Mundo Yold. A veces, detrás de una gran mujer hay un hombre excepcional

El marido de la aviadora

Inés Almendros
23 junio, 2018

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Su increíble vida aventurera y sus proezas como pionera de la aviación convirtieron a Amelia Earthart en un mito del siglo XX. Sin embargo, aunque menos conocida, su relación con el prestigioso editor George Palmer Putnam también fue totalmente rompedora y adelantada a su tiempo. Hoy en Gente Yold recordamos esta fascinante historia de amor.

Era guapa, de aspecto frágil y aniñado, con un aire delicado y elegante. Sin embargo, su personalidad no podía ser más dispar: fuerte, intrépida, segura de sí misma, aventurera y valiente. Así era Amelia Earthart, la mítica pionera de la aviación que en el año 1937 desapareció para siempre mientras intentaba dar la vuelta al mundo en aeroplano. Una mujer adelantada a su tiempo, cuya vida de leyenda y misteriosa desaparición sigue provocando noticias. Mucho más desconocida es su historia personal, y concretamente, la relación que mantuvo con el prestigioso editor George P. Putnam, que comenzó siendo su descubridor y acabó convirtiéndose en su marido y en el hombre que, literalmente, la ayudó a subir hasta lo más alto. Ambos mantuvieron una relación de pareja nada convencional, incluso para la época actual. Solo el trágico destino de Amelia les pudo separar.

Amelia no solo era inteligente, valiente e independiente, también era de una belleza natural arrolladora

Una niña inquieta
Amelia había nacido en Atchison, Kansas, en el seno de una familia acomodada, pero afectada por los constantes enfrentamientos entre sus padres, por lo cual la pequeña pasó gran parte de su infancia en casa del abuelo materno, que era un eminente juez. Su padre sufría problemas de alcoholismo y el desarraigo familiar hizo mella en la niña que creció con la idea, siempre firme, de ser independiente y autosuficiente, de no depender jamás de ningún hombre.

Una jovencísima Amelia con su profesora de vuelo, Neta Snook

Desde cría, Amelia ya demostraba su carácter inquieto y travieso: le gustaba correr, bajar por la nieve con su trineo, trepar a los árboles o perseguir ratas con su rifle. Feminista convencida toda su vida, desde pequeña ya coleccionaba las historias sobre mujeres aventureras y con éxito. Siempre fue muy consciente de la necesidad de que las mujeres superasen los enormes límites que les marcaba la sociedad de entonces.

Con su madre

Después de graduarse, durante la Primera Guerra Mundial comenzó a trabajar como enfermera en un hospital de Toronto; luego se matriculó en Medicina en Nueva York. Pero, a pesar de sus excelentes calificaciones, su destino giró bruscamente hacia las estrellas en 1920, cuando acudió a una exhibición aeronáutica: allí decidió que lo suyo era volar. Inmediatamente se apuntó a tomar clases de vuelo con otra famosa pilota de la época, la instructora Neta Snook. En 1921 realizó su primer trayecto aéreo sola y al año siguiente adquirió su primer avión, un aeroplano amarillo modelo Kinner al que bautizó “Canario” y con el que estableció un primer récord femenino: volar a una altura de 14.000 pies (unos 4.267 metros). Eran los años veinte, la época dorada de los pioneros de la aviación, de los grandes raids aéreos que entusiasmaban a la prensa y al público en general.

Tras su primera travesía sobre el Atlántico

En 1927, en medio de aquel efervescente entusiasmo por la aviación, Amelia recibió la llamada del conocido editor George P. Putnam que le hizo una sorprendente pregunta: si quería convertirse en la primera mujer que volase desde Estados Unidos a Europa. Aunque en un principio pensó que era una broma, cuando vio que la cosa iba en serio, Amelia contestó que sí. Así fue como los destinos de Putnam y Earthart se cruzaron para siempre: de esta forma comenzó el mito de la aviadora indómita, pero también fue el inicio de una bonita historia de amor.

La imagen de Amelia llenaba las portadas de la época, incluso en España

El hombre que le dio alas
Cuando George llamó a Amelia, él ya era un importante publicista, con una exitosa trayectoria. Nacido en una familia de editores, había iniciado su carrera en un pequeño periódico de Oregón, ejercido como alcalde de la localidad de Bend y luchado en la Primera Guerra Mundial. Había, incluso, dirigido una expedición al Ártico. Después de años de trabajar como editor en algunos de los más importantes periódicos de Estados Unidos, Putnam había colaborado con el héroe de la aviación Charles Lindbergh para escribir su exitosa biografía. Su prestigio estaba en pleno apogeo cuando recibió el encargo de la millonaria Amy Guest para que se ocupara de organizar el primer vuelo femenino sobre el Atlántico. En realidad, aquel era un proyecto personal de Amy Guest, también aficionada a volar, y que había pensado realizar ella, hasta que su familia la convenció de que era demasiado arriesgado. Pero Amy, con la ayuda de Putnam, decidió buscar a alguna joven pilota profesional que pudiese llevarlo a cabo.

Una pareja nada convencional

Desde el principio, Amelia y George conectaron bien: les unía la misma pasión por la aviación, los viajes y la aventura, la lectura, la tecnología, el golf… tenían caracteres compatibles y el mismo espíritu adelantado a su tiempo. Por eso, no fue extraño que su relación de trabajo se transformara en amistad, y poco a poco, en algo más. El raid sobre el Atlántico fue todo un éxito: Amelia cruzó el océano a bordo de un Fokker F-VII trimotor bautizado “Frienship”  junto con el piloto Wilmer “Bill” Stultz y el copiloto/mecánico Louis E. “Slim”. Partieron el 28 de julio de 1928 desde Newfoundland (Canadá) y aterrizaron 21 horas después en Burry Port, Gales (Reino Unido). Aunque hoy parezca algo simple, aquello era una auténtica hazaña; de hecho, las tres mujeres que anteriormente lo habían intentado habían fallecido. A su regreso y guiada por la sabia directriz publicitaria de Putnam, Amelia se convirtió en una figura famosa en todo el mundo, en una cara habitual de las noticias internacionales. Un rostro tan o más popular que los actores de Hollywood, con su característico pelo corto, sus cazadoras de piloto y sus pantalones, nada habituales en las mujeres de entonces. George y Amelia se hicieron inseparables: juntos recorrieron Estados Unidos dando conferencias y entrevistas.

George y Amelia formaron juntos algo mucho más grande y hermoso que un matrimonio, fueron un equipo de amantes y amigos que siempre se respetaron

Juntos escribieron el libro Veinte horas, cuarenta minutos, con un asombroso éxito de ventas. Juntos formarían a partir de entonces el mejor equipo. George se centró en la carrera de Amelia, en organizar junto con ella nuevos retos y proyectos, en investigar en mejoras técnicas, en que su imagen y sus logros fueran conocidos en todo el mundo. Enamorado de la aviadora, el editor le propuso matrimonio en varias ocasiones, pero ella se negaba. Conquistarla no le resultó nada fácil: por una parte, él estaba casado con la también millonaria Dorothy Binney, aunque en realidad llevaban años haciendo vidas separadas y de hecho Dorothy mantenía un romance extramarital. Por otra parte, Amelia tenía una clara vocación de independencia, y estaba mucho más interesada en su carrera que en el matrimonio. Pero el tiempo, el amor y la constancia de Putnam dieron su fruto y finalmente ella aceptó convertirse en su esposa, no sin antes establecer un peculiar acuerdo prematrimonial que quedó reseñado en una ya legendaria carta. En la misiva, Amelia le conminaba a mantener una relación libre y abierta, sin el concepto de “fidelidad medieval”. Este es el texto de aquella preciosa carta fechada el 7 de febrero de 1931, días antes de la boda:

-“Querido George:

Hay ciertas cosas que deben ser escritas antes de que nos casemos, cosas que ya hemos hablado antes la mayor parte de ellas. 

Debo volver a informarte de mis dudas con respecto al matrimonio, y de la sensación de que al casarme puedo renunciar a oportunidades de trabajo que tanto significan para mí. Tengo la sensación de que casarme es una de las decisiones más tontas que jamás he tomado. Sé que habrá compensaciones, pero no puedo evitar estas dudas.

En nuestra vida en común, quiero que sepas que no te someteré a ningún código de fidelidad y que yo tampoco me consideraré atada a ti. Si los dos somos honestos, podremos evitar las dificultades que surjan si tú o yo nos enamoramos de otra persona diferente. 

Por favor, no interfiramos en el trabajo del otro, ni permitamos que el resto del mundo contemple nuestras alegrías o desacuerdos. En este aspecto, debo de mantener algún lugar donde pueda ser profundamente yo misma. No puedo soportar los confinamientos, por muy atractiva que sea la jaula.

Debo exigirte una promesa cruel: que me dejarás marchar dentro de un año si no hemos encontrado la felicidad juntos.

Voy a tratar de hacerlo lo mejor posible y ofrecerte esa parte de mí que conoces y que tanto quieres.

A.E.”

La carta que Amelia mandó a George antes de su boda

Pero George no solo jamás supuso un freno para Amelia, sino justo lo contrario: fue su compañero y promotor, el mayor impulsor de sus conquistas y vuelos, con los que Amelia siguió asombrando al mundo. En 1932, de nuevo fue portada de los periódicos del mundo cuando realizó su segunda travesía trasatlántica, esta vez en solitario, empleando para ello quince horas y cuarenta minutos desde su salida de Harbour Grace, en Terranova, hasta su aterrizaje en la localidad irlandesa de Culmore. Durante el vuelo, como no tomaba café, se mantenía despierta oliendo sales. Solo llevaba un termo con sopa y una lata de zumo de tomate. En 1935 igualmente realizó el vuelo transpacífico, de Hawaii a California: diez pilotos habían fallecido antes al intentarlo. A su llegada a Oackland fue recibida de nuevo por una multitud entusiasmada.

Amelia Earhart, George Putnam and Duke Kahanamoku en Hawaii

La prensa de todo el mundo adoraba a “Lady Lindy” (un apodo igualmente inventado por George como referencia femenina al héroe Charles Lindbergh), pero eso no evitaba que Amelia también sufriera ciertas actitudes machistas, en una época en la que el protagonismo era algo casi exclusivamente masculino. Por ejemplo, sutilmente, algunos periodistas la tildaban de marimacho; una muestra es el artículo del periodista español César González Ruano, quien en la revista Nuevo Mundo, en 1932, escribía así:  “Tiene su gracia, su gracia feucha, su coquetería andrógina de machito del aire esta Lady Lindy. A muchos les parecerá simplemente fea”. Otro ejemplo: la misma Amelia tuvo que dirigir una carta personal al New York Times para solicitar que, cuando hablaran de ella, no la llamaran “Mrs. Putnam”, sino que escribieran su nombre, Mrs. Earhart (parece mentira lo poco que han cambiado algunas cosas en ciertos aspectos).

Amelia y George en 1937, poco antes de su desaparición

Un rastro perdido para siempre
En 1937, con el apoyo de su marido, como siempre, Earthart comenzó a trabajar en su proyecto más ambicioso: convertirse en la primera mujer que diese la vuelta al mundo en avión. Para ello escogió al piloto Fred Noonan por su experiencia de vuelo sobre el Océano Pacífico y al avión Lockheed Electra 10E. Sin embargo, desde el principio el proyecto tuvo problemas y hubo que retrasarlo. El periplo comenzó finalmente el 1 de junio desde Miami, desde donde Amelia y Fred hicieron escalas en Puerto Rico y Venezuela, antes de bordear el continente sudamericano, cruzar África y realizar un trayecto inédito entre Karachi y Pakistán. Sus siguientes destinos fueron Calcuta, Rangun, Bangkok, Singapur y Bandung, en la isla indonesia de Java, donde las cosas se complicaron más todavía: además de algunos problemas técnicos en la nave, Earthart enfermó de disentería. Pese a todo, decidieron continuar hasta llegar a Darwin, en Australia y Lae, en Papua Nueva Guinea, con 35.405 kilómetros volados y 11.265 por recorrer.

Video con algunas imáges de Amelia: el recibimiento en 1932, después de atravesar sola el Atlántico y antes de emprender el vuelo alrededor del mundo, que nunca llegó a concluir

El 2 de julio de 1937, el Electra despegó hacia el que sería su misterioso vuelo final. Tras una jornada sin incidentes, por la tarde, con una situación meteorológica complicada, marcada por una nubosidad que no les dejaba ver, la nave lanzó su último mensaje: “KHAQQ llamando al Itasca. Debemos estar encima de ustedes, pero no los vemos… El combustible se está agotando…”. Una última señal, con el posicionamiento se recibió a las 20:14, pero a partir de ahí solo hubo silencio. En esa misma noche los equipos de seguimiento determinaron que el avión debía haber caído al mar. El presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt aprobó una ingente operación de búsqueda en la que participaron 9 barcos y más de 60 aviones, pero el resultado fue nulo. Un mes después, la campaña fue cancelada para disgusto de George que hizo todo lo posible para prolongarla.

Amelia con el piloto Fred Noonan, que la acompañaba en su ultimo vuelo (Photo by Topical Press Agency/Getty Images)

Durante años, Putnam, que quedó totalmente abatido después del accidente, recibió numerosos mensajes de supuestos médiums que decían haber contactado con su esposa; también sufrió los intentos de estafadores que intentaban chantajearle con falsas noticias sobre ella. Pero Amelia jamás regresó. Dos años después de su desaparición fue declarada oficialmente muerta. Putnam se volvió a casar en dos ocasiones más (lo cual sin duda hubiera encantado a Earthart, que siempre apostó por la libertad y la felicidad individual de ambos); pero George nunca la olvidó. Hasta su muerte en 1950 continuó trabajando en la edición de sus libros y en la difusión de su biografía. De hecho, escribió otros dos libros sobre ella; hasta el final Putnam fue el mejor de sus admiradores y el fiel guardián de su memoria.

Casi un siglo después de que el Electra cayera al mar, se siguen publicando nuevas teorías sobre su desaparición, como las recientes noticias sobre el descubrimiento de los supuestos restos mortales de Amelia en la isla de Nikumaroro; una tesis que ha sido descartada por expertos forenses. Por el momento, lo único cierto es que el cuerpo de Amelia desapareció para siempre, pero su mito quedó para la eternidad: la leyenda de una mujer adelantada a su tiempo y que estuvo acompañada por un hombre que supo entenderla, complementarla y que, literalmente, la ayudó a llegar a lo más alto. Y es que a veces, detrás de una gran mujer hay un hombre excepcional. Fue el caso de George P. Putnam, el marido de la aviadora.

 

Inés Almendros

Mas información:
https://www.ameliaearhart.com/

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