Mundo Yold. Algunas de las historias de mujeres geniales que vivieron brillando en la sombra

Detrás de grandes hombres, mujeres gigantescas

Inés Almendros
29 noviembre, 2018

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El dicho clásico, un tanto vetusto, de que “detrás de un gran hombre existe una gran mujer” no solo suele ser una realidad, sino que oculta también muchas injusticias; porque algunas de estas mujeres trabajaron igualmente en la obra de sus maridos, se sacrificaron por ellos, o brillaron por sí mismas, pero la historia las relegó a un segundo plano, y en algunos casos, incluso al olvido y a la miseria. Hay infinitas historias de mujeres geniales detrás de un genio; en Gente Yold hemos seleccionado algunas de ellas.

Podríamos escribir mil reportajes sobre las mujeres que, en la sombra, impulsaron a sus maridos a triunfar, a convertirse en auténticos genios en diferentes ámbitos. Algunas de ellas compartieron su trabajo, pero nunca lo firmaron. Otras, fueron igual de geniales que ellos, pero no igualmente reconocidas. Y la mayoría, simplemente, aportaron todo lo que sus maridos necesitaban para centrarse en sus propios trabajos y triunfar, a costa de sacrificar sus propias carreras. La mayoría de estas esposas quedaron relegadas a un segundo plano, o incluso quedaron totalmente apartadas y hasta abandonadas. Hoy en Gente Yold, recordamos algunas de ellas.

Mileva Maric

Mileva Maric, la coautora del Nobel
Uno de los casos que hoy nos parece más triste es el de esta gran mujer que, desde la sombra, ayudó a su genial marido, Albert Einstein, a convertirse en el más grande científico de la historia. Se conocieron en el Instituto Politécnico de Zurich donde, por cierto, tenían calificaciones similares; excepto en Física Aplicada, materia en la que ella obtuvo la máxima nota de cinco y él solo un uno. Y es que, antes de conocer a Albert Einstein, Milena había destacado por ser una de las mejores estudiantes de Europa. Sin embargo, tras el matrimonio, y como era lo habitual por entonces, ella se centró en la casa y sus hijos, mientras su marido iba siendo cada vez más conocido por sus publicaciones científicas que años más tarde le reportarían el Premio Nobel. Publicaciones que, según muchos datos y testigos, fueron en realidad realizadas conjuntamente por la pareja.

Antes de conocer a Albert Einstein, Milena había destacado por ser una de las mejores estudiantes de Europa.

Después del nacimiento de su segundo hijo, Eduard Albert, en 1914, con problemas de salud desde pequeño, Einstein se enamoró de su prima Elsa Löwenthal, que vivía en Berlín, y acabó divorciándose de Mileva que, para sobrevivir en sus últimos años de vida y ocuparse de sus hijos -especialmente de Eduard- tuvo que dar clases particulares de Física.

Con sus dos hijos

En su libro Mileva y Albert Einstein, su amor y colaboración científica, Dord Krstić (exprofesor de Física en la Universidad de Ljubljana) expone algunas de las pruebas que suscriben que Mileva tuvo un papel esencial en las investigaciones de Einstein; por ejemplo, cartas en las que Albert hace referencia a “nuestros trabajos y nuestras teorías“. O el hecho de que, cuando se separaron, Albert accedió a compartir con ella los beneficios del Premio Nobel; entre otras varias pruebas…

Pero, aunque incluso Mileva no hubiera participado directamente en los trabajos de Einstein, muy difícilmente Albert habría llegado a ser, sin su apoyo, el genio que fue: ella le animó a ser riguroso y perseverante en sus años de estudiante; ella se centró en la casa y los hijos permitiendo que él pudiera centrarse en sus investigaciones. Sin duda, Albert Einstein no hubiera llegado tan lejos sin Milena, pero, mientras que él es un icono del siglo XIX, el mundo apenas si se acuerda de ella.

Sofía Tolstói

Sofía Tolstói, la muleta de un genio
Como otras muchas mujeres, Sofía Tolstói fue una adelantada a su tiempo y, pese a su amplísima cultura y enormes posibilidades, se tuvo que conformar con ser la compañera de Leon, un genio de la Literatura con un talento tan grandioso, como insufrible carácter. Su historia matrimonial fue tan intensa como la personalidad de ambos, que chocaron desde siempre, aunque también se amaron apasionadamente.

Sofía se ocupó de copiar, nada menos que siete veces, el manuscrito completo de Guerra y Paz.

Sofía dejó escrita su vida y sentimientos en sus diarios; educada y culta (su padre había sido médico en la corte imperial), tras casarse se volcó en su familia. Tuvieron trece hijos (Leon se negó a adoptar medidas anticonceptivas), de los que sobrevivieron ocho. Mientras él escribía y se sumergía en sus delirios creativos, ella regentaba el extenso hogar familiar y administraba con firmeza la economía, sin lo cual, sin duda, hubieran tenido problemas. Pero además, Sofía fue parte imprescindible del éxito de su marido: trabajaba como su secretaria y copista; entre otras muchas cosas ¡se ocupó de copiar, nada menos que siete veces, el manuscrito completo de Guerra y Paz!

Con el gran escritor

Talentosa y tenaz, Sofía mantuvo su propio mundo creativo a través de la fotografía, dejando un enorme legado de cientos de placas que hoy suponen un tesoro documental incalculable sobre la familia y su época.

Sofía aguantó estoicamente a su difícil marido, cuyo carácter era vehemente, cambiante, un tanto bipolar y obsesivo, tanto que llegaba a maltratarla y que, en ocasiones, le fue infiel. Todo ello causaba un permanente dolor en Sofía, que sin embargo fue una compañera permanente, fiel y enamorada durante toda la vida. Sin ella, el genio no podría haber dejado su obra inmortal.

Marta Gellhorn

Martha Gellhorn, mucho más que señora de Hemingway
Aunque su vida fue de película, y dejó un increíble legado periodístico, a Marta Gellhorn hoy se la recuerda fundamentalmente porque fue la tercera esposa del genial escritor Ernest Hemingway; algo verdaderamente injusto, si se tiene en cuenta que su vínculo matrimonial fue más bien breve, porque Martha (para disgusto del gran escritor) se pasaba la vida viajando y realizando reportajes; y también porque ella, por sí misma, está considerada como una de las mejores corresponsales del siglo XX.

Está considerada como una de las mejores corresponsales del siglo XX.

Hija de un doctor y de una sufragista, Martha sintió la vocación del periodismo muy joven; comenzó a escribir en The New Republic y pronto decidió que la combinación de viajar y escribir resultaba fascinante. Comenzó trabajando en la oficina de United Press en París y a su vuelta a los Estados Unidos, recorrió el país realizando informaciones sobre la gran depresión de los años 30, junto con la fotógrafa Dorothea Lange. Su trabajo llamó la atención de Eleanor Roosevelt, con quien Martha hizo una gran amistad. En 1936 conoce a Hemingway y juntos se embarcan en un viaje a Madrid para cubrir la Guerra Civil de España. En medio de la terrible contienda fraticida, envueltos en la guerra por el día y en las copas por la noche, sellaron su romance. La derrota de la República dejó una honda huella, tanto en Ernest como en Martha, que a su regreso se casaron.

Brindando con Ernest

Sin embargo, el matrimonio no borró el instinto de Martha, que era una reportera de raza en medio de una época convulsa. Tras España, regresó a Europa para cubrir los distintos escenarios de la Segunda Guerra Mundial. Fue la única periodista femenina presente durante el desembarco de Normandía, para lo cual tuvo que disfrazarse de camillero. Pero para su flamante marido, que con los años cambió el reporterismo de guerra por el éxito como literato, sus ausencias no eran fáciles de llevar. Siguieron juntos hasta el año 1945, cuando después de numerosos reproches de Ernest por los viajes de Martha e infidelidades mutuas, decidieron separarse.

El legado de Martha como corresponsal es verdaderamente increíble: documentó la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Vietnam y numerosos acontecimientos históricos del siglo XX, pero cuando hoy se escribe sobre ella, se hace normalmente para recordarla como la tercera esposa de Hemingway. Sin evidentemente negar la genialidad de Ernest, Martha destacó igual que él en su propio campo, el del periodismo; pero su nombre es mucho menos popular.

Rosario Conde bailando con el autor de la obra que ella salvó del fuego, ‘La colmena’

Rosario Conde, chica para todo y en silencio
Como en tantas otras historias de genios, la primera mujer del escritor Camilo José Cela fue mucho más que una esposa: compañera, secretaria, ama de casa, copista, administradora, manager, economista… En la sombra y en silencio, Rosario Conde convivió con el genial Cela durante 43 largos años, durante los cuales el Premio Nobel escribió la gran parte de sus mejores obras. Se habían conocido en un guateque en Madrid; ella había estudiado para maestra, pero trabajaba como secretaria. Rosario mecanografió la gran mayoría de las obras de Cela: más de sesenta libros, que él escribía a mano con una letra casi solamente inteligible para ella. “Le ayudé mucho, pero lo hice por gusto”, recordaría años mas tarde. Ella también se ocupó de la administración y del papeleo de los escritos del autor, y hasta parece que salvó del fuego una de sus principales obras, La Colmena, cuyo manuscrito el autor había arrojado al fuego porque no le satisfizo el resultado. “Me dio tiempo a sacarlos, porque no había copia”, declaró Rosario en cierta ocasión.

De izquierda a derecha, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Rosario Conde, Carlos Barral y José Agustín Goytisolo

Después de más de cuarenta años juntos, Cela la abandonó por otra mujer, concretamente por Marina Castaño, a quien convertiría en su segunda esposa; pero a Charo Conde tampoco pareció importarle tanto; fue por entonces cuando declaró que su gran amor no había sido Cela, sino el poeta José Manuel Caballero Bonald, de quien fue amante durante años.

Rosario mecanografió la gran mayoría de las obras de Cela: más de sesenta libros, que él escribía a mano con una letra casi solamente inteligible para ella.

No obstante, a la hora de hacer historia, lo que queda es que el trabajo literario de un genio no hubiera salido a la luz sin la presencia silenciosa, continuada, abnegada y sin apenas reconocimiento, de su entonces compañera. “Sin mí no hubiera sido nadie”, dicen que decía Rosario alguna vez; nosotros estamos convencidos de ello. Charo Conde murió poco después de que lo hiciera el Premio Nobel; las familias de la primera y la segunda esposa estuvieron litigando durante años por la cuantiosa herencia del escritor.

Clara Schumann

Clara Schumann, la mano derecha del pianista
La historia ha reservado un espacio para el genial músico Robert Schumann, pero de nuevo ha relegado al olvido a su esposa Clara. Esta extraordinaria mujer no solamente aportó la estabilidad emocional y económica a la familia Schumann, sino que además fue ella quien dio a conocer las obras de su marido, tocándolas en sus conciertos ante el público, porque el propio Robert, con una mano lesionada, no era un virtuoso del piano.

Fue Clara quien dio a conocer las obras de su marido, tocándolas en sus conciertos ante el público.

Desde muy niña, Clara aprendió piano en la prestigiosa escuela de su padre, Friedrich Wieck, uno de los grandes pianistas y compositores de su época. Allí fue también donde conoció a Robert, que era uno de los alumnos. Aunque se llevaban nueve años y Clara era tan solo una niña, ambos se enamoraron perdidamente, y en contra de la oposición paterna, se casaron. Wieck rechazó plenamente el matrimonio de su hija -a la que había educado esmeradamente para triunfar como concertista- con el joven Schumann, que para entonces era un total desconocido.

Retrato a lápiz de la gran pianista

Una vez casada, el gran amor que profesaba a su marido, y su grandeza de carácter y espíritu, sirvieron para que Clara superara los difíciles momentos de su matrimonio, y la personalidad  complicada y depresiva de Robert. El compositor, además, sufrió una lesión en su mano derecha que le impidió de por vida tocar el piano como un virtuoso; por ello, fue la propia Clara quien dio a conocer la obra de su marido a través de sus continuos y exitosos conciertos por Europa, con los cuales mantuvo siempre a su familia. Fue una de las pocas pianistas de su época y siempre fue considera como una auténtica virtuosa. Aunque también había compuesto de joven, Clara dejó de componer al casarse con Robert; juntos colaboraron en la escritura de algunas piezas, y ella fue una inspiración constante para el autor. También fue una madre perfecta, que sacó adelante a sus ocho hijos y superó la muerte de alguno de ellos. Las depresiones de Schumann provocaron momentos de gran dramatismo en su vida; el compositor llegó a arrojarse al Rhin y tuvo que ser internado en un psiquiátrico, tras lo cual, incluso estando embarazada, Clara siguió dando conciertos.

Durante su difícil vida matrimonial, la maravillosa Clara contó con un gran cómplice, cuya amistad fue creciendo de una forma intensa a lo largo de su vida, hasta el punto de que ambos convivieron cuando Robert falleció y Clara quedó viuda: el también genial músico Johannes Brahms, que siempre le mostró un enorme afecto y con el que compartió una singular historia de amor-amistad… Pero esa ya es otra historia.

María de la O Lejárraga

María Lejárraga: el genio era ella
María de la O Lejárraga fue una de las intelectuales y políticas más eminentes de los inicios del siglo XX en España. Pero fue también una prolífica escritora, autora de algunas de las más brillantes piezas de teatro de la época; sin embargo, ninguna de ellas lleva su nombre: fueron firmadas por su marido Gregorio Martínez Sierra, que aún a día de hoy figura como el autor de las mismas. Durante toda su vida, María, pese a ser una convencida y activa feminista, permitió que su marido se “apoderase” de su obra.

Nacida en 1874, fue hija de un cirujano y tuvo una privilegiada educación para la época, sacando la carrera de Magisterio y estudiando en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, en Madrid. En 1899 publicó su primera obra: Cuentos breves, que parece que no gustó a su familia. Para evitar disgustos con ellos y por su trabajo como maestra, decidió seguir escribiendo, pero bajo el nombre de su marido, con el cual se había casado en 1900.

Portada de ‘Alma española’ con las canciones escritas por Lejárraga

Gregorio y María comenzaron trabajando juntos, pero conforme pasaba el tiempo, ella se dedicó enteramente a escribir las obras que él firmaba; gracias a la buena pluma de su talentosa esposa, Gregorio se convirtió en uno de los autores y directores de teatro con más éxito del momento. La realidad era un secreto a voces: ella escribía en casa, mientras que él, como director, departía los asuntos teatreros entre bambalinas. Y también fuera de ellas, ya que se emparejó con una de las grandes actrices de la época, Catalina Bárcena, con la que tendría una hija, Katia. Sin embargo, la separación matrimonial no supuso la separación literaria, pues María continuó escribiendo las obras que él firmaba y dirigía, y con las que siguió cosechando triunfos  y honores: El arte de amar, Sueños de una noche de verano, Rosina es frágil, La torre de marfil, etc. Para colmo, gran parte de estas obras fueron protagonizadas por la Bárcenas, la sustituta en el corazón de su marido. En 1930, Martínez Sierra firmó un documento en el que reconocía la “coautoría” de su mujer en sus obras, pero se atribuía los derechos de las mismas. El mimetismo de Gregorio con la obra de su mujer fue tal, que incluso llegó a firmar sus obras feministas, como “Carta a las mujeres de España“, escrita por María. Afortunadamente, Lejárraga mantuvo al menos su perfil alto en el mundo intelectual y político y en 1933 llegó a ser elegida diputada para el Congreso por Granada.

María cedió durante toda su vida el protagonismo en sus escritos a Gregorio, hasta la muerte de este; un año después, cuando la hija de Gregorio y Catalina exigió los derechos de autor de las obras, María, obligada para salvaguardar sus pocos ingresos en aquella época, se decidió a revelar toda la verdad en sus memorias Gregorio y yo, donde expuso que en realidad ella había escrito los libros de su ex.

Según algunos de los biógrafos de María, fue el gran amor que tenía a su ex marido lo que hizo que, durante años, aún tras las separación, incluso después de tener una hija con otra mujer, ella le “prestara” su ingenio, talento y trabajo, para que él triunfara. En la carta que le escribió a una amiga, siendo ya muy mayor, se lamentaba por ello: “al recorrer las horas pasadas siento rabia contra mí misma por las muchísimas horas que he desperdiciado en sufrir por amor. Ahora que lo veo a la clara luz de la ancianidad, veo que no valía la pena”. En los últimos años, al menos, la historia ha puesto cierta luz sobre el verdadero trabajo de María, aunque la mayor parte de sus libros siguen por ahí, en las estanterías de las bibliotecas, firmados por otra persona.

Linda McCartney

Linda McCarney, estrella por sí misma
Cuando el guapo Paul McCartney, de los Beatles, conoció a Linda Eastman, ciertamente él era uno de las personalidades más conocidas del mundo. Pero eso no deslumbró a la rubia americana que, para entonces, ya se había trazado una importante carrera como fotógrafa en un mundo como el del rock and roll, donde las mujeres normalmente sólo ocupaban el puesto de groupies acompañantes de las estrellas. Eastman tenía talento y tablas: había entrado como recepcionista en la revista Rolling Stone, pero se ganó el prestigio internacional tras lograr acceder a las estrellas del rock y hacer algunas de las fotos más memorables de la época. A lo largo de los años fotografió a Jimmy Hendrix (con el que antes de su matrimonio tuvo algún flirt), Bob Dylan, Eric Clapton, Janis Joplin o The Doors. Después de casarse, cuando los Beatles entraron en colapso y McCartney cayó en una profunda depresión, ella le animó a montar su propio grupo, los Wings, para lo cual incluso aprendió a tocar el teclado y otros instrumentos, y se convirtió en parte de la banda; Sir MacCa siempre ha reconocido que no hubiera podido remontar aquella fase sin la ayuda de Linda.

El matrimonio McCartney y su visible felicidad. (Photo by Diane Freed)

Ya convertida en madre de familia, la aportación de Linda en la difusión de la comida vegetariana fue trascendental: su libro Home Cooking se convirtió en el recetario de cocina vegetariana más vendido del mundo. También creó su propia empresa de comida preparada sin carne animal. Gracias a Linda, en los años ochenta, miles de ciudadanos de todo el planeta se hicieron vegetarianos. Lamentablemente, un cáncer de mama se llevó a Linda de forma muy temprana, cuando solo tenía 58 años y llevaba treinta de feliz matrimonio con el ex Beatle, que quedó totalmente devastado por su pérdida.

Linda incluso aprendió a tocar el teclado y otros instrumentos, y se convirtió en parte de los Wings.

Paul siempre será conocido por ser uno de los Beatles, y por el gigante tesoro musical que ha regalado al mundo, pero Linda no se quedó atrás: fue pionera en la fotografía, en la música, en la cocina…. Sus fotografías se exponen ahora en museos y están consideradas como parte del arte del siglo XX. Linda siempre es recordada como la “esposa de Paul McCartney”, pero ella era mucho más, una auténtica estrella con brillo propio y particular.

 Inés Almendros

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