Psico Yold. Reflexiones en torno a la soledad y la calidad de las relaciones humanas

Lo malo no es estar solo, sino sentirse solo

Inés Almendros
30 octubre, 2018

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Había una vez una mujer que estaba siempre acompañada por su familia, sus compañeros de trabajo, sus vecinos. Pero ella se sentía sola. Y poco a poco fue descubriendo una de las más terribles sensaciones: que se puede sentir una terrible soledad, aun estando acompañado por una multitud.

La soledad: ese fantasma que aterroriza a buena parte de seres humanos. Y al que, muchas veces, únicamente cuando vamos haciéndonos mayores, empezamos a dejar de temer y, al contrario, comenzamos a amar. Y es que vivir acompañados, compartir los momentos es una necesidad social del ser humano, que normalmente es más importante en la etapa de la juventud, cuando tenemos ansias de divertirnos, de comernos el mundo a bocados. Por ello, desde niños, todos buscamos personas afines a nosotros, amigos, compañeros, amores…

Lo cierto es que la sociedad aún tolera mal a los solitarios vocacionales: de alguna forma, está escrito en el código social que hay que establecerse en pareja, y vivir acompañados para ser felices. Que no se puede disfrutar completamente de una peli si vas al cine solo; que no tiene sentido ir a la playa si no vas acompañado; que viajar es mucho más divertido si lo haces con tu gente; que si te gusta vivir solo y no tienes una familia, es que eres un tipo raro.

Vivir acompañados es una necesidad social del ser humano; por eso, desde pequeños buscamos amigos, pareja y nos establecemos normalmente en familia.

Y si eres mujer, además, te tildarán de solterona sin remedio. Viajar en soledad está incluso penalizado porque una habitación individual en cualquier hotel sigue siendo más cara que un dormitorio en pareja.

Porque el ser humano es eminentemente social y porque la sociedad promociona estar en compañía, la mayoría de nosotros, desde la juventud, nos establecemos en pareja y creamos una familia, para así sentirnos siempre acompañados, y por tanto, felices. Pero con el tiempo y la experiencia, muchas personas descubren que este planteamiento no siempre es el acertado.

Estar en pareja no siempre es una garantía para sentirse acompañado. La peor soledad es la que uno sufre cuando se siente solo, a pesar de estar rodeado por otras personas; incluso por tu pareja, incluso por tu familia.

 

Que estar en pareja no siempre es una garantía para sentirse acompañado. Que la presencia alrededor de otras personas no siempre evita el sentimiento de soledad. Y si sienten estos, seguramente descubrirán que la soledad es la que uno sufre cuando se siente solo, a pesar de estar rodeado por otras personas; incluso por tu pareja, incluso por tu familia.

 

¿Por qué sucede esto? ¿Por qué podemos sentirnos tan solos aun viviendo en familia? La razón es muy simple: no es el hecho de estar rodeado de personas lo que garantiza sentirnos escuchados y queridos. Es que el cariño y la comunicación que intercambiamos sea fluidos, bilaterales y realmente nos aporten buenas sensaciones. Es poder establecer una complicidad real y benéfica para nuestro espíritu; sentir un intercambio auténtico de emociones, risas, información, penas… Percibir, en suma, una empatía mutua y tonificante por parte de las personas que nos rodean.

Cuando la mala hierba de la incomunicación y la apatía penetran en un hogar, el cariño familiar puede acabar seco y yermo.

Sentir que somos importantes para ellos. En otras palabras: es la calidad de la relación lo que importa, y no la cantidad de gente con la que nos relacionamos, ni la cantidad de tiempo que pasamos con ellos. Porque el cariño no necesita ser permanente y presencial; necesita, ante todo todo, ser auténtico.

Un ejemplo de la horrible sensación de estar solo cuando se vive acompañado lo podemos ver en la fantástica película American Beauty, donde un cuarentón -magistralmente interpretado por el hoy muy denostado Kevin Spacey-, pese a tener una supuesta familia perfecta, se siente solo y vacío, y se ve abocado a una surrealista y muy intensa crisis existencial).

La soledad no querida es como una mala hierba
Suele suceder en las parejas que el día a día, el desgaste de la convivencia y la cotidianeidad convierten a quienes fueron los mejores amantes y amigos en auténticos extraños y desconocidos. La crisis de pareja hace que se instale un sentimiento de soledad individual entre dos personas que antaño se entendían y se llenaban la una a la otra. Entonces, cada uno de los cónyuges tiende a tomar caminos diferentes, unas veces hacia la intromisión; otras, hacia la búsqueda de otras personas.

Aunque vivas solo, si a tu alrededor tienes gente con la que estas conectado, no te sentirás solo.

Si la crisis de pareja se vive en familia, la soledad mutua, la incomunicación y la desidia pueden contagiarse a todos. Cuando la mala hierba de la incomunicación y la apatía penetran en un hogar, el cariño familiar puede acabar seco y yermo, y todas las personas de la familia se verán afectadas por ese mal. Por eso es tan importante cultivar constantemente el cariño y la comunicación en la pareja y en la familia, mantener el dinamismo emocional, realizar actividades en común, divertirse, viajar, compartir…. para fomentar la complicidad y la comunicación entre aquellas personas a las que amamos, para no convertirnos en extraños y aislarnos respecto a nuestra pareja y nuestros hijos.

Pero también puede suceder que nuestra necesidad de llenar vacíos individuales sea tan amplia, que la solución pasa por buscar un cambio de estado. Tal vez debemos plantearnos la separación de la pareja, la reestructuración de la familia. Algo que en la mayor parte de los casos será traumático y difícil porque inevitablemente todas las separaciones provocan un gran dolor en la pareja y en una familia. Sin embargo, hay que ser realista, enfocar con valentía la situación, y hacer comprender a nosotros mismos y a los demás, que el cambio puede ser la mejor solución para la felicidad de todos. Porque si te encuentras solo, si estas triste, si no te sientes bien, tampoco puedes trasmitir la felicidad a quienes te rodean. La vida sigue, y dar estos pasos requiere valentía, pero suele estar compensado.

Cuando llegamos a la fase yold de nuestra vida, hallamos un auténtico tesoro en la soledad, sea para momentos puntuales, sea como forma de vida.

El arte de disfrutar de la soledad
Finalmente, somos muchos los que cuando llegamos a la fase yold de nuestra vida, hallamos un auténtico tesoro en la soledad; sean momentos concretos, o sea como forma de vida permanente. Entonces también descubrimos que estar solo no es lo mismo que sentirse solo. Que puedes vivir gran parte de tus momentos en soledad, pero, si a tu alrededor tienes gente con la que estás conectado, con quienes realmente hay cariño y complicidad, no te sentirás solo. Personas que no viven permanentemente a tu lado, pero que siempre están ahí, presentes vivos, continuamente en tu corazón.

 

Gente con las que compartes momentos concretos y elegidos; no continuados, pero ricos en empatía mutua, comunicación, cariño y afecto real. Que no necesitan compartir cada noche el sofá, para que sientas su amor y su cariño permanentes. Es un sentimiento que, por ejemplo, se tiene con los hijos cuando se van de casa. Es el sentimiento que te hacen sentir aquellos amigos permanentes y eternos, que siempre han estado y están allí.

Es el sentimiento de algunas parejas yold que han decidido mantener su relación, pero vivir en distintas casas. Es un sentimiento que te hace saborear, como nunca lo habías hecho antes, tus momentos propios, tu soledad, pero sin que te sientas solo; al contrario: te sientes más acompañado que nunca.

Y es que por fin te has dado cuenta de que lo malo no es estar solo, sino sentirse solo.

 

 

 

 

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