean-Pierre Melville.

Fue lo suficientemente perspicaz para elegir los icónicos personajes del eterno caradura, el seductor poco atractivo, y el pícaro francés en numerosas cintas diseñadas para llenar las salas de cine.

Sin embargo, lo que le hizo eterno fue su disposición para actuar en peligrosas escenas de acción, y que se viera en pantalla que no le sustituía un doble; de esta faceta destacan películas como El Magnífico (1973), cuyo título original es Cómo destruir al más famoso agente secreto del mundo (Philippe de Broca, 1973).

Por si fuera poco, en su país natal el mito de Belmondo está unido al de otro icono de su época, Alain Delon, que fue uno de sus mejores amigos. Nunca existió rivalidad entre ellos, su amistad hizo que cada uno se esforzara en sus respectivos trabajos y mejorara como intérprete en títulos como Borsalino (Jacques Deray, 1970).

Belmondo, que en el año 2001 superó un accidente cerebrovascular, ha fallecido, en palabras de su abogado, “apagándose tranquilamente”.

En el año 2016, tras recibir el León de Honor otorgado por el Festival de Venecia aseguraba: “Mi secreto es no pensar en el pasado. Yo pienso en el mañana. A lo largo de mi vida lo he hecho y lo he tenido todo. No tengo remordimientos. He hecho todo lo que quería hacer, y hoy amo las cosas que tengo: la vida, el sol y el mar”.

De su carisma innegable da testimonio el discurso de Sophie Marceau ese día en Venecia: Con ella había rodado Simpático y caradura, en 1984: “Cincuenta años de carrera y 130 millones de espectadores te convierten en un campeón de la taquilla… y un profesional del amor. Me acuerdo cuando me cogiste en tus brazos. Y me acuerdo también de Ursula Andress, Jean Seberg, Anna Karina, Catherine Deneuve, Annie Girardot, Emmanuelle Riva… Incluso vestido con sotana, te las llevabas a todas por delante”.

Escena de Cartouche

Nacido en 1933 en Neuilly-sur-Seine, en la periferia burguesa de París, Belmondo era hijo de artistas: un escultor de origen italiano y una pintora que solía tomarlo como modelo para sus lienzos. Mal alumno, aficionado al fútbol y boxeador profesional durante su juventud, Belmondo quería ser actor desde adolescente, y por ello fue a una escuela privada de interpretación.

Rechazado por el Conservatorio de Arte Dramático de París en tres ocasiones, cuando por fin entró en 1952 se convirtió en uno de sus alumnos más carismáticos. La leyenda asegura que en su tercer año, tras una actuación ante un jurado, sintió que no se había valorado su trabajo con la puntuación adecuada y se despidió del tribunal con una peineta de boxeador. Se fue antes de ser expulsado, dejando tras de sí una revuelta estudiantil.

Tres años después, se cruzó con un joven cineasta por la calle, era Jean-Luc Godard. Le propuso rodar un cortometraje en un pequeño piso de alquiler. “Dudé sobre sus intenciones reales”, explicó una vez al diario Libération. “Le respondí que el cine no me interesaba nada de nada”. Ante su insistencia, aceptó. Rodaron el corto Charlotte et son Jules, una primera colaboración que daría pie a otras más célebres, como Al final de la escapada (1960) y Pierrot, el loco (1965). Su primer papel con peso llegó de la mano de Claude Chabrol en Una doble vida (1959), antes de la explosión que supondría al año siguiente Al final de la escapada.

Con la guapísima Ursula Andress

Entre 1960 y 1961 se afianzó y alcanzó el gran estrellato: estaba en todas las películas, en todas las salas: A todo riesgo (1960), de Claude Sautet, con Lino Ventura, cuyo rostro y maneras interpretativas se asemejaban a los de Belmondo; Moderato cantabile (1960), de Peter Brook, con Jeanne Moreau en una adaptación de la novela de Marguerite Duras; Dos mujeres (1960), de Vittorio de Sica, en su primera incursión en el cine italiano y con Sophia Loren de coprotagonista, o La calle del vicio (1961), con Claudia Cardinale. Con Godard repitió en Una mujer es una mujer en 1961, y en 1965 en Pierrot, el loco. Con Truffaut trabajó en La sirena del Misisipi (1969).

Con Alain Delon mantuvo una leal amistad hasta el final de sus días

Su cambio del cine de autor al comercial provocó multitud de críticas entre los cinéfilos, desde que se abrió camino con Cartouche (1962) en el género de aventuras, y pasó a participar en superproducciones en inglés como ¿Arde París? (1966) o Casino Royale (1967), aunque nunca le interesó el salto a Hollywood. Décadas más tarde, aducía: “Cuando un actor tiene éxito, la gente le suele echar en cara que ha tomado el camino fácil, que no quiere tomar riesgos ni hacer esfuerzos. Pero si fuera sencillo llenar las salas, la industria cinematográfica tendría una mejor salud financiera. No creo que yo haya hecho basura: el público no es tonto ni mi carrera habría durado tanto”. Y apostillaba: “Las dos vertientes son buenas. Igual que en la vida, un día se llora y otro se ríe”.

Cuando su estrella comenzó a apagarse en el cine, a finales de los ochenta, volvió al teatro. En 1991 compró su propia sala en París, y apareció en unas cuarenta obras (en cine trabajó en noventa películas). En cambio, no ganó muchos premios: el César en 1988 por El imperio del león (Claude Lelouch, 1988), galardón que rechazó, y algunos más honoríficos. Al homenaje mencionado en Venecia hay que sumarle la Palma de Honor de Cannes en 2011 y el César de Honor en 2017.

Su última película fue Un hombre y su perro (Francis Huster), en 2008.

Fotograma de El hombre y su perro

Con la muerte de Belmondo, quedan en pantalla su talento innegable, y un rostro magnético marcado por una nariz rota, consecuencia de su pasión por el boxeo. Su fallecimiento deja a Alain Delon, según palabras de la estrella al conocer la muerte de su amigo, “completamente desolado”.

Personalmente, si tuviera que elegir un único plano que resumiría la trayectoria de Belmondo, elegiría el magnético plano final de la conmovedora película Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960), paseando devastado junto a Jean Seberg por una deprimente carretera.

 Ángel Domingo Pérez

 

 

 

 

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