Mundo Yold. En la semana que se celebra el Día Mundial del Teatro repasamos la historia de la gran actriz

Sarah Bernhardt, la actriz que revolucionó el mundo de la interpretación

Carmen Matas
25 marzo, 2019

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Esta semana se celebra el Día Mundial del Teatro y en Gente Yold no hemos encontrado mejor forma de conmemorarlo que repasando la historia de una de las mayores intérpretes de teatro de la historia: la francesa Sarah Bernhardt.

El escritor estadounidense Mark Twain aseguraba que hay cinco clases de actrices: las malas, las regulares, las buenas, las grandes y Sarah Bernhardt.

Cuando, en 1874, se anunció en la Comédie Française que una nueva actriz representaría Fedra, la pieza maestra del dramaturgo francés Jean Racine publicada en 1677, nadie podía imaginar la excepcional acogida, tanto de público como de crítica, que tuvo la nueva intérprete trágica. Aquella actriz era Henriette Rosine Bernhar, más conocida por Sarah Bernhardt, y su triunfo fue completo.

En 1891, caracterizada como Cleopatra

La actriz francesa, que en ese momento tenía 30 años, llevaba ya un camino de varios años en el mundo de la interpretación, pero Fedra fue su trampolín al estrellato. Rápidamente, se convirtió en todo un mito por su forma de cautivar al espectador con su gran talento, su maestría para captar la psicología de los personajes y su excepcional fuerza y sentimiento. Bernhardt marcó sin duda un antes y un después en lo que estaba concebido como teatro a finales del siglo XIX. Ella, con su personalidad arrolladora y su talento, transformó la interpretación. Empezó a ser conocida como ‘La divina Sarah’.

Varias escenas de una pieza desconocida

Hay cinco clases de actrices: las malas, las regulares, las buenas, las grandes y Sarah Bernhardt.

El estilo de actuación de Bernhardt se basaba en la naturalidad, huyendo de cualquier tipo de artificio y sobreactuación. Especialmente, destacaba por sus escenas de muerte, en las que en vez de “ofrecer toda una retahíla de patologías”, según sus propias palabras, como toses o gemidos, profundizaba en el acto de morir desde el punto de vista psicológico y sentimental. Pero el talento de Bernhardt también residía en tener la valentía de asumir riesgos dramáticos que la mayoría de las actrices de su época nunca se atrevieron a tomar.

En una escena de Hamlet

Uno de los más notables fue la interpretación de uno de los personajes masculinos más importantes de la historia de la literatura: Hamlet. Lo hizo en 1899, cuando tenía 55 años, en una adaptación francesa de la obra de Shakespeare. Además, se arriesgó a representar el papel en Londres y en el Shakespeare Memorial Theatre en Stratford. Y no fue la única vez, ya que repetiría representando personajes masculinos en otras ocasiones.

Con mantilla, en otro retrato de Nadar

A pesar de su rica carrera como actriz se concentró básicamente en el teatro -interpretó la friolera de casi 70 piezas entre 1862 y 1913-, Sarah también fue una de las primeras actrices cinematográficas, interpretando una decena de películas, entre 1908 y 1923. Asimismo, combinó su profesión de actriz con la escultura, pintura y literatura y fue la primera empresaria del mundo del espectáculo, encargándose de tramitar y dirigir varias producciones de diferentes teatros de París.

Bernhardt, con su personalidad arrolladora y su talento, transformó la interpretación.

Los comienzos
Nacida en París en 1844, hija de una prostituta de lujo que tuvo varias hijas de padres desconocidos, la infancia de Bernhardt transcurrió principalmente en el convento de Grands Champ, motivo por el cual su sentimiento religioso estuvo siempre muy presente en su vida. Tal y como ella misma aseguró en sus memorias, a las que dio el nombre de Mi doble vida, “dotada de una imaginación vivísima y de una extremada sensibilidad, la leyenda cristiana cautivó mi corazón y mi espíritu. El hijo de Dios fue mi culto y la Virgen de los Dolores mi ideal”. Fue en ese convento donde comenzó a sumergirse en el mundo de la interpretación, participando en obras de la institución.

Una de las muchas y maravillosas fotografías que le hizo el célebre Nadar

Cuando Sarah cumplió los 15 años, su madre, Julie Bernhardt, trató de que la joven siguiera sus pasos como cortesana, a lo que ella se negó en redondo. Uno de los asiduos al salón de Julie, un medio hermano de Napoleón III conocido como el duque de Morny, ayudó a la actriz para que pudiera acceder al Conservatorio de Música e Interpretación, donde acabó ingresando en 1859. Se sabe que fue también este duque el que movió los contactos necesarios para que Sarah entrara en la prestigiosa Comédie Française, que la elevó al estrellato.

En escena, como la emperatriz Teodora

Aunque pueda sonar paradójico, la actriz sufrió durante toda su carrera de un terrible miedo escénico.

Su debut profesional tuvo lugar el 1 de septiembre de 1862 con Ifigenia, también de Racine, en el Teatro Francés de París donde experimentó, aunque pueda sonar paradójico, ese miedo escénico del que no llegó a desprenderse en toda su carrera. “Descendí temblando, titubeante, me castañeaban los dientes…”, relataba en sus memorias. Un miedo escénico que, efectivamente, le provocaría ciertos altibajos en su carrera profesional, pero que en ningún momento impidió que su popularidad creciera, traspasando rápidamente las fronteras francesas y abriéndose a todo el mundo. En países como Estados Unidos, Egipto o Inglaterra, la actriz tenía grandes séquitos de seguidores.

Retrato de Louise Abbéma

Toda una musa
En 1870 tuvo que hacer un paréntesis en su carrera con el estallido de la guerra franco-prusiana. Los teatros se convirtieron en hospitales improvisados y, en concreto, el Teatro Odeón, propiedad de Bernhardt y testigo de sus grandes éxitos, se convirtió en un hospital de heridos y enfermos donde Sarah colaboró como enfermera, ofreciendo cuidados, consuelo y entretenimiento a los soldados heridos.

Tras la derrota francesa y la caída de Napoleón III, regresaron a Francia muchos intelectuales que debieron exiliarse por razones políticas. Uno de ellos era Víctor Hugo, que quedó totalmente prendado del talento de Sarah, convirtiéndola en musa y actriz protagonista de sus obras. Con Ruy Blas, la actriz volvió a lo más alto del teatro, ingresando de nuevo a la Comédie Française como una estrella.

En Ruy Blas, de Víctor Hugo

No solo fue musa de Víctor Hugo. Sigmund Freud, el gran padre del psicoanálisis, tenía una inmensa foto de Sarah Bernhardt en la entrada de su consultorio para animar a los pacientes que acudían a verle. Otro gran admirador fue Oscar Wilde, que dedicó a la actriz su obra Salomé.

En su apartamento parisino, Bernhardt tenía un ataúd en el que se introducía para aprenderse sus papeles.

En otra imagen tomada por Nadar

Su belleza, combinada con una personalidad que a pocos dejaba indiferente, convirtieron a Sarah en un objeto de deseo, que seducía por igual a hombres y mujeres. Ella misma declaró haber sido una de las más grandes amantes del siglo XIX, ya que tuvo innumerables admiradores, amigos y favoritos. Entre ellos se cuentan los artistas Gustave Doré y Alphonse Mucha; los escritores Víctor Hugo y Oscar Wilde; y el oficial de caballería griego Jacques Damala, con quien se casó en 1883. Fue la única vez que la intérprete contrajo matrimonio, que terminó siendo bastante turbulento, con numerosas infidelidades por ambas partes.

Algunos años antes, en 1864, tuvo una apasionada relación con Charles-Joseph Lamoral, príncipe de Ligne, quien la abandonó al enterarse de que la actriz se había quedado embarazada.

La actriz en un cartel de Mucha para Hamlet

Otro gran amor fue Louise Abbéma, pintora y retratista oficial de la artista. Vivieron y viajaron juntas 48 años, desde que se conocieron en 1875. Cerca de los 70 años conoció a un tal Lou Tellegen, apuesto actor y director teatral grecoholandés, que la enamoró. Sarah le consentía y agasajaba hasta que, antes de partir a su tercera y última gran gira por Estados Unidos, decidió dejarle en tierra firme.

Funeral de Sarah Bernhardt – París 1923

Excéntrica
A parte de por su desbordante talento, la intérprete era asimismo muy conocida por sus extravagancias, que ella mismo confesó en sus memorias. Un ejemplo es que disponía de prácticamente un zoológico particular, que le acompañaba incluso en sus viajes, compuesto de perros, gatos, loros, tortugas, monos, leopardos, lagartos… ¡incluso leones y cocodrilos!

Su talento y sus excentricidades hacen de Sarah toda una personalidad original

No obstante, su manía más extraña fue la contada por ella misma en su autobiografía. En su apartamento parisino de la rue de Rome, Bernhardt tenía un ataúd en el que se introducía para aprenderse sus papeles. Incluso, en el libro, la propia actriz aseguraba que, cuando su hermana la visitaba en el apartamento, le parecía de lo más natural “dormir cada noche en esa pequeña cama de raso blanco que debía ser mi último catre”.

Una imagen melancólica de la gran actriz

La actriz siempre mostró sin tapujos su animadversión por los periodistas, a los que definía de sanguijuelas y víboras. Incluso en su lecho de muerte, en brazos de su hijo Maurice y a punto de apagársele la vida, encontró la fuerza suficiente para preguntar si había periodistas frente a su puerta. Cuando le dijeron que así era, ella pronunció las que serían sus últimas palabras:durante toda mi vida los reporteros me atormentaron sin descanso. Ahora puedo atormentarlos yo un poco, haciéndoles esperar mi muerte.”

A pesar de que tuvieron que amputarle una pierna a causa de un accidente sufrido con nueve años que le afectó a la rodilla -saltó desde una ventana para no ver a sus tías que venían de visita-, Sarah nunca dejó las tablas hasta su muerte en 1923. Más de cien mil personas acudieron a su funeral para despedirse de la que ha sido recordada como la actriz que supo renovar y ennoblecer el arte dramático.

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