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Cuando Óscar vistió de marca
Un cuento de Florentina García Perales

Me vine a Madrid en los años 80, eran aquellos años de la Movida Madrileña, traía unas ganas enormes de volar, veía mi pueblo como algo pequeño, un lugar dónde siempre se hacían las mismas cosas, y donde había pocas oportunidades de trabajo, yo deseaba trabajar y seguir estudiando en la Universidad, recuerdo que solo traía 200 pesetas.
Quiso el azar que la misma noche que llegué coincidiera con un amigo que trabajaba como profesor de inglés en una academia, donde andaban buscando profesores de Taquimecanografía y Secretariado, justo lo mío. Al día siguiente, allí estaba yo, mis deseos de trabajar eran tan grandes que hubiera sido capaz de aprender latín en una sola noche para impartir esas clases.
La entrevista fue larga, yo sola con dos señores que no paraban de preguntarme, cuando vi que casi estaban convencidos me preguntaron si tenía experiencia, mentí, dije que sí pero que no me habían dado de alta en la Seguridad Social, coló, y al día siguiente, ya formaba parte de la plantilla de esa academia.
La juventud y la buena salud, junto con mis 21 añitos hicieron que yo echara una fuerza sobrenatural para prepararme esas clases y trabajar 8 horas diarias con alumnos. Mi éxito fue total, en poco tiempo tenía todas las clases llenas de gente, alumnos de todas las edades. Trabajaba como una mula con salario de mosquito que no me daba ni para pagar un alquiler. Vivía en casa de mi hermana, ella me ofreció un hogar hasta que pudiese ganar lo suficiente como para vivir sola. A pesar de todo me sentía libre y con muchos deseos de volar y tener mi propia casa, deseo que llegué a cumplir unos años más tarde.
Cada día aparecían nuevos alumnos, si había una baja, pronto se cubría con otra persona de la lista de espera que teníamos.
Una tarde llegó él, un joven de 18 años recién cumplidos, quería prepararse para opositar como Auxiliar Administrativo y tenía que dominar entre otras cosas la Taquimecanografía (la informática estaba empezando a despegar),
Se llamaba Oscar, era un chico simpático, muy hablador, ¡Demasiado!, Muy coqueto, usaba colonia y ropa barata, bien peinado, el mismo se cortaba y echaba mechas en su cabello, tenían un ademán un tanto especial, nada más verlo me di cuenta de que era gay, a mí eso, me importaba muy poco o nada. Era muy divertido, en cuanto me veía un momento libre, aprovechaba para contarme sus cosas y agasajarme: que si era muy lista, muy buena… lo hacía porque andaba escaso de dinero y pensaba que la academia era mía y podía pagar más tarde, o quizá llegó a cogerme cariño. Se cobraban los primeros cinco días de mes y era la secretaria la encargada de recordar a los impagados, yo nada tenía que ver en ese tema.
Era el quinto de nueve hermanos, sus padres habían muerto en poco tiempo los dos: primero la madre víctima de un cáncer al que no le hizo caso; luego, al padre le dio un infarto y murió en el acto, fue el Estado quien se hizo cargo de los cinco hermanos pequeños facilitándoles un internado, los cuatro mayores buscaron trabajo y se fueron a un piso alquilado, según iban creciendo los pequeños, los hermanos mayores se harían cargo de ellos, así, cuando el cumplió los dieciocho, se fue a vivir con su hermana mayor, casada y con dos hijos.
Era cotilla, observador… si había algún compañero que le gustaba, me preguntaba insistentemente quien era, ¡Como para no notar sus debilidades!
Oscar dejó de venir, sin avisar, yo misma, obligada por el director, tuve que llamar a casa de su hermana a preguntar qué había pasado. Fue él quien me cogió el teléfono y me dijo que esa tarde vendría a la academia, y que tenía que hablar conmigo, me pidió que lo esperase al final de mi jornada, no me apetecía mucho pero como lo noté un poco triste, le dije que sí.
A las 8 de la noche, estaba en la puerta esperándome, tenía ojos rojos como de haber llorado, noté que estaba muy raro, fuimos a una cafetería, y allí me contó que era gay (no quise decirle que ya lo sabía) su hermana se había enterado y lo había echado de casa, le dio una semana de plazo porque su cuñado intercedió por él. Al parecer, llevaba unos días viéndose con un hombre de 38 años que tenía mucho dinero, y que se iba a casar con una mujer, pero al conocerlo a él, se enamoró de tal manera que había anulado la boda, fue la novia quien despechada llamó a casa de Óscar y habló con su hermana para contarle que su novio salía con el jovencito.
El mes se iba acabando y Óscar no había pagado su mensualidad, en mi centro de trabajo eso no se perdonaba, sé que lo llamaron varias veces reclamando el pago. Una tarde, ya casi a finales de mes, vino a pagar y a darse de baja como alumno, solo entró un rato a verme y despedirse, estaba muy cambiado, ahora su perfume era del caro y sus ropas de marca, de mucha marca, su pelo perfectamente cortado en peluquería, me dijo:
– ¡Adiós!, Ya no voy a volver a la academia, pero me gustaría verte alguna vez.
– ¿Quién sabe? Le contesté.
Se marchó, por la ventana del aula vi que se montaba en un cochazo negro, también de mucha marca, y se fue a toda velocidad.
Pasaron bastantes años, ya eran los 90, me lo volví a encontrar, yo tampoco trabajaba ya en aquella academia. Una tarde, quedamos unos amigos por una céntrica zona de Madrid, entramos en un bar y noté como alguien que al principio no conocí me miraba, era él, estaba cambiado, parecía más masculino, yo no supe que hacer, fui al baño y Oscar aprovechó, vino a mi encuentro, me dio un abrazo y me dijo que se había acordado mucho de mi durante todos esos años, me propuso esta vez quedar un día, y al día siguiente, estábamos en ese mismo sitio, y me contó:
Su vida había sido difícil, su amante mayor al final se casó con su novia, bajo coacción, y dejó de verlo. Durante un tiempo Oscar vivió en el apartamento donde tanto se habían visto a escondidas, él estaba enamorado, no pudo soportar la situación y decidió irse a vivir a otro lugar, para entonces se había acostumbrado al lujo y la buena vida, buscó trabajo como “chico de compañía” y como bailarín en una sala de boys, con ambos trabajos ganó bastante dinero, incluso ahorró, a pesar de que le gustaba mucho el lujo y vestir de marca. Vivió así hasta que gracias a un “amigo” empresario, que se enamoró de él, cambió de trabajo y lo hizo como encargado de una tienda de moda donde ganaba un buen sueldo. Su vida cambió a mejor, y un día, apareció su “Señor Mayor”, el amor de su vida (nunca me dijo su nombre), destrozado y solo, se había divorciado; su matrimonio duró un año, dilapidó mucho dinero y casi se arruinó, por si fuera poco, durante unos cuantos años se aficionó a los jovencitos y a las drogas, también cogió el Sida. Era 1991 la muerte a causa del Sida de Frediee Mercury y la confesión pública sobre esta enfermedad de Magic Johnson conmocionaron al mundo, todos teníamos miedo a esta horrible enfermedad, más miedo que al cáncer. Su familia lo echó de casa, solo su madre a escondidas, le daba algo de dinero.
Narrando esa historia yo pensé que ya no quería saber nada de este señor, ¡Pues no! Todo lo contrario, lo había recogido y ahora Óscar lo mantenía y cuidaba, estaba muy mal cuando lo encontró, su curación fue muy costosa y larga pero el “Señor Mayor” empezó a mejorar.
Yo, con toda mi osadía, le pregunté que si él se había contagiado de Sida, y me contestó:
–No, yo estoy limpio, pongo todas las precauciones, pero le doy mi hombro cuando lo necesita que es muy a menudo, le acompaño al médico, y le suministro sus medicinas, le ayudo a levantarse, asearse, le preparo la comida, y cuando quiere ir a la playa, yo mismo lo llevo a una casita que es mía, saqué el carnet de conducir, vamos en el viejo Mercedes negro, lo único que nos queda de los viejos tiempos, mantengo mi trabajo, y he aprendido a invertir a ahorrar mi dinero, pago casi todos sus gastos, aunque, a veces, su madre nos envía un sobre con dinero, y todo eso lo hago por un solo motivo: AMOR.
No lo he vuelto a ver, han pasado muchos años, andará por los cincuenta, a veces, cuando su recuerdo me viene a la mente, pienso en una persona noble de corazón, porque su corazón, sí que es de buena marca.


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