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Chicles compartidos

Un cuento de Pilar Vidaurreta

Firma Invitada
21 febrero, 2017

Rosa González-Lejarreta y yo fuimos íntimas amigas desde los tres años. Éramos tan amigas que compartíamos el chicle si hacía falta y hasta nos leíamos nuestros diarios secretos, a las dos nos gustaban los Jackson 5 y nuestras madres nos vestían con similares blusas de flores.

Dejamos de ser amigas en séptimo de EGB, cuando teníamos trece años, en 1981, y fue un hecho aparentemente ajeno a nuestras vidas, el golpe de Estado, lo que inició nuestro distanciamiento. Lo que pasaba fuera de los muros del colegio nunca hasta entonces nos había perturbado lo más mínimo, la clase era nuestro único universo, pero ocurrían demasiadas cosas en la calle como para que ninguna escalara sus muros, incluso los de piedra con enredaderas que suelen tener los colegios de monjas como el nuestro.

Todo empezó cuando el hermano mayor de Rosa, Chimo, perdió un ojo en una manifestación del 20-N. El accidente lo causó el mástil de una bandera torpemente manejado por un patriota. Eso era lo que decía el periódico. Para el padre de Rosa, que era general del Ejército de Tierra, su hijo Chimo era un herido de guerra, porque era eso, una guerra, lo que los enemigos de España estaban pidiendo. Recuerdo bien el paso atrás disimulado de los que escuchaban al general cuando decía España. Tenía siempre mucha saliva en la boca y ponía tanto énfasis en la eñe, la letra nacional, como él la llamaba, que se le abrían los labios por las comisuras y escupía con propulsión castrense. España estaba en peligro –pregonaba-, la ley del divorcio colmaba el vaso de la paciencia de los españoles y algo se iba a derramar.

El general aparecía de vez en cuando en el colegio con su coche negro oficial, su chófer y la banderita de metal que simula ondear sobre el capó. También en las fiestas de cumpleaños de Rosa hacía una aparición especial vestido de gala. Con mucha ceremonia nos preguntaba si queríamos asistir a un momento heroico de la Historia de España. Entonces nos llevaba a su despacho, descorría una bandera desplegada sobre una vitrina muy grande, pulsaba un interruptor, el interior se iluminaba y aparecía una colección de soldaditos de plomo. Las trincheras, los cañones, el monte bajo y polvoriento de los alrededores de Brunete: el escenario de una batalla gloriosa. Rosa se sabía de memoria los nombres de los héroes y su padre le pedía que los recitara. Todos aplaudíamos y salíamos del despacho con paso marcial cantando el himno. Recuerdo que su madre -que tenía muchas canas y un montón de medallas de oro colgando del cuello- nos abría las puertas del salón para pasar a merendar y nos iba colocando una servilleta anudada al cuello. Los sándwiches de pepino con mantequilla apilados sobre una fuente de plata los preparaba la nanny irlandesa de Rosa. Eran delgadísimos y sin bordes, con rombos marcados sobre el pan de molde. Y es que la nanny, muy aficionada al anís, aplastaba cada rebanada con una botella de la del Mono y así el dibujo del cristal quedaba estampado en ellos. Rosa era la única que se los comía y, como había heredado la capacidad expectora de su padre,  apagaba las velas con tanta fuerza que escupía en la tarta y luego nadie quería probarla; pero nos atiborrábamos a chuches de la piñata que colgaba de la enorme lámpara del salón.  

Pasé muchas tardes en casa de Rosa, jugando y pintando vestidos y trajes de novia, de enfermera… También nos gustaba retratarnos; nos solíamos dibujar vestidas igual, con nuestra falda escocesa roja y amarilla, la chaqueta a juego con los calcetines y el lazo en el pelo. Luego intercambiábamos nuestros dibujos y yo me llevaba a casa el suyo, con su firma estampada sobre una bandera española que ella pintaba siempre en la esquina superior derecha del papel, como si fuera un sello. Mis padres se reían al verlo y me preguntaban si la artista patriota era la hija del general. Sí, mi mejor amiga, les contestaba y me iba a mi cuarto muy enfadada. 

La llegada de Mónica Llachs al colegio marcó el siguiente paso en mi alejamiento de Rosa. Mónica llegó el segundo día de séptimo curso y su entrada en la clase, acompañada de su madre, no se me olvidará nunca. Las dos altas, delgadas, con el pelo suelto, muy morenas, la cara y los brazos tostados por el sol. Sus pantalones campana de rayas y su mínima camiseta de tirantes contrastaban cruelmente con nuestros uniformes azul marino y nuestras chaquetas de lana. Acababan de llegar de vacaciones de una isla mediterránea y quizá hasta tenían todavía arena y sal en la piel. Con ellas dentro de la clase, de pronto la pizarra era más verde y más brillante el sol en los pupitres. O la madre de Mónica era muy joven o sólo lo aparentaba, pero lo cierto es que parecían hermanas y que esa isla de la que venían bien podría estar en otro planeta y no en el Mediterráneo.

Cuando muchos días más tarde, Mónica apareció en el colegio vestida con el mismo saco áspero y azul que todas llevábamos y que –se suponía- iba a cerrar el abismo abierto entre su ropa de verano y nuestros uniformes reglamentarios, enseguida supimos que con ella iba a dar todo igual, que el uniforme no la uniformaría nunca y menos aún la igualaría a nosotras. Se había colocado el cinturón del uniforme bajo el pecho, muy apretado con varios nudos. Ninguna monja le dijo nada y el corte imperio se impuso rápidamente en todo el colegio; hasta las parvulitas parecían Josefinas Bonaparte enanas. Pero, a las pocas semanas, Mónica se cansó de llevar el cinturón tan apretado, cambió de estilo y se lo quitó por las buenas, las tablas de la tela se le abrían al caminar y transformaban el saco, patrón de diseño del uniforme, en un traje pre mamá que no podía resultar más subversivo en un colegio como el nuestro, entregado a formar futuras madres ejemplares. Las niñas de la clase no sabíamos cómo enfrentarnos a las libertades que tan bien sabía tomarse Mónica. Era tan distinta a todas que suponía una agresión y la vigilábamos como si en vez de sus compañeras fuéramos monjas o profesoras.

Por eso, aunque lo que ocurrió una tarde en el aula de pretecnología, fue una bobada, una gamberrada tonta, a nosotras nos pareció una vergüenza impropia de niñas bien educadas. Así de idiotas éramos o así de eficazmente represora era nuestra educación. Mientras el resto de la clase preparaba el regalo del Día del Padre –un crucifijo hecho con pinzas de tender la ropa-, Mónica se había hecho un collar larguísimo con el muelle que unía cada pinza y bailaba con él como si fuese hawaiana. Nosotras luchábamos para hacer algo que recordara a un crucificado, embadurnados los dedos en pegamento y Mónica bailaba danzas tribales delante de la madre María Antonia, que se reía y hasta la jaleaba.

Mónica era una de esas niñas rebeldes que, en un colegio de monjas, escandalizan con su conducta libre y natural, pero se libran siempre de los castigos con un talento inexplicable. Una tarde se superó a sí misma en la capilla del colegio, mientras se rezaba una oración por el pronto restablecimiento de Chimo, el hermano tuerto de Rosa. Tanto ella como yo estábamos ya hartas de la cacareada heroicidad del hermano y la misa se presentaba más larga y aburrida de lo acostumbrado. Mónica llegó tarde y muchas nos giramos al oír la puerta de capilla; venía caminando por el pasillo central marcando el paso militar con piernas y brazos. Al llegar a las primeras filas, se santiguó clavando la rodilla en el suelo, llevando la mano derecha a cada hombro con exageración teatral. En la cara se le pintó un gesto de fervoroso recogimiento igual al de las beatas que miran al cielo cuando rezan y yo no pude evitar que se me escapara una carcajada. Se oyeron algunas risas más y un murmullo escandalizado recorrió la capilla: la pantomima de Mónica era una burla intolerable para las monjas y los padres y, sobre todo, para la familia del damnificado. Rosa adoptó un gesto ofendido que yo no le conocía y me miró de lado, resentida porque yo también me había reído de la “blasfemia asquerosa de Mónica”, como ella la llamó.

En mi memoria, éste es el momento en el que comenzamos a distanciarnos y, aunque pasamos muchas más tardes jugando en su casa, ya no era lo mismo. Se empezó a poner pesada con cosas que nunca nos habían interesado y yo sentía que con ella ya no podía ser natural, pensar en voz alta o leerle mi diario. Hablaba del futuro, de las dos Españas, repetía como un loro las terribles predicciones de su padre para el día en que los socialistas ganaran las elecciones y empezó a fiscalizar todo lo que tenía que ver con Mónica, a decir que si era hija de un tendero –su padre tenía una cadena de tiendas de deporte-, que si su madre no llevaba sujetador, que si Mónica esto, que si Mónica aquello. Yo de política no sabía nada y no me importaba lo más mínimo; no entendía a qué venía el repentino interés de Rosa y tampoco ese desprecio por Mónica. Empezaba a pensar que, tal vez, lo que le ocurría era que tenía celos de ella, o envidia, pero que fuera una cosa u otra, a mi comenzaba a darme igual. Por eso reaccioné con indiferencia el día en que ocurrió lo que ella llamó “nuestra ruptura”.

Se acercaban las vacaciones; sólo unos días después del final de las clases Mónica  iba a celebrar su cumpleaños en la boutique de su madre. La tienda se iba a cerrar al público, y a decorar con luces de colores como si fuera una discoteca. Pero lo mejor era que estarían los hermanos mayores de Mónica, unos gemelos que estaban siempre morenos porque montaban a caballo todo el año. Las niñas de la clase nos moríamos por ser invitadas y, como Mónica no era amiga ni enemiga de ninguna en especial, todas teníamos nuestras posibilidades.

Pero antes de su fiesta, estaba la de fin de curso, el último día de clase. Se invitaba a todos los padres, aunque eran sólo las madres las que solían hacer acto de presencia. Ese año vino mucha gente porque estaban previstas actuaciones especiales en el salón de actos y, como hacía un sol radiante, el aperitivo se iba a ofrecer en el jardín. Cuando acabó el último número, las escaleras que bajaban a la portería se llenaron de madres y monjas. Apestaba a laca, a cigarrillo rubio y a hábito sudado. Rosa y yo vimos a la madre de Mónica, que llevaba un pantalón blanco muy ajustado y el ombligo al aire, parada en un escalón hablando con la madre de Rosa. Apenas se conocían y chocaba verlas juntas, por eso enseguida imaginamos que hablaban de la fiesta y que Rosa estaba ya invitada. Como las dos madres se habían quedado charlando y no terminaban de bajar, Rosa se abrió paso entre los trajes camiseros y las faldas de vuelo para acercarse a ellas y oír lo que decían. En ese momento, Mónica vino a preguntarme si la que hablaba con su madre era la abuela de Rosa. La abuela, dijo. Miré a Rosa, que en ese momento tiraba de la manga de su madre, con la cara fruncida por el ansia, y la vi como me parecía que la miraba Mónica, como la niña que nunca había sido su amiga y ahora se rebajaba a mostrarse ansiosa por ser invitada a su fiesta. Me pareció que no podían ser doce los años que tenía esa cara apretada y la expresión hosca y nerviosa, tan parecida a la de su madre. La vi ridícula y sentí vergüenza de ella. Me pareció natural que Mónica llamara abuela a su madre, eso era lo que parecía y no noté ninguna mala intención en su tono, por eso dije: no, es su madre, sin añadir nada más y las dos nos quedamos esperando junto a la puerta mirando hacia las escaleras.

La madre de Mónica fumaba tranquilamente y miraba a la de Rosa desde la altura que le prestaban sus larguísimas piernas y los diez centímetros de las sandalias. De pronto, la madre de Rosa perdió pie, se balanceó un instante en su escalón intentando recuperar el equilibrio, extendió el brazo para agarrarse a la madre de Mónica, pero no pudo llegar hasta ella, y se quedó con la mano en el aire mientras rodaba por la escalera. Fue cayendo con fatiga, como un fardo pesado y blando. La mano, que todavía buscaba donde asirse, se agarró de la bandera que colgaba en el arranque de la escalera, el mástil se venció con el tirón y cayó a un lado. La tela se desplegó en el aire, planeó durante un segundo larguísimo y fue bajando lánguida hasta cubrirla por completo. Se hizo un silencio mientras observábamos fascinados cómo el águila iba a posarse justo sobre su estómago. El cuerpo bajo la bandera parecía el de un caído por la patria, inmóvil y con los pies juntos, una escena más en la extraña relación de la familia de Rosa con la bandera española. El silencio lo rompió el ¡Por Dios, señora…! de la monja portera y un pelotón de madres se abalanzó sobre la de Rosa, formando un corrillo que la abanicaba mientras ella iba resucitando entre quejidos.

La madre de Mónica, con prudente tranquilidad, terminó de bajar la escalera y se interesó por el estado de la accidentada. Después sorteó al solícito tumulto de auxiliadoras, abrió la puerta de la portería y salió a la calle con su hija. Yo me acerqué a Rosa; su madre se iba recuperando sentada en un escalón con las medias caídas y el moño deshecho. ¿Has visto? ¡La madre de Mónica ha empujado a mi madre por las escaleras!, me gritó Rosa al oído. Me quedé mirando su cara descompuesta. ¡Tú has perdido la chaveta!, le contesté, me di la vuelta y me fui. Creo que eso fue lo último que le dije durante ese curso. Salí a la calle y allí me esperaba Mónica para darme la invitación a su fiesta dentro de un sobre perfumado de color malva. ¿Qué tal está la madre de Rosa?, recuerdo que me preguntó.

Y así terminó mi amistad con Rosa, mi primera amiga. No vino a la fiesta de Mónica, a pesar de que estaba invitada, como el resto de la clase y no la ví hasta septiembre. Al comenzar octavo, ambas hicimos algunos intentos de aproximación, pero nunca llegamos a ser amigas de nuevo.  

En el colegio todo siguió siendo igual, pero para mi nada fue lo mismo. Mónica se fue a vivir al extranjero, no recuerdo dónde y no volvimos a saber de ella nunca más. Los cambios empezaron a ocurrir dentro de nosotras y la amistad se convirtió en algo todavía más esencial y necesario. Pero Rosa fue la primera amiga que perdí y, como todavía no he aprendido a perder amigos, ahora, al recordar esos años, por muy envueltos que vengan en bobadas de niñatas, siento todavía nostalgia de esa amistad, algo un poco triste y dulce a la vez, como un chicle compartido.

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