Mundo Yold. Guapo, fuerte, heroico y vividor, un seductor nato

Errol Flynn, un héroe con mallas verdes

Angel Domingo
11 abril, 2020

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En su autobiografía publicada con posterioridad a su muerte, el actor escribió: “siempre fui un vividor de cine”, y es que Errol fue un gran disfrutador y hedonista, que se bebió la vida a base de largos tragos y grandes fumadas… Hoy recordamos su filmografía y peripecias vitales de la mano de Ángel Domingo.

Resulta muy llamativo saber que al actor que mejor le sentaban las mallas del cine dejó un cadáver muy poco agraciado, tanto es así, que el forense que le practicó la autopsia quedó sorprendido que el intérprete alcanzara los cincuenta años de vida, al comprobar el estado de sus órganos, aniquilados por su adicción al opio, el abuso del tabaco y el alcohol.

La mirada y sonrisa pícara de Errol aún le hacía más atractivo

Cuando todavía resuenan los ecos de las espadas que empuñó y el jolgorio de las juergas que se corrió Errol Flynn, (20 de junio de 1909, Battery Point, Australia), el gran seductor de la época dorada de Hollywood, tan atractivo como mujeriego, todavía resuenan en la meca del cine.

Los ecos de las espadas que empuñó y el jolgorio de sus juergas todavía resuenan en la meca del cine.

Hacia el final de su carrera, se dice que a Flynn, fallecido en octubre de 1959, le costaba terriblemente recordar una sola línea de diálogo en sus películas, a pesar de realizar grandes interpretaciones, como la realizada en el papel de Mike Campbell en ¡Fiesta! (Henry King, 1957), o de John Barrymore, en Demasiado pronto para vivir (Art Napoleon, 1958), casualmente dos grandes bebedores.

En El Halcón de los Mares

Pero antes de llegar a este final fue representante durante años del esplendor en la hierba, aderezado con una amplia colección de escándalos sexuales, descomunales borracheras y mitos que se debaten entre la realidad y la ficción, solo por poner un ejemplo: Marilyn Monroe llegó a asegurar que “tocaba el piano con el pene” durante sus fiestas privadas. El propio Flynn, en su autobiografía póstuma, cuenta: siempre fui un vividor de cine”.

Preparando un cóctel con una jovencísima Brigitte Bardot

Hijo de un biólogo y una mujer de la alta sociedad, fue expulsado de todos los colegios a los que asistió y decidió ganarse la vida como buscador de oro, marino mercante y, hay quién asegura, castrador de ovejas.

Errol fue el Robin Hood que todos los yolds más conservamos en el recuerdo

Fue en 1935 cuando la fortuna llamó a su puerta. Tras haberse dedicado a la interpretación como un mero pasatiempo, su físico y encanto personal llamó la atención de la poderosa Warner Brothers y fue reclamado para el papel principal de bucanero en El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935), ya que la primera opción, el británico Robert Donat, se había descartado por sus compromisos profesionales.

El título por el que siempre se le recordará es el de Robin de los bosques.

Ésta fue la primera ocasión que trabajó con Michael Curtiz, el famoso director de Casablanca, con quien volvió a colaborar en otras once ocasiones a pesar de la conocida enemistad que les separaba, debido en parte a que Lili Damita, tercera esposa de Flynn, fue antes la segunda mujer del director húngaro.

Con su amada en la vida real y cinematográfica, Olivia de Havilland (Lady Marian) en Robin de los bosques

Flynn no solo convenció a todos en la industria del cine, sino que se convirtió en el perfecto sustituto del héroe de aventuras que años atrás había encarnado Douglas Fairbanks, otro de los grandes ídolos de Hollywood, que decidió retirarse un año antes. Así, llegaron títulos como La carga de la Brigada Ligera (Michael Curtiz, 1936) o Murieron con las botas puestas (Raoul Walsh, 1941), aunque el título por el que siempre se le recordará es el de Robin de los bosques (Michael Curtiz y William Keighley, 1938).

Sin lugar a dudas, a nadie le sentaron mejor las mallas en el cine; tanto es así que a la Warner Brothers le salía tan bien el negocio que no se cansaron de encasillarlo en personajes heroicos, algo de lo que se quejó el propio Flynn. En aquella autobiografía relataba: “Según pasaban los meses y los años, los papeles estereotipados que interpreté me restaban ambición por hacer mejores cosas o esperar poder hacerlas en Hollywood”, una reflexión que conectaba con sus desenfrenos fuera de los platós.

Con su mujer, Patricia Wymore

-“No sé hasta qué punto esto de empuñar una espada tantas veces o montar un caballo ha provocado mis rebeliones, mis grandes juergas y mis payasadas por todo el globo, pero creo que tiene mucho que ver”. El ego de nuestro protagonista también quedó dañado cuando no se le permitió participar en la II Guerra Mundial a causa de su historial con la tuberculosis y malaria, lo que agravó ese conflicto entre su popular imagen en Hollywood y sus objetivos personales.

En esa autobiografía también reconoce que se enamoró perdidamente de Olivia de Havilland, compañera de rodaje en nueve películas, con la que formó la gran pareja cinematográfica en el cine de aquella época. “Sí, nos enamoramos y creo que eso es evidente en la química que desprendíamos en pantalla”, declaró recientemente la actriz, hoy ya con 92 años. “Pero sus circunstancias en aquel tiempo impidieron que la relación fuera adelante”, añadió. Por entonces Flynn estaba casado aún con Damita y al término de ese matrimonio (1935-1942) su carrera profesional, tras sus colaboraciones con Raoul Walsh a finales de la década de los cuarenta, emprendió el declive, al que acompañó su rápido deterioro físico. Él mismo lo justificaba: “Pretendo vivir al máximo la primera mitad de mi vida. No me importa el resto”. Y, desde luego, puedo asegurar que lo cumplió.

Ángel Domingo Pérez

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