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OSFRAGO, NAUDA, SORO

Un cuento de Naúfrago

Firma Invitada
24 septiembre, 2016

Me huele la boca a ataúd. Creo que voy a morir de hambre. Calambres en el vientre vacío, mandíbulas ociosas que sólo mastican el aire salado. Mi piel es una costra dura, calcinada por el sol que desde hace veintitrés días me persigue. Un océano interminable me rodea. Estoy solo aunque, de vez en cuando, recibo la visita de un cormorán de anteojos. Su graznido chillón apenas merma la sonoridad de las olas batiendo este islote miserable. Tengo arena entre los dedos y en la carne caminos de sal dibujan dolorosas grietas: el mapa de mi desesperanza, de mi condena en este paraíso exangüe. Los oídos me zumban, mientras todo parece estar a punto de romperse.

Great cormorant, Phalacrocorax carbo, sitting on snag, close-up portrait with defocused background, selective focus, shallow DOF

Al zarpar de Mar del Plata, un oscuro presentimiento ensombreció los primeros días de travesía. Cuando naufragó el bergantín que me llevaba a Samoa, el Banfield, pude mantenerme a flote sobre la inmensa cama del capitán Burton hasta que divisé en el horizonte la sombra dorada de esta isla. En mi tercera jornada aquí, encontré embarrancados en la arena dos barriles llenos de agua, algo maltrechos pero a salvo. A la semana siguiente quedó varado uno de galletas de jengibre, muy dulces, y un madero tapizado de algas rojizas, muy saladas, que procedí a comer con ansia hasta quedar saciado. La misma corriente que me ayudó a desembarcar en este encierro a mar abierto depositó estos miserables presentes en la orilla sur como una deuda burlona y mezquina para prolongar mi agonía. Nada más escupió el océano; su boca se limita ya a morder la arena con voracidad.

Desde que llegué a ella, casi cada día, el cormorán reaparece y me acompaña a su modo salvaje, impasible. Sobrevuela los escasos metros de arena seca y grazna como si le asustase la presencia absurda de un hombre solo en mitad del océano. Intento acercamientos, ensayo tímidas aproximaciones cuando se posa, me quedo quieto para no asustarle y creo que hasta le sonrío con cariño, pero en sólo unos instantes levanta el vuelo y se aleja. Cuando esto ocurre, la frustración que siento se añade a mi terrible soledad: siento la necesidad de mirarme en las pupilas de otro ser vivo, saber que llegan a otros oídos las palabras que pronuncio. Por eso, y a pesar de que el cormorán es mi única compañía, no puedo evitar mirarlo con rencor si parece no escucharme, si se muestra esquivo y me niega sus ojos color azafrán, si mantiene una expresión ausente, de gárgola. Entonces murmuro, hablo, chillo. Intento acallar el desquiciante embate del mar con mis gritos desesperados mientras el hambre me apuñala las tripas. Imagino tibiezas de carne deliciosa y siento la boca llena de pechugas tiernas y jugosas que mastico y trago durante horas. Son ya muchas jornadas sin alimento alguno.

Me descubro oteando el horizonte, más por verle que por divisar una embarcación que me salve. Otras veces el cormorán me reta, planea, traza enloquecedores círculos y aminora la velocidad de su vuelo. Me mira desde el cielo con la insolencia de su autonomía indomable, la de sus alas negras y pienso que, tal vez, se está acostumbrando a mi presencia. Algún anochecer me ha parecido escuchar un lejano retumbar de tambores; su rumor distante procede del este, la tierra de donde –conjeturo- proviene el cormorán. La brisa de esas noches desprende un olor a grasa caliente, derretida, que aspiro con la boca abierta. Su aroma me besa deliciosamente y paso la noche en un inquieto duermevela.

cielo dorado por el amanecer
Exhausto, me levanto y recorro los cincuenta y tres pasos de largo y treinta y ocho de ancho que tiene esta isla arenosa. A mediodía, la nada deslumbrante que me rodea brilla como recién barnizada; el cielo es una bóveda amarilla que se refleja en la arena. Sobre ella, con dedos resecos, escribo insultos y blasfemias, peticiones sin sentido: NÁUFRAGO, SOCORRO, AYUDA, que las lenguas blancas de las olas se apresuran en lamer y devolverme palabras sin sentido: OSFRAGO, NAUDA, SORO.

Casi cada tarde, la generosa lluvia tropical me salva de morir de sed. Compasivas nubes negras apagan el sol y espléndidos goterones resbalan por mi piel de lagarto. Pero cuando calmo la sed, es la soledad la que vuelve a hacer mella en mí y mi corazón clama por la compañía raquítica del cormorán de ojos amarillos.

Rain

Hace dos días, extendió las alas en el aire a modo de saludo y se posó en la arena. Avanzó despacio y, al subirse a una roca, se interpuso entre el sol y mi rostro anhelante por contemplar otro ser vivo; la fresca sombra que me procuró por unos instantes fue un regalo efímero; luego alzó el vuelo y me dejó solo otra vez, a la intemperie. Entonces, mis oídos casi estallaron de añoranza, sus graznidos chillones habían conseguido anular el estruendo incansable del mar y fui de nuevo el único habitante de este paisaje perdido.

Pero hoy siento que hago progresos. Desde esta mañana, el cormorán sobrevuela el islote y, de vez en cuando, consiente en descender en tranquilo vuelo y posarse no lejos de mí. Gasto mis escasas reservas en pronunciar palabras dulces, cariñosas. Intento entablar comunicación con él. En este momento me parece un ave cordial, tierna. Me aproximo tímidamente. Le hablo despacio, suave, hasta que casi adivino una sonrisa en su pico.

Side face portrait of a double-crested cormorant (Phalacrocorax auritus)

Pero, al acercarme más, hay un leve batir de alas, desconfianza en sus movimientos, el graznido despreocupado se transforma en un canto lastimero. Su pico se abre grande. La lengua carnosa, la garganta limpia y rosada me humedecen la boca de saliva que trago con goloso paladeo, arrinconando al fondo del estómago el rancio sabor a ataúd. Durante un instante me veo en sus pupilas asustadas, agazapado, con la tensión del depredador.

Y entonces me decido, la determinación de cazador mata la angustia de la soledad, y en un instante sólo siento la garra del hambre estrangulándome. Ya no soy el náufrago solitario que escribe en la arena mensajes sin voz… ahora soy un hombre hambriento.

Firma:

Naúfrago

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