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Coyote

Un cuento de Otravezadiós

Firma Invitada
22 octubre, 2016

Voy a coger un bisturí, un arsenal de cuchillos, sables y dagas, una soga, unas tijeras de podar, kilos de goma 2 y nitroglicerina. Voy a instalarme al borde de un precipicio en el desierto, sentada con los pies colgados en el abismo. A esperar. Y cuando la vea aparecer voy a ser el coyote que actúa rápido y sibilino.

Coyote Buttes in the Vermilion Cliffs Arizona

Ella no corre, cuando aparece se instala, por eso voy a poder atraparla. Todo estará preparado. La catapulta con los barriles de aceite hirviendo y la escopeta de dos cañones. El yunque de mil toneladas colgará en el aire suspendido por una soga gruesa. Caerá sobre ella y la aplastará.

Necesito todas estas armas porque en mi mente no está la posibilidad de eliminarla, por eso las trampas y el valor para hacer sangre, o lo que sea necesario. La voy a matar. Como aparece y desaparece cuando quiere, no hace falta que la convoque en el lugar en el que la vi por primera vez: en ese parque extraño, en cuesta, con abetos entre los que corren los galgos envueltos en la bruma de la madrugada; donde hay un templo egipcio guardado por un gato que no muere nunca y una rosaleda que exhibe tallos espinosos sin flores. Allí, en ese parque, la vi cerca del cementerio de hombres valientes que murieron por defender una idea, no sólo una visión como la mía.

Estoy abducida, prisionera de ella. Cuando se me presentó, no escuché ningún aviso de peligro, simplemente se tatuó en alguna parte de mi cerebro y él me la devuelve terco, insistente. ¿Y qué se hace con las visiones? Se las convoca en el entorno propicio, un abismo en el desierto puede ser el lugar ideal, aunque su origen sea tan distinto como el de mi visión, con sus praderas verdes como alfombras húmedas. En ellas, además de colchones mullidos de hierba, hay también sombras grandes y oscuras donde algunos pasan la noche entre cartones, bajo las ramas punzantes de los abetos.

Tú, agachado en una pradera, gravitando sobre la fresca hierba, con los brazos en torno a las rodillas, sentado como los niños de las tribus donde el único asiento es la tierra caliente y polvorienta. Balanceándote suave, acunando tu cuerpo que reestrenaba libertad tras el encierro brutal: cuarenta y ocho horas de calabozo, arrebatada la vida que te habías construido y merecías.

Grassland with a lonely bush and a clear blue sky near St Issey in north Cornwall.

Y luego, al verme, levantándote. La boca rota, los brazos colgando a los lados del cuerpo, las manos abiertas. Temblabas, temblaba el parque todo mientras yo cruzaba la calle para correr a abrazarte.

Tú, el que adivina el color de mis bragas con sólo mirarme, el hombre fuerte que trepa a los árboles para verme aparecer antes, eras en ese momento un niño desconocido, la encarnación más perfecta del desamparo.

Vida de mierda, parque de mierda, visión de mierda.

Ahí se derrumbó tu fortaleza. Mientras esa visión permanezca bajo mis párpados, no podré verte de nuevo en el castillo, por eso tengo que matarla. Con ella se fijó todo lo que vino a continuación. A mi deseo y admiración por ti se sumó un amor protector que nos ha terminado asesinando. El temblor de esa visión se acostó con nosotros; cuando me amabas como un salvaje, fuerte y poderoso, yo la veía bajo tu piel; cuando te reías con los ojos brillantes, a carcajadas, la veía naciendo de tu boca, al fondo de la garganta. Ella se instalaba en nuestra mesa y comía con nosotros -qué rico, decías tú-, y ella se ondulaba y subía enredada en el vapor que desprendían los spaghetti. Yo la alimenté, la sabía poderosa y la prefería a mi lado porque me ataba a ti más que ninguna otra cosa, más incluso que tu boca, tus manos o tu piel. Era otro enganche.

Ahora ha crecido tanto que te ha suplantado, sólo la veo a ella, maligna, traicionera. Para asesinarla, usaré también su propia arma, la espada que amenaza nuestras cabezas, la degollaré y ahorcaré su esqueleto del abismo para que los buitres la alcancen al vuelo. La victoria será estrepitosa, porque la compasión es una clase débil de amor, es un cristal tan fino que se puede quebrar. Si al romperse, algún pedazo de cristal te corta, te hace alguna herida en la piel, o incluso, si te llega a penetrar y te llega al corazón o al cerebro, tendré que curarte, lo sé y estoy dispuesta, con tiritas y con besos, lo que haga falta. Pero si después de la batalla, la visión no muere, ten claro que el bisturí, el arsenal de sables y cuchillos, la soga, los kilos de goma 2, el aceite hirviendo, el yunque y la nitroglicerina los usaré contra ti. Porque yo, la madre amorosa que te abrazaba en el parque, aquí y ahora, instalada con los pies suspendidos en el abismo, también puedo ser el coyote que actúa rápido y sibilino, contra una visión de mierda o contra un hombre de mierda.

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