Cine Yold. ¿Cómo fue la carrera de este actor elegante y torturado, siempre bajo la sombra de Norman Bates?

Anthony Perkins, galán atormentado

Angel Domingo
18 julio, 2022

Hoy Ángel Domingo nos regala la semblanza de un actor peculiar, lastrado y a la vez favorecido por el enorme éxito de uno de los papeles que interpretó. Norman Bates, el protagonista de Psicosis, fue una sombra luminosa en toda la carrera cinematográfica de este intérprete, que siempre pareció joven, un joven de siniestra fragilidad.

Existen películas, muy pocas en realidad, que consiguen integrarse en la memoria colectiva de una sociedad. Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960) pertenece a este selecto club. Su actor principal, el actor Anthony Perkins (Nueva York, Estados Unidos, 1932), no podía haber estado más capacitado para interpretar al siniestro Norman Bates, propietario del aún más siniestro motel de carretera donde se refugia la asustada Janet Leight, tras cometer un insignificante robo en la empresa donde trabaja.

Este actor, con una biografía real muy compleja, llegó a ser considerado como uno de los intérpretes más misteriosos y seductores del Hollywood clásico.

Hijo de Osgood Perkins, viejo actor de los años treinta, que alcanzó cierta popularidad gracias a su papel de policía en Scarface, el terror del Hampa (Howard Hawks, 1932), marido inconstante y padre ausente, lo que obligó al niño Anthony a vivir constantemente pegado a las faldas de su madre (otra curiosa comparación con Norman Bates).

Su indisimulable afeminamiento le distanció de los jóvenes de su edad y pasaba las horas con su madre en su casa, sin acercarse a ninguna mujer.

Empezó a interesarse por el cine, y tuvo la fortuna de coincidir con el célebre director George Cukor, también homosexual, que fue capaz de comprenderle y le ofreció el papel principal del clásico de 1953, La actriz, una película sobre un rudo pescador (Spencer Tracy), con una hermosa hija (Jean Simmons), que decide trasladarse a Nueva York para probar fortuna como actriz. Esta película le introdujo en los selectos círculos cinematográficos de la Gran Manzana, aunque no tuvo el éxito de taquilla esperado, y obligó al joven Perkins a regresar a Nueva York para trabajar en numerosos estrenos de Broadway.

Sin embargo, su agente de aquella época le ofreció compartir títulos de crédito con el considerado rey de los westerns, Gary Cooper en películas como La gran prueba y La hora final, interpretando en ambas a personajes obsesionados y paranoicos. Gracias a estas apariciones, Perkins se alejó del inocuo papel de galán hollywoodiense ganándose la etiqueta de actor poco convencional, aunque muy seductor para el público femenino, rol que confirmó en varias películas junto a estrellas como Sofia Mangano o Jane Fonda.

 

Pero la película que le concedió el pasaporte a la eternidad fue, sin duda, Psicosis. Solo un director como Alfred Hitchcock pudo apreciar en él ese morbo tan característico que utilizaba en sus películas de terror. Sin embargo, que Alfred Hitchcock lo incluyera en su agenda como actor fetiche, le hizo convertirse en diana de sus ácidos comentarios y sutiles desprecios, como igualmente le sucediera a actores del nivel de Cary Grant o Gregory Peck, que tampoco soportaron la complicada forma de ser de don Alfredo.

La escena cumbre de Psicosis es esa pieza de orfebrería que corresponde al asesinato bajo el agua de la ducha. La obsesión de Alfred Hitchcock por sorprender y descolocar al espectador alcanzó su máxima expresión durante una escena compuesta por setenta y ocho tomas y cincuenta y dos cortes, acompañada de una de las músicas más estridentes nunca escuchadas en la gran pantalla. Poca gente sabe que todas las novelas escritas por Robert Bloch fueron compradas, en el más absoluto secreto por el propio Alfred Hitchcock, para que ningún espectador estuviera prevenido acerca de lo que iba a presenciar en su película.

La actriz Janet Leight se opuso rotundamente a aparecer en la mítica escena, pero no por el pudor a aparecer desnuda ante la cámara, sino por el pánico a convertirse en el trofeo más preciado de los psicópatas estadounidenses, así que exigió al director que apareciera el nombre de otra mujer en los títulos de crédito, sustituyendo al suyo por el pánico a ser reconocida. El tiempo le dio la razón, ya que la actriz que finalmente apareció en los títulos de crédito (Margo Eppert) fue asesinada meses después, por un maníaco imitador de Norman Bates.

Y en lo que respecta a nuestro protagonista de hoy, está más que demostrado que se implicó tanto en su personaje de maníaco que hoy en día ignoramos si era un intérprete con un talento mayúsculo para el cine, un hombre dotado de un atractivo magnético, o simplemente un demente con un mayúsculo complejo freudiano. Tal vez, si hubiera logrado haber sido distinguido con el Premio Oscar a Mejor actor, actualmente no tendríamos dudas de si estaba actuando, o sencillamente mostró en público lo que escondía debajo de sus distinguidas facciones.

Anthony Perkins se ganó una aureola con Psicosis lo que le permitió, pese a su declive a partir de la década siguiente, ser contratado para interesantes producciones, como El proceso (1962), de Orson Welles, o en dramas como Fedra, al lado de Melina Mercouri. También hizo de galán, con su aire reservado, de sólo media sonrisa, en agradables comedias como Té y simpatía, emparejado a Ingrid Bergman con quien volvería a coincidir en No me digas adiós, siguiendo la novela de Françoise Sagan, Aimez-vous Brahms?

No era, ya dijimos, un secreto para la comunidad de Hollywood que Anthony Perkins era homosexual. En su lista de amantes figuran desde Rock Hudson (que también moriría de sida), Tab Hunter y el famoso bailarín soviético Rudolf Nureyev. El propio actor llegaría a admitir que, hasta que cumplió cuarenta años, no se acostó con una mujer, honor que le corresponde a aquella protagonista de series televisivas, Victoria Principal. Un año después, se casaba con la fotógrafa Berry Berenson, hermana de Marisa, la elegante actriz, y con ella dijo haber roto para siempre con su pasado oscuro. Tuvieron dos hijos: Osgood y Elvis.

En la década de los noventa solía trabajar más para la televisión, como tantos otros galanes del pasado. Fue cuando vino a España, creemos que por primera vez, para protagonizar Los gusanos no llevan bufanda, que dirigió Javier Elorrieta con muy discreta aceptación. Por entonces fue invitado al Festival de San Sebastián donde le entregaron el Premio Donostia “a toda una carrera en el cine”.

Sin duda, Perkins tenía una notable trayectoria cinematográfica que le hacía merecedor del galardón guipuzcoano, pero evidentemente muy apagado en esos últimos tiempos. Y a pesar de que confesara cuánto debía a su mujer por haberle permitido conocer placeres distintos a ‘su turbulento ayer’, todo hace pensar que volvió a las andadas y se dejó llevar también por el consumo de cocaína.

Cuando ya fue consciente de que sus días estaban contados, declaró su absoluta aversión a todas esas personas que había conocido en sus años de esplendor y que, al saber que padecía sida, le dieron la espalda. Se sintió abandonado por sus compañeros del cine. Y entonces sus amistades fueron enfermos como él, con quiénes mantenía reuniones y trato para ayudarse mutuamente. “En todos ellos encontré el amor verdadero que yo había buscado siempre”, confesó.

Después, a las puertas ya de la muerte, dictó un texto que su agente de prensa difundió ante los medios informativos, en el que explicaba su dramática situación. Porque hasta entonces nunca había querido confesar su enfermedad, por mucho que circularan rumores sobre el particular entre los cronistas de Hollywood.

Hasta que llegó su último día entre los mortales, un 12 de septiembre de 1992. Solo puedo añadir que espero que allí donde esté haya alcanzado la paz eterna que no disfrutó durante su agitada vida. Una macabra circunstancia sucedería casi el mismo día, años después. El 11 de septiembre de 2011 su viuda falleció como pasajera del vuelo 2011 de América Airlines, en los atentados de las Torres Gemelas.

Ángel Domingo

 

 

 

 

 

 

 

 

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