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Anocheciendo contigo, vida
Un texto de Galilea

Cuando un anochecer y un amanecer se unen, el Universo de la Vida cobra todo su sentido. En sus manos acoge serena, a ese pequeño ser que amanece a la vida.
Blanco, puro y sin mácula, contrasta junto a su piel gastada, cuarteada por el tiempo y las batallas.
– Niño mío, yo te guardo. Tu corazón naciente, pegadito al mío ya cansado. Así, latiendo juntos. Tu entrando y yo saliendo, en ese minuto regalo, que nos da la vida, para decirnos hola y adiós, entre besos y abrazos.
– Me gusta estar entre tus manos. No me dejes, necesito que me muestres el camino que debo tomar para no caer.
– No tengas miedo, estoy aquí para entregarte suavemente a la vida. Tu vida. Será como si de un vals romántico se tratara. Acunadito mi niño, sin prisas; suave y dulcemente, meciéndonos juntos.
Después me iré, porque mi vida ya la recorrí. Las arrugas y los surcos de mi piel, reflejan el camino andado. Los sueños cumplidos, los que pasaron de largo. Las alegrías y las penas. Las soledades a solas y las compartidas, que son las que más duelen. Los silencios, las ausencias, los miedos, los dolores. Lo que disfruté y lo que me ilusionó. Todo lo que aprendí y lo que olvidé. Todo lo que amé y lo que me amaron. Lo que entendí y lo que no logré entender. Porque, ¿Sabes una cosa? Nunca llegarás a saberlo todo. Nunca aprenderás lo suficiente, para desterrar el dolor de tu corazón. Porque niño mío, vivir duele.
– Entonces llévame contigo, no quiero sentir dolor.
– No, mi niño. La vida es hermosa y has de vivirla. Tu corazón está preparado para sentir y amar la vida. Deja que crezca en ti ese amor y únelo con el de las personas que te rodean y con el de las que están por llegar a tu vida.
– Y tú, ¿Por qué no te quedas siempre conmigo?
– Yo ya viví, mi niño. Este es el testigo que te entrego, ahora es tuyo.
Que cuando tu piel se escriba de arrugas como ahora la mía, puedas decir… He vivido y ha sido hermoso.
Firma:
Galilea


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