Mundo YoldUna madre, una novia, dos esposas y una guerrillera marcaron el camino de leyenda del Che Guevara

Cinco mujeres y un destino

Inés Almendros
15 octubre, 2017

Héroe para millones de personas. Cruel revolucionario para otras. Personaje icónico donde los haya, leyenda del siglo XX, en estos días se cumplen cincuenta años de la muerte de Ernesto Che Guevara y, aunque en estos días surgen miles de artículos sobre su figura, pocos se acuerdan de las cinco mujeres que orientaron su vida. Lo hacemos hoy en Gente Yold.

No pocos yold hemos lucido alguna vez, con orgullo, una camiseta del Che Guevara, un póster, una pegatina o cualquier otra imagen del icónico revolucionario de los años sesenta. Rebelde con causa, se ganó uno de los puestos entre los personajes más famosos del siglo XX, y se convirtió en la imagen de la insurrección. Para todos nosotros la imagen del Che suponía el grito de protesta ante la injusticia, el deseo de luchar por un mundo mejor. (Claro, que desde su muerte todo ha cambiado mucho; para muchos de nosotros, también ha cambiado la forma de ver la realidad).

Pero volvamos al personaje: Ernesto Guevara nació en el seno de una familia acomodada argentina de padres liberales, de tendencias de izquierdas, y con mucha influencia de personalidades como Manuel de Falla, que habían tenido que huir primero de la Guerra Civil española y, segundo, del dictatorial gobierno de Franco. Inteligente, valiente, aventurero, pero tocado por una intensa dolencia de asma que le acompañó de por vida, Ernesto estudió medicina, pero pronto se dejó llevar por su enorme inquietud de aventuras, y por su compromiso por la política. En México conoció a Fidel Castro, y con él se fue a luchar por la revolución de Cuba. Tras el triunfo en este país y aunque ocupó puestos ministeriales en los primeros años, decidió continuar con sus aventuras revolucionarias en otros países, hasta acabar siendo ejecutado en un nuevo intento de revolución en Bolivia. Una vida breve, pero intensa, que dejó millones de fotos detrás de ella, y que estuvo muy guiada por cinco mujeres que le ayudaron a girar el timón de su destino, y también, a cambiar su historia.

Sus padres

Sus padres

Celia: su madre, su fuerza
Celia de la Serna había nacido en una de las familias más ricas de Buenos Aires, pero la desgracia llamó a su puerta cuando era bien pequeña: su padre, el doctor Juan Martín de la Serna, profesor de leyes en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, se suicidó cuando ella tenía dos años. Tiempo después, cuando sólo era una adolescente, su madre Edelmira Llosa, también falleció. Educada en el colegio del Sagrado Corazón, de pequeña quería ser monja, pero con los años se inclinó por una ideología cada vez más liberal, que le llevó a pertenecer, en los años cuarenta y cincuenta, al grupo de mujeres aristócratas más avanzadas de Argentina, que promovían el feminismo, la libertad sexual y la independencia de la mujer. En todos los sentidos, Celia era una mujer adelantada a su tiempo, con el pelo corto, deportista, fumadora y una gran personalidad.

Ernesto, a la izquierda, con su familia

Ernesto, a la izquierda, con su familia

Celia y su marido, Ernesto Guevara Lynch, se conocieron cuando eran estudiantes en Buenos Aires. Formaban una pareja progresista, bohemia, moderna, aventurera y desenfadada, aunque, eso sí: ambos vivían prácticamente de las rentas y herencias de sus respectivas familias. Empezaron su vida de casados en el Alto Paraná, donde construirían una primera e idílica casita y se dedicaron al cultivo del mate. Este fue el primero de los muchos intentos infructuosos de Ernesto Guevara Lynch de levantar un negocio, pero nunca llegó a conseguir que alguna de sus empresas triunfara.

Celia perteneció al grupo de mujeres aristócratas de Buenos Aires que promovían la libertad sexual y la independencia de la mujer.

En el año 1931 un pequeño accidente cambió la vida de toda la familia: Celia llevó a bañar a Ernesto al río, cuando las temperaturas eran muy bajas. El pequeño cogió un gran resfriado, que degeneró en una terrible bronquitis asmática. A partir de aquel momento, Ernesto sufriría horribles ataques de asma toda su vida, lo que fue determinante para el pequeño, que no podía ni ir al colegio, y para sus padres, que pasaron años cambiando de residencia y buscando un clima propicio para el niño.

Con Celia, su madre, que fue también su fuerza interior

Con Celia, su madre, que fue también su fuerza interior

Debido al asma, la propia Celia se convirtió en la maestra y en la guía permanente de Ernesto; le enseñó a leer y a escribir, le controlaba la temperatura y sus continuos ataques, pero sobre todo, le inyectó la capacidad de la fuerza, el sacrificio, la resistencia y el valor, que con los años fueron determinantes en su vida. La enfermedad del muchacho también influyó en sus padres, cada vez más enfrentados entre sí. La decadencia del matrimonio fue definitiva cuando Ernesto padre comenzó a ser infiel. Finalmente, acabaron separándose y él se unió a la maestra María Erra, con quien tendría otros hijos.

En los años sesenta, al igual que su hijo, Celia se volcó en su actividad política con la izquierda argentina, siendo varias veces detenida, llegando a sufrir persecuciones. Como él, era tremendamente resistente: sufrió tres veces cáncer, y en las dos primeras ocasiones los pudo superar, pero finalmente, un tercer tumor se la llevó a la tumba. Fue en 1965, mientras su hijo, convertido ya en un guerrillero famoso, combatía en el Congo. La luchadora Celia no quiso preocuparle; el Che se enteró de que estaba nuevamente enferma cuando en realidad ya había fallecido. La muerte de su madre supuso un enorme golpe para él: su fuerza, su valentía, la tenacidad vital que ella le había inoculado, quedaron debilitadas. Apenas dos años después, también él murió abatido por las balas bolivianas.

Chichina: el desamor que le empujó a la aventura
Ernesto Guevara era en 1950 un atractivo estudiante de medicina alto, moreno y guapo, pero también provocador, altivo y con mucho carácter. Los recursos de su familia habían ido en declive, al igual que su estatus social, pero compaginaba sus estudios con sus grandes sueños de aventura; de hecho, ya había realizado un largo viaje por el país con una bicicleta “motorizada” que él mismo había apañado. En este contexto conoció a María del Carmen Ferreyra, a la que llamaban Chichina y que era hija de Horacio Ferreyra, uno de los más ricos empresarios de Córdoba. Empezaron a hablar en la boda de unos amigos, cuando ella tenía tan sólo 16 años y él 22. “Me fascinó su físico obstinado y su carácter antisolemne. No se sacaba de encima una camisa de nailon transparente que ya estaba tirando a gris, del uso. Se compraba los zapatos en los remates, de modo que sus pies nunca parecían iguales. Éramos tan sofisticados que Ernesto nos parecía un oprobio…”, diría años después Chichina, en una de las pocas veces que habló de este tema, haciendo alusión también al poco apego -reconocido- que Ernesto tenía al agua, al jabón y al aseo en general.

Solo esta foto y muchos recuerdos quedó del romance entre Ernesto y Maria del Carmen Chichina

Solo esta foto y muchos recuerdos quedó del romance entre Ernesto y María del Carmen, Chichina

Así comenzó un noviazgo a distancia de dos años en los que Ernesto viajaba a Córdoba siempre que podía para ver a Chichina y a los muchos amigos que tenía en la ciudad. Ilusionado por aquel romance, a las pocas semanas de conocerse, Ernesto propuso a Maria del Carmen contraer matrimonio e irse a viajar juntos por América, siguiendo así su aventurera vocación. Sin embargo, la familia Ferreyra no sólo no dio su consentimiento, sino que empezaron recelar del joven. Su ideología y su altanería en las discusiones no ayudaban a crear lazos con su suegro.

Ante las dificultades del amor por Chichina, Ernesto se fue volcando en nuevas aventuras viajeras.

La oposición cada vez mayor de la familia de Chichina Ferreyra fue sembrando la distancia entre los jóvenes. Y ante las dificultades de aquel amor, Ernesto se fue volcando en nuevas aventuras viajeras. Así, en 1951 organizó un nuevo periplo con su amigo Alberto Granado, para recorrer el país en moto. Los primeros días de aquel viaje los pasaron por Buenos Aires, donde precisamente Chichina y su familia pasaban las vacaciones de Navidad. En la fiesta de Reyes él le regaló un cachorro de ovejero alemán al que puso de nombre “Come back”. Pocos días después, cuando Alberto y Ernesto ya habían iniciado su periplo, Chichina le escribió para poner fin definitivo al romance. “Nunca lo vi tan conmocionado como después de leer aquella carta”, diría Granados años más tarde. A pesar de ello, a su regreso a Argentina, Ernesto volvió a pedirle nuevamente matrimonio a Chichina, que de nuevo dijo no. Aquel adiós definitivo supuso, al mismo tiempo, el impulso en su camino hacia la aventura sin fin.

En pleno viaje con su amigo Alberto Granado

En pleno viaje con su amigo Alberto Granados

Hilda: los brazos de la la revolución
En 1955 Ernesto realizaba su segundo viaje por todo el continente latinoamericano, viviendo cada vez más de cerca las miserias comunes de aquella tierra. Su cada vez mayor interés por el el compromiso político le llevó a conocer, en Guatemala, a Hilda Gadea, una exiliada peruana con la que estableció un enorme vínculo de afinidad. Hilda y Ernesto eran cultos, ideológicamente muy afines y compartían las mismas inquietudes intelectuales y sociales. Sin embargo, los amigos comunes no les veían como una pareja romántica, sino más bien como socios en la lucha política. Ernesto era alto, arrogante y atractivo; Hilda bajita, no especialmente atractiva, pero sí muy carismática. No era un amor romántico, pero sí una unión espiritual fuerte y sincera, basada en la búsqueda de un mundo mejor.

Hilda, su primera esposa, junto con Ernesto, poco después de la boda

Hilda, su primera esposa, junto a Ernesto poco después de la boda

Sin embargo, la intensidad de la relación los acabó convirtiendo en inseparables, y la mano de Hilda igualmente resultaría esencial en el destino del Che: ella fue la que le presentó a los grupos de rebeldes cubanos que estaban entonces en Guatemala. Los problemas de la pareja con la justicia guatemalteca, por sus actividades revolucionarias, los llevaron a México, donde finalmente se casaron después de que Hilda quedase embarazada de Hilda Beatriz, la hija mayor del Che. Allí, en el ámbito revolucionario cubano exiliado, Ernesto conoció a Fidel Castro, y selló su compromiso para combatir con él en la isla caribeña. En 1956, marchó con las tropas de Fidel hasta Cuba, abandonando a su esposa que regresó con su hija a Perú. Aunque la pareja quedó abierta al futuro posterior a la revolución, lo cierto es que nunca regresaron juntos: el destino de Ernesto continuó de forma inexorable hacia la revolución, pero sin Hilda. Otras muchas cosas, y otra mujer, se cruzaría en el camino.

Hilda y Ernesto eran cultos, ideológicamente muy afines y compartían las mismas inquietudes intelectuales y sociales.

Aleida: compañera en la victoria y en la vida
En 1958 en plena revolución cubana, Ernesto conoció a la que sería su segunda esposa, madre de sus hijos y el definitivo amor de su vida. Se llamaba Aleida March Torres y, según algunos relatos revolucionarios, con 22 años llegó huyendo de la justicia a la base de Pedrero, donde se encontraba el Che con sus guerrilleros. Aleida tenía que refugiarse porque la policía la buscaba tras haberse descubierto sus actividades revolucionarios Desde los primeros días ambos congeniaron: Aleida acabó convertida en la mano derecha de Ernesto: a finales de 1958, Ernesto Guevara y Aleida March Torres ya vivían juntos, como una pareja estable. Ella era al mismo tiempo pareja, secretaria, amiga y asistente, se ocupaba de todo lo que le concernía. Aleida, prudente, pero eficaz, cedía todo el protagonismo a Ernesto. Nacida en una familia de campesinos con finca propia, Aleida había estudiado pedagogía y se había vinculado poco tiempo antes al movimiento revolucionario. Su fama de seria, discreta y trabajadora la precedía. Sin embargo algunos compañeros del Che también la acusaban de ser celosa, de separarle de amigos y compañeros. Lo cierto es que ambos vivieron el triunfo de Fidel, entraron juntos en La Habana en enero de 1959 y fundaron una nueva familia en la nueva Cuba. Ernesto solicitó el divorcio de Hilda y se casó con Aleida ese mismo año.

Con Aleida haciendo la revolución

Con Aleida durante la Revolución Cubana

Sin embargo, pese a la victoria, pese al ancla que suponía su nueva familia, pese a haberse convertido en uno de los hombres fuertes del nuevo gobierno, su espíritu inconformista e imparable terminó por ganar la batalla. Ernesto Guevara se resistió a quedarse quieto en La Habana, y siguió viajando para llevar la revolución a otros países. Primero fue a África y luego en Bolivia, donde terminó muriendo. Entre viaje y viaje, entre aventura y aventura, le dejó a Aleida cuatro hijos: Aleida, Camilo, Celia y Ernesto, y un gran archivo de cartas que ella ha ido publicando.

Aleida March era al mismo tiempo pareja, secretaria, amiga y asistente, se ocupaba de todo lo que le concernía.

Con 81 años, Aleida sigue vida, mantiene la memoria de Ernesto Guevara: con 81 años preside el Centro de Estudios Che Guevara y es titular de los derechos autor de los escritos de esta institución.

La foto más famosa del mundo

La foto más famosa del mundo

Tamara Bunke: compañera en  la derrota y en la muerte
Ya victorioso y triunfante en Cuba, y pese a tener una amplia familia, la principal inspiración del Che -apodado simplemente porque como argentino utilizaba mucho esta expresión- era la de extender la triunfante revolución cubana por todo el mundo. Y en este último camino le acompañó Tamara Bunke, la mítica guerrillera y amiga que murió pocas semanas antes que él en la misma revolución. Muchos decían que Tamara seguía la estela de Ernesto porque le amaba. No pocos hablaban de sus encuentros furtivos por distintos lugares del mundo. Pero lo único cierto y contrastado es que ambos trabajaron y lucharon juntos por sus ideales.

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Tamara Bunke

Tamara había nacido en Buenos Aires en 1937, hija de un alemán y una polaca que habían huido de la Alemania nazi, pero que regresaron a Alemania del Este después de la segunda guerra mundial. El dominio del idioma español le ayudó a buscar trabajo como traductora y a conocer a la bailarina cubana Alicia Alonso, y por supuesto a Ernesto Guevara cuando ya era el Che.

Con Tamara Bunke participó en numerosos programas de espionaje promovidos por el gobierno cubano.

Juntos trazaron y participaron en numerosos programas de espionaje promovidos por el gobierno cubano. Tamara resultaba ideal para ello por su nacionalidad alemana y su dominio de los idiomas. En Bolivia se hizo pasar por la etnóloga Laura Gutiérrez Bauer y así pudo llegar a espiar incluso a miembros del propio gobierno boliviano. Llegó incluso a casarse con un alto cargo de Bolivia, gracias a lo que tuvo mucha más facilidad para conseguir sus objetivos.

Tania, haciendo una foto en la selva de Bolivia, poco antes de morir. Detrás de ella, Ernesto

Tania, haciendo una foto en la selva de Bolivia, poco antes de morir. Detrás de ella, Ernesto

Pero, deseosa de trabajar en acción directa, se unió finalmente a las tropas guerrilleras que el Che llevó a la selva boliviana en el año 67 para derrocar al Gobierno. Ernesto le había pedido que siguiera en labores de espionaje, y que no entrara en cuerpo de combate, pero fue ella misma la que insistió en permanecer en primera línea de batalla. Murió el 31 de agosto de aquel año durante un ataque de militares escondidos en la maleza, junto al río Masicuri. Cinco semanas después, de una forma similar, Ernesto Guevara fue abatido. Tamara fue la última mujer que acompañó a Ernesto Guevara en su recorrido final por el gran camino de la aventura y la revolución: los dos auténticos y definitivos grandes amores del Che.

 

Inés Almendros

Comentarios

  1. LaRuiz dice:

    Tania era el nombre de guerrillera de Tamara Bunke

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