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El artificiero

Un cuento de El labios

Firma Invitada
5 febrero, 2017

Conocí al Labios hace mucho tiempo, en la facultad de Historia. Las chicas le llamaban así porque tenía unos labios bien dibujados, rellenos y prominentes. Apenas hablaba o hablaba sólo para contar mentiras y nos decía que por las tardes iba a la escuela de artificieros porque quería dedicarse a desactivar explosivos. No tenía intenciones suicidas, pero necesitaba estar cerca de la muerte, decía. Según él, los hombres fingíamos no ver la realidad, pocos sentían que era necesario desactivarla como a la más mortal de las bombas, explotarla o explotar con ella y salir volando. Esto nos lo dijo una noche especialmente habladora y nadie le creyó, ni yo mismo que siempre he sido un poco crédulo. Era uno de esos amigos raros que todo el mundo tiene, que aparece y desaparece y cuya su ausencia repentina procura algo como alivio inmenso y hasta ganas de irse por ahí y llegar a casa de madrugada. Apenas venía a clase, le solíamos encontrar en los pasillos o en la cafetería de la facultad. A veces se hacía el ciego o el invisible, pero otras se sentaba con nosotros y nos miraba como el que cree que no se ha enterado de algo importante, que se ha perdido algo.

Un día, en una servilleta de papel, dibujé la expresión como apretada de su cara, con rayos y truenos sobre su cabeza; él se limitó a mirar de lado el dibujo, con visible desprecio y no dijo nada. Me intimidaba o yo a él, no sé, no tenía amigos y yo no era ni siquiera de los que más le frecuentaban. En las partidas de mus ganaba siempre, sabía mentir como nadie. Por eso la mayoría de nosotros nunca se creyó lo de la escuela de artificieros, pensábamos que se hacía el especial, que su manera de mirar como por delante, nunca a los ojos, era una pose. Recuerdo muy bien que durante una temporada larga llevó un jersey de montañero, con unos borregos bordados en lana gorda entre los zigzag de unas cumbres nevadas. Ese jersey le expuso a las burlas de toda la facultad pero siguió colocándoselo día tras día. Creo que hasta disfrutaba haciendo el ridículo. A todo el mundo le parecía un buen jugador de mus, rastrero y mentiroso, sí, pero también un inadaptado social más entre los que abundaban en la facultad. Siempre iba con un libro en la mano, siempre del mismo escritor: un chileno gravemente enfermo que, según él, escribía la verdad, que sabía lo que era la muerte y las incógnitas que nos conducen a ella sin verlas venir, la violencia y el peligro, todos los límites; y por eso leía sus novelas como las gitanas leen las líneas de la mano, para desentrañar lo que nadie sabe pero puede llegar a conocer.

Le recuerdo también en una de las fiestas de disfraces que celebrábamos a menudo. Las chicas sentían una inexplicable mezcla de atracción y repulsión por él y giraban a su alrededor, alegres como peonzas. Un grupo de ellas se había disfrazado de globos y le habían pedido que él hiciera de globero ambulante; en su mano agarraba los hilos de los globos que se habían prendido con imperdibles en la ropa y durante un rato hicieron su numerito: él las llevaba atadas alrededor mientras ellas bailaban, pero pronto se aburrió del juego y empezó a explotar los globos quemándolos con la punta del cigarro que constantemente colgaba de sus labios. La mayoría se lo agradecimos; sin ellos, de pronto, las chicas parecían desnudas. Trozos de globos de todos los colores salieron disparados por el aire, algunos quemándose con llamas pequeñas. Uno cayó sobre mi y me rozó un ojo. Las chicas se quedaron en mallas y camisetas ajustadas y luego le besaron por turnos. A su apodo le añadieron apellido -Colchón-; decían que sus labios eran gordos, tiernos y que besarle era como mecerse en un colchón suave. Aquella fiesta terminó con él colgándose sobre la caja del ascensor para rescatar a mi novia de entonces, Marta, que se había quedado encerrada. La subió en vilo con un solo brazo a través de la trampilla del ascensor, mientras todos le mirábamos reunidos en la escalera. A los pocos días, Marta me contó que la tarde anterior le había seguido en el metro al salir de la facultad a un barrio de las afueras, hasta verle desaparecer en un edificio alto, casi en ruinas, de un gris muy oscuro que parecía de oficinas o almacenes, pero sin ninguna placa que los identificara. Entendí su curiosidad por el Labios, su salvador, y le propuse medio en broma medio en serio que le siguiéramos otro día, pero ella no quiso. Como sin querer fuimos distanciándonos y dejamos de vernos; a menudo me pregunto qué habrá sido de ella.

Unos meses después de aquella fiesta, esperaba en la consulta del dentista cuando sentí un intenso picor en el ojo izquierdo; al frotarme con los nudillos apareció entre mis dedos un trozo pequeño, como media uña, de plástico azul. Al principio no supe lo que era y me asusté, el plástico era flexible, como de globo y los recordé explotando en la fiesta, volando en todas direcciones y yo rascándome furioso el ojo. Le enseñé al dentista el pedacito azul y me regaló una disertación detallada sobre la fisiología del globo ocular, su flexibilidad y sus capacidades. Ese día me acordé mucho del Labios.

El año pasado me encontré con él durante una de las largas caminatas por el extrarradio que suelo dar de vez en cuando. No le veía desde hacía veinte años, pero le reconocí inmediatamente. Estaba en un parque raquítico con tres columpios y un tobogán, columpiando a un niño muy abrigado, con una bufanda que le tapaba la boca. ¿Más alto?, preguntaba al niño. Pasé por encima de la valla de colores del parque y le saludé llamándole Labios porque no recordaba su nombre. Él me miró confuso, pero amable, deseoso de identificarme. Le dije mi nombre, mencioné a otros compañeros que él sí recordaba y añadí más pistas, anécdotas de la facultad, fiestas y excursiones. Me costó un rato aceptar que no me iba a reconocer, que fuera como si nunca me hubiera visto, ni en la facultad ni en ninguna otra parte. Apenas había envejecido, conservaba sus gruesos labios y la mirada traspasada de algo indefinible, atormentada a ratos, ausente otros. Llegó un momento en el que la conversación resultó embarazosa y hasta estúpida, entre su tenaz olvido y mis esfuerzos por hacerle recordar. Se agarraba a alguna anécdota y mencionaba nombres de otros compañeros y de profesores, y hasta llegó a preguntarme qué tal me iba, si tenía hijos, si me había casado. Le agradecí que fingiera interés por la vida de alguien que no existía para él, pero esquivé con disimulo sus preguntas y no pude evitar preguntarle qué había pasado con su carrera de artificiero. Lanzó una mirada rápida al chaval, me miró con reproche y se calló. En ese momento, una pareja tan abrigada como el niño del columpio, le llamó con urgencia desde detrás de la valla: ¡Pablo! y él se bajó de un saltó y corrió hacia ellos. Miré un momento al Labios, que se limitó a sacar un paquete de tabaco.  En el fondo del estómago se me agarró algo como una tristeza dura y espinosa y la garganta me ardía de sequedad. Necesitaba beber algo y me di la vuelta diciendo adiós con la mano.

En todos los años que han pasado, unos veinte después del episodio del globo azul en mi ojo, he pensado en él de vez en cuando. Pero, desde ese encuentro casual en aquel parque, su recuerdo me persigue; ese niño columpiándose y ese olvidarse de mí me ha creado una certeza extraña y punzante: el efecto insólito de no haber existido como existen algunos, como en otro estado, en otra dimensión, como el Labios, con una fuerza que no tengo, unas capacidades que no siento; ésos que consiguen vivir su vida como si no existiera la posibilidad de no vivirla, de pasar sobre o bajo ella.

Hoy he leído en el periódico que un artificiero ha muerto al intentar desactivar un artefacto explosivo colocado bajo un coche. Coinciden los años del fallecido, 45, con los que puede tener el Labios, y coinciden las siglas de su apodo, L. C., como una burla póstuma. Quizá el Labios haya dejado de existir como dejé de existir yo aquel día en ese parque raquítico. Artificiero o no, inadaptado o no, él pasa por la vida y se le recuerda. Otros, sin embargo, sólo nos filtramos en ella y pasamos de largo, como colados, mientras globos o bombas explotan sobre nuestras cabezas.

 

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