Crónicas carpetovetónicas, por Florentino Areneros
La reina de España y el rey de la pifia

Esperábamos con ansiedad el análisis de nuestro cronista y filósofo Florentino Areneros sobre el asunto Trueba: “A mi molesto entender, estuvo pelín patoso, es como si te invitan a cenar, encima te hacen un regalo y tú te desmarcas con un ‘hay que joderse, que fea que es su niña, es mucho más guapa la del vecino‘. Hoy, en Gente Yold.
Muchos de los que pertenecemos a la generación Yold, (entre los que incluimos a Fernando Trueba), en especial los que superamos la cincuentena, (incluido Trueba también), nos hemos criado en un ambiente en el que la exaltación patriótica era una constante en muchos ámbitos de nuestras vidas. Desde los libros de texto a los medios de comunicación, la presencia de la patria, de la españolidad, de lo “intrínsecamente español”, era una constante. El franquismo y la patria estaban unidos indisolublemente: si eras un buen español tenías que ser franquista, y por el contrario, si no apoyabas a Franco y su régimen, entonces eras un mal español, un proscrito, alguien que no amaba su país, ni su cultura, ni sus costumbres.

Aula de una escuela en los tiempos de Franco.
Ya desde la escuela se nos enseñaba una historia gloriosa de España: Don Pelayo y la Reconquista, el descubrimiento de América, el imperio donde no se ponía el sol, los tercios de Flandes … Los españoles éramos una especie de pueblo elegido; bajitos sí, pero con muy mala leche y un gran y heroico corazón. Tampoco podía faltar la religión en esta identidad común: un buen español era católico, apostólico y romano, y la Iglesia se dejaba querer por el régimen y le hacía cariñosos arrumacos. Tanto se forzó, durante el franquismo, el empeño por ser español, que aquello se les acabó yendo de las manos. Por ejemplo, se desembocó en el tópico y se creó una imagen estereotipada, que atravesó nuestras fronteras; una imagen según la cual todos los españoles éramos toreros y las españolas tonadilleras. Y cuando nos quitábamos el traje de luces nos convertíamos en una especie de Alfredo Landa, seduciendo a bellas turistas que caían rendidas ante el irresistible hechizo de lo hispano.
“Tanto se forzó, durante el franquismo, el empeño por ser español, que aquello se les acabó yendo de las manos”.
Al final, de tanto machacar, se consiguió el efecto contrario: que la gente acabó hasta las trancas de patrias, banderas y vivas. Muerto el dictador se produjo el efecto péndulo, y si alguien hablaba de patria, banderas o decía sentirse español, podía ser mal visto, o directamente catalogado como franquista, como facha o como de derechas. Está claro que, a mucha gente esto se le ha quedado grabado y el trauma permanece hasta nuestros días. Por ello, cuando les hablan de España o de sentirse español, se marcan un San Pedro y lo niegan tres veces o las que haga falta, que a algunos les cuesta más decir España, que Pamplona con la boca llena de polvorones. Parte del complejo de autoafirmarse español es también por el miedo a que, por ello, le vayan a etiquetar a uno de no ser lo suficientemente de izquierdas, o lo suficientemente progre. Curiosamente nadie duda en reconocer sentirse madrileño o catalán, o asturiano, y por supuesto europeo, pero lo de español ya es otra cosa.

“Cara al sol con la camisa nueva…”.
“Muerto el dictador se produjo el efecto péndulo, y si alguien hablaba de patria, banderas o decía sentirse español, podía ser mal visto, o directamente catalogado como franquista, como facha o como de derechas”.
Buscando frases para el candelabro
Y ahora volvamos al presente. En septiembre del año pasado al cineasta Fernando Trueba le concedieron el Premio Nacional de Cinematografía, y en su discurso hay que reconocer que no estuvo muy acertado. Más bien y a mi molesto entender, estuvo pelín patoso. Yo no sé qué les pasa a algunos de la farándula, pero parece que hubiera una competición para ver quien dice la mayor chorrada o montar el mayor pollo mediático. Supongo que será por promocionarse, o por estar en el “candelabro”, por hacer la gracia, por pasar a la posteridad o incluso para consagrarse en lo suyo pronunciando una frase de esas que luego salen cuando buscas citas célebres. Tenemos muchos ejemplos en el mundo del cine, por ejemplo de Billy Wilder, de quien Trueba se dice rendido admirador, «Una vez me preguntaron: ¿Es importante que un director sepa escribir? Y yo respondí: No, pero sí lo es que sepa leer»; también Woody Allen: «Para ti soy ateo. Para Dios, la oposición»; o del inigualable Groucho Marx “¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”. Pues parece que a algunos sí que les preocupa la posteridad e intentan llegar a ella a golpe de discurso en la entrega de premios. Ahí tenemos cada año un ejemplo en la entrega de los Goya; algunos se ponen tan pesados y tan estupendos, que los organizadores han tenido que cortar los tiempos.

“¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?”
No sabemos si Trueba quiso pasar a la posteridad en la entrega del Premio Nacional de Cinematografía o solo intentó hacer una gracieta ingeniosa, pero desde luego, sí que dejó algunas frases que Doña Posteridad decidirá si acoge o no en su seno: «Qué pena que España ganara la Guerra de Independencia. Me hubiera gustado que ganara Francia. Nunca me he sentido español, ni cinco minutos. Siempre he estado a favor de las selecciones de los otros países, el único año que fui con la selección española fue cuando ganó el Mundial. A mí Cervantes me gusta mucho, pero no más que Shakespeare o Diderot o Balzac. Por mucho que me pueda gustar Velázquez, reconozco que me gusta igual Rembrandt. Y no digamos en la música. La que más me gusta es el jazz, que es el arte americano por excelencia».
Seamos claros, el discurso de Trueba es como si te invitan a cenar a una casa, encima te hacen un regalo y te desmarcas con un «hay que joderse que fea que es su niña, es mucho más guapa la del vecino». Hay que ser un poco prudente: aunque la niña se parezca a El Fary, no se puede ir soltando por la vida lo que uno piensa. Realmente Trueba se lo podía haber ahorrado, aunque estoy seguro que algunos habrán aplaudido su “genialidad”. Y es que es difícil de entender, pero dentro de la intelectualidad patria tenemos elementos que se entusiasman con estos desplantes toreros y aplauden a rabiar el “temerario” gesto: «fíjate, lo ha dicho en las mismas narices del ministro. ¡¡Qué pelotas tiene!!».
“Seamos claros, el discurso de Trueba es como si te invitan a cenar a una casa, encima te hacen un regalo y te desmarcas con un «hay que joderse que fea que es su niña, es mucho más guapa la del vecino”.
De la negación de la españolidad al orgullo por pagar impuestos
Pero cuando te columpias de esa manera, da igual que lo hagas delante de un ministro (al que Dionisio me libre de defender) o del porquero de Agamenón. Después de sus palabras a Trueba le empezaron a caer yoyas de todos los lados, y aunque la cosa se calmó por un tiempo, algunos siguieron esperándole. Ha sido ahora, con el estreno de su última película, cuando reiniciaron el boicot y pidieron por las redes sociales que los españoles no acudiesen a ver la película; que mejor fueran Shakespeare, Diderot, Balzac y Rembrant cogiditos del brazo mientras tarareaban “Summertime” imitando el vozarrón de Louis Amstrong.
No sabemos si ha sido a causa del boicot promovido desde las redes sociales, o a que “La reina de España” (que así se titula) es un tostón, pero el caso es que, al final, el film ha sido un fracaso en taquilla. Trueba ha tenido que plegar velas y se ha marcado una “juancarlina” (lo siento mucho, no volverá a ocurrir) por todo lo alto, y en las últimas semanas le hemos visto pronunciar numerosas fórmulas de arrepentimiento: “Pido disculpas a todos los que se hayan podido sentir ofendidos”, con el inevitable “se ha sacado de contexto”. Y para que no quedara ninguna duda ha llegado a afirmar: “Yo soy español, amo este país“. Por último, también ha recordado que paga sus impuestos en España, y que lo hace muy a gusto; un gesto inequívoco de españolidad donde los haya, porque ¿se puede ser más patriota que alguien que paga sus impuestos y encima está contento de hacerlo?
En el caso Trueba, como en otros similares que hemos vivido anteriormente, también me llama poderosamente la atención ese corporativismo procedente del mundo de la cultura y la “crema de la intelectualidad”, que decía el maestro Agustín Lara. Se hacen llamamientos a respetar la sagrada libertad de expresión de Trueba; se rasgan las vestiduras ante la campaña de críticas. Parece ser que hay que respetar lo que quiera decir Trueba -faltaría más digo yo-, pero según ellos es intolerable que algunos puedan decir lo que quieran de Trueba. Confiemos en que la “crema de la intelectualidad” nos aclare quién puede ejercer la libertad de expresión y quien no, y quién reparte los carnés de libertad de expresión; no podemos seguir más tiempo en este sinvivir.
“Confiemos en que la “crema de la intelectualidad” nos aclare quién puede ejercer la libertad de expresión y quien no, y quién reparte los carnés de libertad de expresión; no podemos seguir más tiempo en este sinvivir”.
Pelillos a la mar
Para que no quede ninguna duda, he de decir que vi en su momento “La niña de tus ojos”, primera parte de esta secuela, y me gustó mucho, recomiendo a la gente que la vea. Y que tengo intención de ver “La reina de España” (llamaré a Diderot por si me quiere acompañar). Comparto también con Trueba su opinión sobre los nacionalismos: a mí los nacionalismos, ya sea el español, el catalán, el alemán, el americano de Trump o el que sea, me dan mucho repelús, algunos directamente repugnancia. Los nacionalismos son la antesala de los totalitarismos y del fascismo, ahí tenemos la Historia para comprobarlo, (por eso me sorprenden los que se dicen nacionalistas de izquierdas). Pero no hay que mezclar los nacionalismos con las naciones ni con los pueblos, es ahí donde ha estado el segundo gran error de Trueba: en no haberlo dejado claro.

“Pero no hay que mezclar los nacionalismos con las naciones ni con los pueblos, es ahí donde ha estado el segundo gran error de Trueba: en no haberlo dejado claro”.
Esperemos que las disculpas a la “juancarlina” arreglen el tema, y que otros tomen nota para la próxima vez que les pongan un micrófono delante.
Florentino Areneros


Encuentro una contradicción en tu texto: primero dices que la película de Trueba “es un tostón” y al final manifiestas tu intención de verla. ¿Cómo puede ser que tengas opinión formada previa a la visión del film?
Estimado Mepreguntoyo perdón por la tardanza en responder pero no me había percatado que había un comentario.
Yo no digo que la película sea un tostón, lo que que digo es que la película ha tenido muy pocos espectadores, y desconozco si la causa ha sido la campaña en las redes o que la película es muy mala, es una suposición que hay que interpretarla de esa forma, o es una razón o es la otra, pero lo cierto es que la película ha sido un fracaso en taquilla.
Finalmente vi la película, y la verdad es que está a mucha distancia de “La niña de tus ojos”, carece de la frescura y vitalidad de la primera entrega, está mucho más encorsetada y el desarrollo de la trama es mucho más forzado. Pero se puede ver.
Un saludo.