La noche en la que estrellas negras iluminaron el mundo

 

 

 

Angel Domingo
8 febrero, 2021

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Hoy nuestro crítico, Ángel Domingo, nos habla de Una noche en Miami, cuya directora, Regina King, puede ser una de las que dé una sorpresa en los próximos Oscar. No nos la podemos perder (la película se puede visionar en plataformas digitales).

Puede que Regina King haga historia y se convierta en la primera mujer de raza negra (y la sexta en general) en optar al Oscar a la mejor dirección. No deberíamos esperar a que se haga historia para acercarse a One Night in Miami, una de las películas más estimulantes del último año por sí misma. Gracias a esta brillante adaptación de la obra de teatro de  Kemp Powers, la distribuidora Amazon ha firmado una poderosa película destinada a brillar durante la temporada de premios. Una noche en Miami, ópera prima de Regina King (Los Ángeles, EEUU, 1971), está entre las producciones con más opciones para los Oscar 2021.

Conviene poner atención a las óperas primas en la dirección, y diferenciar cuándo se trata de una estrella de Hollywood, como es el caso de Clint Eastwood o Mel Gibson que tomaron la decisión de dar el salto a la silla de director con algo así como: “yo soy capaz de hacerlo tan bien como en mi trabajo de actor o actriz” y pusieron el listón  muy alto. Esto, cuando se trata de alguien con reconocido prestigio. Sin embargo, cuando se trata de la ópera prima de un desconocido para el mundo del cine, pocos productores apuestan. Y el novato o novata debe ingeniárselas para llevar a buen puerto su proyecto; si éste tiene éxito, las productoras y distribuidoras, acuden como moscas a la miel.

En el caso que hoy nos ocupa, su directora, sin ser una estrella a nivel de los actores citados, tampoco es una desconocida para el mundo del celuloide: sin ir más lejos, es la indiscutible reina de los Globos de Oro, que ha ganado cuatro veces gracias a la memorable American Crime, y las miniseries Seven seconds y Watchmen. Obtuvo un Oscar en 2018 como mejor actriz de reparto por If Beale Street Could Talk (Barry Jenkins), titulada en España El blues de Beale Street y en Hispanoamérica Si la colonia hablara. Durante años ha estado buscando un guion adecuado, hasta que llegó a sus manos un manuscrito del dramaturgo Kemp Powers escrito en 2013.

Desde su inicio, Una noche en Miami avisa al espectador que lo que verá rememora un suceso real: la memorable noche de febrero de 1964 en la que un joven boxeador llamado Cassius Klay, antes de convertirse en Muhammad Ali, consiguió ser campeón del mundo por sorpresa, ante un muy favorito Sonny Liston. ¿Qué hubiera pasado si esa noche hubieran estado en Florida para celebrar su victoria con él, otros famosos afroamericanos de la época, como el activista Malcolm X, el deportista Jim Brown y el cantante Sam Cooke? Powers y King responden a esta pregunta y plantean una inspirada y vibrante reflexión sobre la experiencia del hombre negro en los convulsos años 60, la época más importante en la lucha por los derechos civiles desde el fin de la esclavitud en Estados Unidos.

A lo largo de una noche, que podría cambiar la fachada de la revolución negra en América, los viejos amigos discuten, celebran y debaten sobre cuál es su lugar en el mundo y cuál debería ser su compromiso como estrellas conocidas y reconocidas por la sociedad, en el movimiento antirracista. Antes de que suene la campana que detona el encuentro de los personajes, una poderosa escena con Jim Brown (Aldis Hodge, visto en El hombre invisible y fantástico en Clemency) deja claro uno de los temas de la película: puedes tener éxito y ser famoso, pero en la América de los 60 un negro nunca dejará de ser tratado como un ciudadano de segunda. Clay (Eli Goree) lo comprueba en sus carnes después de su triunfo. Puede que sea el campeón del mundo, pero las leyes de Jim Crow en Florida le impiden salir a la calle a celebrarlo con sus amigos. Una noche de fiesta hotel se convierte en la única vía de escape posible.

Hoy, es frecuente leer reproches a los famosos cuando éstos utilizan su imagen pública para defender sus creencias. También hemos vivido momentos bochornosos cuando las estrellas han usado sus redes sociales para lamentarse de su aislamiento en la cuarentena desde sus gigantescas mansiones. Sin embargo, en 1965, ese debate es muy distinto entre los más privilegiados miembros de la comunidad afroamericana. ¿Triunfar en un mundo de blancos es suficiente para vencer al sistema? ¿Están obligados a sacrificarse y usar su nombre por el bien del colectivo?

King es consciente de los límites del material original y, de forma más hábil y orgánica de la que vimos recientemente en otra adaptación de las tablas como La madre del blues, intenta que la teatralidad de la propuesta no asfixie la película. Gracias a una dirección elegante, un hábil juego de espejos y un inteligente uso del espacio en la suite del hotel que concentra los momentos clave de la película, la directora rebaja la textualidad de la película.

Donde más se luce, sin embargo, es en la dirección de un impecable reparto en el que el único rostro conocido es el carismático Leslie Odom Jr., la gran revelación de Hamilton, que aquí vuelve a deleitarnos con su voz y versiones de Sam Cooke. Otro acierto es Kingsley Ben-Adir, un desconocido secundario visto en Riverdale, que aquí sería capaz de echar un pulso a la icónica interpretación de Denzel Washington en el conocido biopic de Spike Lee firmado en 2002. Su nervio e intensidad son la mejor herramienta de King para transmitir esa sensación de urgencia que desprende la película. Por separado, los actores brillan. Juntos, en cualquiera de las combinaciones, son dinamita.

Lamentablemente, pero necesario para que el significado de la película se acentúe, la última escena es un texto que nos recuerda el 21 de febrero de 1965, cuando Malcolm X fue asesinado en el Audubon Ballroom de Manhattan por Thomas Hagan, miembro de la Nación del Islam, y dos hombres más, durante un discurso en una reunión de la Organización de la Unidad Afroamericana.

Ángel Domingo Pérez

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