Crónicas carpetovetónicas, por Florentino Areneros
Una de himnos

El silencio se apodera de los presentes cuando la Roja gana una copa. Los aficionados españoles miran con envidia a alemanes, ingleses, italianos y franceses que pueden cantar a coro al inicio de los partidos. La razón es simple: nuestro himno no tiene letra. En las últimas semanas han surgido algunas iniciativas para paliar esta carencia nacional. Florentino Areneros analiza la situación y ofrece algunas sugerencias.
Estamos acostumbrados a ver a nuestros deportistas mirando para otro lado cuando se interpreta nuestro himno. Con los partidos de la Roja pasa igual, el silencio se apodera de los estadios, los aficionados españoles miran con envidia a alemanes, ingleses, italianos y franceses que cantan a coro al inicio de los partidos. La razón es simple: nuestro himno no tiene letra, y lo que es peor, musicalmente tampoco destaca, baste decir que se puede interpretar a golpe de bombo. Pero no solamente el himno de España deja mucho que desear, los de las autonomías no le van a la zaga.
El año pasado hemos disfrutado de dos grandes acontecimientos deportivos: por un lado las Olimpiadas de Río de Janeiro, y por otro la Supercopa de Europa de fútbol, disputada en Francia. Y en ambos eventos hemos asistido a la protocolaria interpretación de los himnos nacionales. Y hay que reconocerlo: por muy buenos que sean nuestros deportistas, con el himno que tenemos perdemos por goleada.
Como el tema preocupa a mucha gente, cada cierto tiempo surge alguna iniciativa para adoptar un himno u otro, y por ejemplo, el periódico El Mundo Financiero acaba de promover la recuperación de la letra de Sinesio Delgado para el “Himno a la Bandera”, que fue premiado con motivo del casamiento del Rey Alfonso XIII en 1906.

Víctor Lago
También el músico madrileño Víctor Lago Pérez ha presentado una nueva letra para la Marcha Real a través de una iniciativa apoyada por miles de ciudadanos y que fue enviada al Congreso de los Diputados, donde tendría que pasar una serie de trámites pertinentes para su aprobación final. Y es que, el problema de la carencia de letra para el himno es un problema histórico nacional al que queremos ofrecer nuestra aportación.
Los jóvenes que ya tenemos una edad, los yoldies, no hemos vivido en nuestra juventud el torrente de éxitos deportivos que han vivido nuestros hijos. Quitando alguna alegría que de vez en cuando nos daban los equipos de fútbol, en el resto no nos comíamos un colín, sobre todo a nivel de selecciones. Bien es cierto que había honrosas excepciones y casi siempre se trataba de deportistas prácticamente autodidactas, personas hechas a sí mismas, a base de mucho esfuerzo y sacrificio. En líneas generales el deporte en España no estaba muy bien visto, la máxima carpetovetónica de “correr es de cobardes” causaba furor entre nuestros jóvenes.
“La máxima carpetovetónica de `correr es de cobardes´ causaba furor entre nuestros jóvenes”.
Recuerdo con emoción al incansable Mariano Haro, ese hombre chiquitín, pero recio y fibroso a la vez, de facciones agrarias, peleando en barrizales de las carreras internacionales de campo a través, aquel hombre era un titán. Y qué me dicen de Ángel Nieto, otro fenómeno, chiquitín como Mariano Haro, un tipo de barrio, de Vallecas. Daba miedo verle correr en esas pequeñas motos pasando rozando los quitamiedos, o por curvas protegidas con balas de paja, con algo similar a una chichonera por casco, nada que ver con los circuitos y equipaciones de los motoristas actuales.

Mariano Haro y Paquito Fernández Ochoa, los campeones de nuestra niñez
También estaba Luis Ocaña, con sus duelos apoteósicos con Eddie Merck en el Tour que había que seguir por la radio o esperar al resumen del telediario de las nueve para verlo; las retransmisiones en directo son una modernidad, aunque son ideales para dormir una buena siesta. Sin olvidar a otro de los grandes como Manolo Santana, el deportista mítico que empezó como recogepelotas mientras su padre cumplía condena por republicano y llegó a ganar Wimbledon y la Copa Davies. Podríamos citar alguno más, pero con estos ejemplos ya se harán ustedes una idea de cómo era el deporte español de aquellos años de nuestra juventud, con deportistas de formación autárquica, casi todos bajitos, de origen humilde o muy humilde, pero todos ellos con mucho orgullo y mucha mala leche, lo que los locutores de voz nasal y atiplada de aquella época denominaban “la furia española”, marca inequívoca de nuestra naturaleza carpetovetónica.
“Ya se harán ustedes una idea de cómo era el deporte español de aquellos años de nuestra juventud, con deportistas de formación autárquica, casi todos bajitos, de origen humilde o muy humilde, pero todos ellos con mucho orgullo y mucha mala leche”.
Con las Olimpiadas igual: no recuerdo ninguna medalla de oro española hasta las del 92 (si no contamos la del gran Paquito Fernández Ochoa); hasta entonces nos teníamos que conformar con ver a los deportistas de otros países con expresión seria y mirada perdida, moviendo los labios mientras por megafonía sonaba el himno de su país. En aquella época los que cortaban casi siempre el bacalo eran los deportistas de Estados Unidos y los de la Unión Soviética, con la honrosa excepción de las atletas de la RDA, que aunque en los cartelitos ponía que se llamaban Heidi o María, bien se podían haber llamado Gregorio o Ambrosio.
Grandes intentos sin éxito
A mi modesto entender, nuestro himno no puede competir con el de otros países de nuestro entorno. Bien es cierto que para gustos se hicieron los colores, pero a mí la verdad es que no me llena, no me llega; musicalmente hablando por supuesto: no hace falta una orquesta para interpretarlo, Manolo el del Bombo se puede encargar él solito. Es muy “chunda-chunda”, le falta esa profundidad para ser coreado en un estadio. Además, para ser coreado necesitaría tener letra, y el himno español no tiene letra, y no me pregunten porqué, aunque también hay que decir que para las tonterías que se suelen decir en las letras de los himnos, lo mismo era mejor que no tuviera letra ninguno. Pero ya que la tienen los de ellos, ¿por qué no nosotros?, ¿vamos a ser menos los españoles?, ¿vamos a dejar que nuestros deportistas se sigan sintiendo huérfanos melódicos?

Manolo el del Bombo podría ser uno de los ejecutores del nuevo himno
Entre los niños de nuestra época, entre los Yoldies, se hizo popular una estrofilla que se tatareaba con la música del himno: “Franco, Franco/ que tiene el culo blanco/ porque su mujer/ lo lava con Ariel…”, cosas de niños, pero que de alguna manera en su inocencia venían a llenar un tremendo e imperdonable vacío histórico. Además de las infantiles, se han hecho más intentos de poner letra al himno, quizá la más conocida la de José María Pemán, que tampoco era la alegría de la huerta el hombre, pero ninguna intentona ha cuajado. El himno cambiaría durante la II República, cuando se sustituiría por el Himno de Riego. Y que no se me enfade nadie, pero tampoco me gusta, lo mismo es que lo he probado poco, aunque este himno sí tenga letra. Por si fuera poco todo parece indicar que esta copiado, o derivado, de la música de una danza tradicional pirenaica, de Benasque concretamente, con lo que estaríamos más ante un himno para ser bailado, que ante un himno para ser coreado en un estadio, a no ser que queramos que nuestros deportistas, cuando les cuelguen la medalla, levanten los brazos como para bailar una jota, y se arranquen a brincar en el pódium.
Sin embargo hay otros países con himnos que cumplen todos los estándares de calidad para ser considerados como tales. Uno de los que más impresiona es el de la antigua Unión Soviética, un himno solemne, rotundo, compuesto para ser cantado por los remeros del Volga o los Coros del Ejército Rojo; les gusta tanto que desapareció la URSS pero el himno sigue.
Otro de los himnos con gran calidad melódica es el alemán, compuesto ni más ni menos que por Joseph Haydn y así es muy difícil competir. No le va a la zaga el himno británico el “God save the Queen” (no confundir con el de Sex Pistols), cuya melodía prácticamente nos sabemos todos sin ser súbditos de su Graciosa Majestad, aunque lo confundamos con la música de un anuncio de ginebras. Otro de los himnos que destacan, y que lo revienta en los estadios, es el italiano, es un himno que sabe a Italia, parece parte de una ópera; no hace falta echarle mucha imaginación para pensar que en cualquier momento mientras se interpreta el himno van a saltar al césped el Coro de Esclavos de Nabucco, o cientos de egipcios tirando de la carroza del rey de Egipto, ¡¡Italiaaa, Italiaaaa…!!, yo he de reconocer que cada vez que lo oigo me entran unas ganas locas de llamar a Telepizza. Y acabamos con “La Marsellesa“, el himno por excelencia, no solo porque posee las innegables cualidades musicales y características que debe tener un himno, sino también por todo lo que este himno ha representado de cambio para toda la humanidad. Es el himno de la Revolución Francesa: el mundo tal y como lo conocemos hoy en día, por lo menos en esta parte del mundo que nos toca, está muy unido a “La Marsellesa“. Es muy difícil competir en esto de los himnos.

“La Marsellesa”, el rey de los himnos, mucho más que una canción
La verdad es que en el tema de los himnos no tenemos mucha suerte en España. Si nos vamos a los himnos de las autonomías o nacionalidades (de nuevo, que no se me enfade nadie), la cosa tampoco mejora mucho. Por ejemplo en Cataluña tenemos “Els Segadors”, que yo no discuto su simbolismo y valor (otra vez, que no se me enfade nadie), pero musicalmente… ¿qué quieren que les diga?… es muy tristón, da cierta penita ese ritmo y esa cadencia, tampoco me convence como himno para competiciones deportivas. Me pasa lo mismo con el del País Vasco, el “Gora ta Gora”, que así a bote pronto parece significar “dale que te pego”, pero que los que hablamos euskera en la intimidad sabemos que significa “arriba y arriba” (no confundir tampoco con “La Bamba”); además tiene una letra imposible de aceptar para ateos y aconfensionales. Podríamos seguir con el himno de Galicia o el de Andalucía, pero creo que ya hemos tenido bastante por hoy. Si tienen tiempo y les pica la curiosidad dense una vuelta por Youtube y verán lo que les digo.

El himno de Asturias, el único himno auténtico de nuestra Carpetovetonia
Los únicos que se lo han montado bien con esto de los himnos, a mi entender y que no se me enfade nadie, han sido los asturianos. No se han complicado la vida, han tirado de una melodía que todo el mundo conoce y que todos identifican con Asturias, el “Asturias patria querida”. Un himno que se canta incluso fuera de Asturias, no hace falta ser asturiano. Debe de ser el cántico que más se ha utilizado en Carpetovetonia a lo largo de su historia para terminar, fiestas, saraos y otras celebraciones, cuando se llega al nivel etílico denominado “exaltación de la amistad/cánticos regionales”. Chapó por los asturianos que han acertado de pleno con su himno y lo lucen con orgullo allí a donde van.
“Los asturianos no se han complicado la vida, han tirado de una melodía que todo el mundo conoce y que todos identifican con Asturias, el `Asturias patria querida´”.
Pero de entre todos los himnos regionales o autonómicos, el peor de todos, yo creo sin ninguna duda y ya, si se quieren enfadar que se enfaden, es el himno de Madrid, y que conste que soy madrileño. Seguramente muchos de ustedes se habrán preguntado sorprendidos ¿existe el himno de Madrid? Pues sí: el himno, llamémosle así, se compuso a comienzos de los años 80; estaba en plena efervescencia la Movida, la posmodernidad. Aquí nos creíamos los reyes del mambo, éramos los trending topic del momento y eso que todavía no se había inventado Twitter. Mandaba en Madrid un tal Joaquín Leguina, del Partido Socialista (del que muchos seguramente ya ni se acuerden). De vez en cuando le sacan en alguna tertulia de televisión, y la verdad es que causa gran confusión en sus apariciones (cualquiera que no le conozca puede incluso pensar que se trata de un portavoz del PP). Ante la inminente necesidad de tener un himno propio, Leguina recurrió a uno de los Popes de la Movida, emperador de Malasaña, el poeta, filólogo y no sé cuántas cosas más, Agustín García Calvo (q.e.p.d.), que compuso una letra muy en su estilo, muy moderna o posmoderna, muy transgresora y todo lo que ustedes quieran, pero que era infumable para un himno; algo que no se podía cantar ni con diez gin-tonics en el cuerpo (hay que recordar en honor a la verdad que García Calvo solo cobró una simbólica peseta de las de entonces por su trabajo, ¿por qué no quiso cobrar más?, ahí lo dejo). Le colocaron el marrón de musicar aquello al bueno de Pablo Sorozábal (que tampoco cobró un duro, ¿por qué no quiso cobrar más?, ahí lo dejo también), un gran músico, no se vayan a creer ustedes. Pero lo que le salió fue algo más parecido a la música de un paso procesional de Semana Santa que a otra cosa. Lo mismo en aras de la posmodernidad, estaba pensado para asistir a los actos oficiales con capirotes y un cirio en la mano, o un gin-tonic, que los posmodernos eran muy rompedores e innovadores.
Himno de Madrid por García Calvo
Don Enrique Tierno Galván asistió a la puesta de largo del himno en un acto en un auditorio madrileño. Según algunos testigos, a medida que avanzaba la interpretación, la expresión del Viejo Profesor se iba transformando. Tanto los músicos, como los componentes del coro, se esforzaban en interpretar (para muchos el himno de Madrid no se interpreta, se perpetra) con la mayor entrega los compases de la melodía. Uno de los responsables de todo el proyecto, sentado al lado del alcalde, impresionado por el ímpetu y emoción que intérpretes y director mostraban sobre el escenario, se acercó a Tierno y le preguntó:
-Profesor, ¿qué le parece la ejecución?
A lo que el Alcalde, con su tranquilidad habitual le contestó:
-La ejecución me parece exagerada, pero unos meses sí que los tenía yo picando piedra.
Ya ven que el himno no empezó bien.
Con este himno me parece que no vamos a llegar muy lejos los madrileños, y cuanto más tiempo se deje pasar peor, que estas cosas luego se enquistan y ya no hay manera. A una amiga mía se le enquistó un novio del pueblo en su casa y ahora tienen tres niños. Hay que tomar una determinación, y yo me inclino por la “Vía Asturiana”, tirar por la calle de en medio, y adoptar como himno una melodía tan conocida como el “Madrid” del mejicano Agustín Lara, y que digan lo que quieran, total para lo que se suelen decir en las letras de los himnos, a ver quién se va a meter con el nuestro. Señora Cifuentes, escuche este clamor popular antes de que tengamos que mover el tema en Change.org y en las redes sociales, el que avisa no es traidor.
“Ya está bien de que nuestros deportistas no tengan una letra que echarse a la boca, y los aficionados tengan que permanecer en silencio sin dar rienda suelta a la carga de adrenalina que se acumula antes de los partidos”.
Y con el himno de España pasa lo mismo, ya está bien de que nuestros deportistas no tengan una letra que echarse a la boca, y los aficionados tengan que permanecer en silencio sin dar rienda suelta a la carga de adrenalina que se acumula antes de los partidos. Para desahogar solo les queda Manolo el del Bombo: “España, bom, bom, bom.”. También se podría explorar en este caso la “Vía Asturiana” y buscar una melodía de consenso. Una opción podría ser el “Viva España” del gran Manolo Escobar. Para evitar suspicacias por aquello del hecho diferencial, se podían utilizar estrofas en todos los idiomas de España. Como el catalán, y en vez de cantar “Que viva España” decir “que visca Espanya”, o el euskera, sustituir el arranque de “entre flores, fandanguillos y alegrías” por “loreak eta poz fandanguilloak artean”, y lo mismo con el gallego, que no se me enfade nadie.
Ahora que parece que los políticos se van a decidir a abrir el melón constitucional, para mejorar el encaje (no sé si de bolillos, o tiraremos directamente de ganchillo o macramé que se termina antes) de las nacionalidades en el Estado y otras cositas más, tal vez sería el momento de cambiar el himno. Ya que nos ponemos a redecorar la casa, vamos a hacerlo bien, que luego quedan rematitos por todos los lados y no te luce lo que te has gastado.
Florentino Areneros


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