Ginger, mucho más que la chica de Fred

Mundo Yold. La gran bailarina y actriz hubiera cumplido hoy 90 años

Ginger, mucho más que la chica de Fred

 

 

 

Inés Almendros
12 julio, 2021

 Número de Comentarios (0)

En el conjunto de la memoria de Hollywood, a Ginger Rogers se la recuerda, sobre todo, como la fantástica rubia que bailaba con Fred Astaire. Pero Ginger fue mucho más que eso: una de las estrellas más importantes, polivalentes, y mejor pagadas de su época; una mujer independiente, con carácter y carismática, con una vida de lo más interesante y el auténtico palmarés de una diva. Hoy, recordamos a Ginger con y sin Fred.

El 16 de julio de 1911, hace ahora 90 años, nacía Virginia Katherine McMath en la pequeña localidad de Independence, Misuri. Su madre, Lela Emogene Owens, que fue su compañera, y su mejor amiga durante toda la vida, era una mujer adelantada a su tiempo: escritora, periodista, guionista, productora de cine… alumbró a su única y preciosa hija durante su matrimonio con William Eddins McMath, del que pronto se separaría. El proceso de divorcio fue realmente duro, y durante el mismo el padre intentó secuestrar a la pequeña, que quedó un tiempo a cargo de sus abuelos maternos, Walter y Saphrona; fue durante esa época cuando Helen, una prima de Virginia, le puso el mote de “Ginga”, que daría lugar a su posterior nombre artístico.

Tras el divorcio, Lela se casó en segundas nupcias con John Logan Rogers, al que Ginger consideraría su padre auténtico y del cual tomó su apellido. La familia se trasladó a Texas, donde la madre ya trabajaba en el teatro como guionista y ayudante de producción. Detrás de las bambalinas, y acompañada de bailarines y actores, mientras esperaba a que su madre terminase de trabajar, Ginger aprendió a cantar y bailar. Tan bien lo hacía, que con tan solo 15 años, ganó un concurso de charlestón y directamente fue contratada para hacer una gira por todo el país.

Por esta época se casó por primera vez con otro bailarín, Jack Pepper, pero el matrimonio duraría tan sólo unos meses. Fue la primera de sus cinco bodas, porque la vida de Ginger estuvo llena de amores intensos, pero fugaces.

Con su madre, Lela

Estrella fulgurante
Con su madre de acompañante, secretaria y agente, una jovencísima Ginger se traslada a Nueva York, donde enseguida la contratan para protagonizar el musical de Broadway Top Speed, al que seguiría otro exitoso espectáculo: Girl Crazy,  con música firmada nada menos que por George Gershwin e Ira Gershwin. Fue en este show donde conoció y entabló amistad con Fred Astaire, por entonces ya famoso bailarín y coreógrafo, que fue contratado para ayudar en la dirección artística del baile. Su aparición en este musical la hizo célebre en Nueva York y la catapultó directamente al cine.

En Broadway in Girl Crazy, 1930

En 1930 firma un contrato con la Paramount, y se traslada -siempre con su madre- a Hollywood, donde empieza a trabajar en sus primeras películas, con pequeños papeles al principio, entre ellas, La calle 42, de Lloyd Bacon o Así es Broadwayde Sidney Lanfield. Pero su carrera da un giro rotundo cuando participó en Volando a Río, de Thornton Freeland.

Ginger y Fred revolucionaron por completo el musical cinematográfico con sus míticos bailes, en los que se combinaba la sublime elegancia de ambos, con un virtuosismo magistral.

En realidad, esta era una película para y por el lucimiento de la exótica estrella de la época Dolores del Río, pero las escenas de baile de Ginger y Fred obnubilaron al público por completo, hasta el punto de que la pareja robó el protagonismo a los actores principales. Supuso el lanzamiento al estrellato para ambos, y el principio de su época dorada.

Con estos bailes no es de extrañar que conquistaran a todo el público

Magia sobre tacones
Tras el éxito de Volando a Río, los productores de la RKO comprendieron que Ginger y Fred formaban un tándem de oro que había que explotar. Así, entre 1933 y 1939, Ginger y Fred protagonizaron otras ocho películas juntos, -ya como protagonistas absolutos-, en las que revolucionaron por completo el musical cinematográfico con sus míticos bailes en los que se combinaba la sublime elegancia de ambos, con un virtuosismo magistral: La alegre divorciada (1934), Roberta (1935), Sombrero de copa (1935), Sigamos a la flota (1936), En alas de la danza (1936), Ritmo loco (1937), Amanda (1938) y La historia de Irene Castle (1939).

La fantástica pareja asombraba al mundo en general por su plena compenetración, su técnica impresionante y complicadísima, su exquisito refinamiento y la mezcla entre humor y drama que trasmitían. Fred siempre reconoció que Ginger había sido su mejor pareja de baile, de todos los tiempos, y recordaba además como aguantaba el trabajo endiablado que tenían que preparar, sin una queja. Y bromeaba añadiendo que, además, ¡ ella llevaba tacones !

Aunque sus increíbles bailes con Fred Astaire ligaron eternamente su nombre a él, lo cierto es que, tanto durante esa época, como después, Ginger continuó su carrera en solitario, sin dejar de trabajar. De hecho, la actriz rodó más de 70 películas a lo largo de su vida, siendo solo diez las que interpretó junto al bailarín. 

La diferencia de sueldo y trato entre Astaire y ella eran tan desatinadas, que se quejó por ello numerosas veces a los productores, y hasta se puso en huelga.

En los años treinta, rodó también Vampiresas 1933, El embrujo de Manhattan, Estrella de medianoche, Damas del teatro o Ardid femenino, entre otras. Para finales de los años 30, la actriz ya era una de las más grandiosas estrellas de Hollywood. En 1939, decidió abandonar, por un tiempo, los zapatos de baile y al propio Fred y centrarse tan sólo en su carrera en solitario.

Con el guapísimo Jimmy Stewart, algo más que pareja artística

Una chica independiente
Aunque Fred y Ginger siempre fueron tan buenos amigos, como compañeros de baile, la actriz siempre se sintió discriminada por el hecho de que él cobraba más que ella. Verdaderamente, Fred además se ocupaba de las coreografías, pero las diferencias de sueldos y trato eran tan desatinadas, que provocaba una continua frustración en la rubia estrella, que se quejó por ello numerosas veces a los productores, y hasta se puso en huelga para conseguir igualar sus sueldos. Esta fue una de las razones por las cuales decidió abandonar a su querido Fred, con quien solo realizaría otra película más, diez años más tarde.

También influyó el hecho de que, con el inicio de los años cuarenta, el panorama había cambiado mucho: el inicio de la segunda guerra mundial impuso una visión más dramática y pesimista de la realidad, y las películas de baile, glamour y lujo, quedaban un poco fuera de lugar. Asesorada siempre por su madre que, no hay que olvidarlo, conocía perfectamente el negocio del show business, a mediados de los cuarenta era la actriz mejor pagada de Hollywood, y con la ayuda de Lela, también fue de las pocas intérpretes que manejaba su carrera de forma independiente y elegía trabajos y estudios.

Centrada en su carrera individual, en 1941 Ginger consiguió el Oscar por su papel en Roxie Hart, en 1942 (la historia que posteriormente daría lugar al musical Chicago). Pero su carrera en el cine continuó hasta los años sesenta, adaptándose perfectamente, tanto a dramas, como a comedias, e igualmente a papeles de mujeres de más edad, con títulos como Te volveré a ver (1944), La primera dama (1946), Latidos del corazón (1946) o Me siento rejuvenecer (1952), entre otras muchas.

Con su tercer marido, Jack Briggs

En cuanto a su vida personal, fue igual de intensa que su trayectoria profesional. Ginger -que nunca tuvo hijos- se casó en otras cuatro ocasiones, sin que ninguno de sus matrimonios llegara a durar demasiado. Tras su primera boda de juventud con Jack Pepper, también contrajo matrimonio con Lew Ayeres (entre 1934 y 1940), Jack Briggs (de 1943 a 1949), Jacques Bergerac (1953-1957) y William Marshall (1961-1969). Además mantuvo otros muchos noviazgos y romances, por ejemplo con Mervyn Leroy o James Stewart. Una de sus parejas más controvertidas fue el multimillonario Howard Hughes, quien la pidió matrimonio en varias ocasiones. Ginger acabó dejándolo, como confesaría en su autobiografía, porque el excéntrico y acaudalado empresario se obsesionó con controlarla hasta el punto de llegar a espiarla.

Republicana, conservadora, creyente, amante de la vida sana y de la naturaleza, la afición favorita de la actriz era disfrutar de su rancho de Oregon.

Lo cierto es que Ginger, mujer, inteligente, millonaria, guapa, luchadora y con carácter, era demasiado independiente, moderna y adelantada para su época. No encajaba, ni mucho menos, en el ideal tradicional de sumisa esposa que se esperaba de las mujeres por entonces. A cambio, siempre mantuvo una cercana amistad con muchos de sus compañeras como Bette Davis o Lucille Ball. Hay que decir también que muchos criticaban la influencia que su madre, Lela Rogers, mantuvo siempre sobre su hija, que consideraban como enfermiza y excesiva. El nombre de Lela Rogers provocó el único asunto feo en la historia de la actriz, al colaborar como testigo con el Comité de Actividades Antiestadounidenses, en la famosa caza de brujas, que supuso la persecución de algunos guionistas y trabajadores de Hollywood.

Republicana, conservadora, creyente, amante de la vida sana y de la naturaleza, la afición favorita de la actriz era disfrutar de su rancho de Oregon, al que marchaba siempre que sus obligaciones artísticas se lo permitían y donde, durante la guerra, recogía y enviaba leche para el ejército.

A lo largo de su vida, mantuvo sus sanas costumbres: no bebía, no fumaba, se mantenía a dieta y con deporte, y (en otro alarde de modernidad) utilizaba jabones naturales que ella misma preparaba. Conforme se fue haciendo mayor, y al tiempo que rodaba menos películas, siguió realizando muchas otras actividades: desde su regreso a los teatros de Broadway, hasta diseñar ropa para una marca de lencería, o dirigir un musical, algo que hizo en 1985, cuando ya tenía 74 años. Falleció, después de una increíble vida, plena y llena de éxitos, en 1995, a los 83 años, en su casa de Rancho Mirage, de California, y fue enterrada con su inseparable madre, a la que quedó unida por siempre. También sigue unida para siempre a su mítico compañero de baile, pues sus imágenes danzando juntos siguen entusiasmando a las nuevas generaciones que pueden verlas por la red.

En 1986, Federico Fellini estrenó Ginger y Fred, en la que los grandísimos actores Giulietta Masina y Marcello Mastroianni interpretaban a dos bailarines en la madurez, en un homenaje explícito y sincero a esta pareja inolvidable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies