YOLD TE PUBLICA. Un espacio para tus cuentos y relatos.

Día libre

Un cuento de Verdolaga

Firma Invitada
27 agosto, 2016

Si tienes algún cuento, unos versos, un fragmento de diario, algún artefacto literario de cualquier género que necesita ser leído, éste es tu espacio. Mándanos tus escritos (breves, máximo 10.000 palabras) a xuxurlatu@genteyold.com y los publicamos. Aquí encontrarán sus lectores y comentarios.

-Hola, Celia, chata. Mira, que no puedo ir hoy, que he pasado muy mala noche. Qué sé yo, un cólico; me encuentro fatal. No sé, pero creo que me sentó mal la cena. Sería la ensaladilla. Díselo al jefe, haz el favor. ¡Ah!, y dile que la columna se la mando hoy sin falta, antes del cierre, que no se altere, ¿vale? Chao, un beso.

Colgó. Bostezó sonriendo, con gusto. Un día entero por delante. Miró por la ventana a la gente apresurada, a empujones por la acera; pitidos de coches atrapados en el atasco. Una mosca evolucionó perezosamente por el vidrio y le pareció que huía en busca de algún sitio donde no la molestaran. No soportaba a las moscas. Miró hacia la estantería buscando el spray pero no lo vio, así que optó por ahuyentarla sacudiendo el visillo. La perdió de vista. Hizo algunos estiramientos de columna, dos o tres flexiones de rodillas, unos giros de cuello, sin método. Se acercó a la mesa de trabajo, apoyó las palmas de las manos en el borde, como reconociendo del terreno. Apartó sumariamente papeles y carpetas que empujaron a la taza con una colilla ahogada en los restos de café de anoche, al cenicero rebosante; la cucharilla cayó al suelo y se sobresaltó porque le pareció que sonaba a llamada de urgencia, como si su jefe se hubiera olido algo y le estuviera dando un campanillazo.

Se sentó al ordenador, lo arrancó y accedió a la columna que estaba escribiendo. Apenas tenía el título: Reactivar una campaña electoral exhausta. No vale, demasiado largo; ve eso el lector y sale corriendo. Movió el ratón para colocar el cursor en el centro de la frase. Aun dudaba dónde debía empezar a borrar cuando la mosca se posó en la pantalla y empezó a corretear de esa manera absurda que tienen las moscas de moverse, sin una dirección clara, sin objetivo; tan pronto subía como bajaba, o se paraba para frotarse las patas delanteras, ese gesto típico de las moscas, satisfecha, cuando era evidente que no había encontrado nada, ¿qué podía haber en la pantalla que de interés para una mosca? Nada. Lo que pasaba es que no tenía un objetivo ni sabía qué estaba buscando; se dejaba llevar por su instinto, o por lo que fuera. Se detuvo en una zona muy clara; las alas dejaban ver al trasluz una fina estructura de vasos, o de nervios. Era una mosca pequeña, más pequeña que las de cocina y también más vivaz, más nerviosa y con una cabeza minúscula. O eso le pareció. Le acercó lentamente la punta del bolígrafo, como para ensartarla, pero la mosca levantó el vuelo para ir a posarse en la manga de la camisa. Le recordó las moscas de otoño, en el monte, y le dio un escalofrío. Sacudió el brazo y la mosca desapareció.

En ese momento se acordó de que no había desayunado y fue a explorar la cocina: un par de galletas de chocolate, una ensaimada quebradiza, no quedaba leche. Buscó un cuchillo directamente en el fregadero, abrió la ensaimada, la rellenó con unas rodajas de salami abarquillado y volvió al ordenador mordisqueando el embutido que sobresalía.

Se quedó mirando el campo de estrellas de la pantalla, el lugar del centro donde se formaban y hacia qué lado empezaban a moverse; a veces, incluso, apostaba contra sí mismo porque una estrella recién nacida pasase justo por la esquina antes de desaparecer. Pulsó una tecla y apareció la frase: Reactivar una campaña electoral exhausta. La borró entera. Escribió: Sísifo. Eso es: un título inquietante, que enganche al lector. Cuando iba a empezar a teclear la primera línea, vio que la mosca evolucionaba cerca de la pantalla. Se posó en el marco superior y entró en la hoja en blanco caminando hacia abajo. Era evidente que le gustaba la pantalla, quizá el calor, el poco calor que dan la pantallas modernas, suficiente para una mosca. Se retiró de la mesa cuando se dio cuenta de que estaba moviendo la pierna derecha con ese tic que odiaba, un temblor casi espasmódico que apenas podía controlar. Se sentó en el sofá, frente a la televisión apagada. Miró hacia la pantalla del ordenador y vio que la mosca levantaba el vuelo en ese momento. A mí también me pasa a veces, pensó, muchas veces noto que alguien me está mirando porque puedo sentir la presión de la mirada en mi espalda. También las moscas pueden sentir la presión de una mirada, ¿por qué no? Se sintió más cercano a la mosca, al fin y al cabo había demostrado ser una mosca sensible.

Llamó a Nuria. No contestó. Le dejó un mensaje en el buzón de voz. Mientras lo estaba grabando se sintió ridículo; ¿por qué le iba a interesar a Nuria la sensibilidad de las moscas. Hubiera dado algo por poder borrar el mensaje, por cambiarlo, por dejarlo en un saludo y un hasta luego, pero ahí estaba. Y Nuria, cuando lo escuchase, pensando: pena de chico; el caso es que es majo, pero tiene unas cosas…

Ahora la mosca se posó cerca de la rodilla, sobre el pantalón; un terreno neutral por decirlo así, como de tanteo, ni para él ni para ella. El primer impulso fue echarla de un manotazo, pero se contuvo. Al fin y al cabo -se dijo- es como si tuviéramos ya una relación, o el principio. Además, una simple mosca sobre la tela del pantalón no puede estorbar a nadie que no viva pendiente de las moscas; nadie que no padezca una neurosis grave se puede inquietar por una simple mosca. La sensibilidad cutánea no es suficiente como para sentir la mosca a través de la tela, y menos aún de ese tejido grueso, como de lona, que usan para los pantalones vaqueros, así que no puede molestar un cosquilleo que no se llega a percibir. Es sólo la sensación visual pero, qué puede tener de molesto que una mosca se pasee por el pantalón: nada. La cosa cambia mucho cuando son otros los sentidos que intervienen; por ejemplo el oído. Por eso es insoportable el mosquito trompetero que se ensaña en plena siesta; o la moscarda azul que zumba y se estrella una y otra vez como una imbécil contra el cristal de la ventana. Claro que, peor aún es la mosca de monte que, harta de néctares -de todo se llega a hartar uno-, prefiere abrevar en el juguillo del ojo o de otros orificios menos nobles. Esto de las moscas de monte no lo entendía, a pesar de que le había dedicado tiempo. Sabemos poco sobre comportamiento animal, muy poco. Por ejemplo: no creo que nadie conozca cómo logran las moscas de monte comunicar tan rápida y eficazmente a las demás que una ha encontrado un filón, algo. O están mucho más organizadas de lo que creemos o tienen un poder de convocatoria excepcional. Y no es riqueza lo que buscan, es sólo comida. Y quizá también un poco de calor humano. Calor humano… ¿Y si es eso lo que busca esta mosca? Por eso se contuvo, porque de golpe la mosca le pareció más próxima. Y también porque espantarla así, sin motivo, tenía algo de neurótico, sin duda. Y él extremaba la vigilancia de esos comportamientos suyos que, con alguna frecuencia, merecían de Nuria juicios del estilo de «Eso son manías tuyas». Él sabía que no, que esas acusaciones simples, manidas, eran pura receta de dialéctica matrimonial -prematrimonial, en su caso- para rechazar de plano una verdad cuando se carece de argumentos serios, o uno no se molesta en elaborarlos, que suele ser lo habitual. La mosca cojonera en versión doméstica.

La mosca pareció entender el mensaje de tregua franca que se le estaba brindando con la renuncia al recurso fácil de la violencia, y decidió quedarse, correteando, un poco sin sentido, por los toboganes que formaban las ondulaciones de la tela. Apenas daba dos o tres pasos en línea recta -la línea recta es el camino propio de quien sabe lo que quiere o adónde va-; al contrario, cambiaba de dirección continuamente, como si estuviera perdida o despistada o, lo que es más probable, como quien carece de proyecto en la vida y tanto le da andar hacia adelante como hacia atrás. A veces se paraba, quizá sorprendida, o para estudiar el terreno, y él aprovechaba para mirarla -para conocerla mejor, se dijo intentando justificar su atención-, mientras observaba los brillos de sus alas, muy plegadas, muy pegadas al cuerpo, un poco tensas, le pareció. Esta mosca está estresada, o por lo menos no sabe cómo relajar sus propias tensiones. Por eso, tras vencer ese primer impulso, decidió no molestarla. Pensó que si la dejaba en paz quizá la mosca se aviniese a quedarse explorando la tela, donde sin duda encontraría muy diversas sustancias de su interés, sin necesidad de asumir el riesgo de buscar zonas epidérmicas, mucho más sensibles y por tanto más conflictivas o comprometidas.

En una de sus evoluciones, la mosca se movió de perfil y entonces lo pudo ver claramente: la mosca renqueaba; una de las patas traseras, la derecha, iba ostensiblemente retrasada respecto a las otras, como si la arrastrase, o como si le pesase mucho más que las otras y, además, al moverla levantaba el cuerpo de ese lado, como si le costase apoyarla, como si tuviera dolores.

httpspixabay.comesphotosq=moscas&image_type=&cat=&min_width=&min_height=

La miró con la lupa y en efecto, esa pata estaba inflamada. Y de un color perceptiblemente más pálido que las otras.

Se tumbó en el sofá. Sabía que le iba a entrar sueño y le horrorizaba la idea de que la mosca pudiera corretear por su cara. Miró el reloj, apenas le quedaban unos minutos para enviar la columna antes del cierre.

e-reader, flying sheets

Buscó una toalla para cubrirse la cabeza, como un tuareg. Se sintió bien; protegido.

Firma:

Verdolaga

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies