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El guante envenenado
Un cuento de Manzanita

La madre, sentada frente al espejo del tocador, contempla ensimismada cómo se disfraza la niña. Apenas se la ve bajo tanto pañuelo de seda anudado, tanto collar y tanta cadena hasta las rodillas; la falda de zíngara arrastrando por la gruesa moqueta del vestidor.
-Vas de emperatriz de los franceses, estás preciosa, nena, dice. Y qué mayor, piensa. Qué mayor y qué guapa.
La madre se mira en el espejo, coge el peine y se carda el flequillo. “Afortunadamente – piensa con un mechón encrespado en la mano- cada vez se parece más a su padre y menos a mí, que ya ni como madrastra de Blancanieves doy el pego. Pero más que mayor está grande; no lo parece, pero sigue siendo una niña, una niña ingenua, muy infantil todavía”.
-Nena ¿te terminaste las judías verdes?
-Sí, todas- dice la niña despacio, saboreando su mentira. Y entonces se acerca al tocador y observa a su madre. Siempre le ha gustado ver cómo se carda el pelo, cómo coge cada mechón, lo peina muy deprisa y lo deja parado en el aire. Resulta del todo ridícula, se dice, hasta la expresión le cambia y parece una loca.
-¿Me pintas los labios?- pide la niña, mientras la madre moja los suyos en el gin tonic bien cargadito.
-No seas pesada, que tengo prisa, tu padre está a punto de venir a buscarme y mira qué pelos tengo aún.
La niña se da la vuelta y sale del vestidor enfadada, levantando mucho los pies y dando un portazo. Pero al rato vuelve y, con parsimonia, como una estrella de cine en la escena cumbre de la película, se contempla en el espejo mientras se coloca un guante gris que le queda grande. El guante es largo y suave y mamá no tiene ninguno como éste, piensa, tan de fiesta, de esas fiestas de mucho postín, como dicen en los cuentos.
Lo sube por el brazo lentamente, con el placer que da imaginarse la protagonista de una película, encarnar a una princesa, hermosa y radiante. Estira el brazo enguantado y lo desea lleno de pulseras de perlas y brillantes. Y es entonces cuando se da cuenta que su madre aún no ha visto el guante. “Ya verás cuando lo vea”, se dice y mira a su madre sentada frente al tocador. Con todo el cabello encrespado parece que se ha bebido una poción de esas que burbujean y desprenden humo verde. La niña se atusa el pelo con la mano enguantada mientras, por el rabillo del ojo, sigue vigilándola atenta.


-Maldito moño, es difícil, siempre es difícil colocarse un postizo, pero con las prisas y los nervios…, vísteme despacio que tengo prisa- murmura la madre, mientras su hija le pide “esa pulsera de perlas para sujetar bien el guante este que me está enorme y se me cae todo el rato”.
-¡Qué pesada, así no hay manera de arreglarse! pero venga, ven, espera, así, te pongo la pulsera encima del codo para que se sujete mejor ¿ves? ¡Anda! Pero este guante… ¿de dónde ha salido?
La niña, ahora sí, sonríe. “Por fin, ya lo ha visto, se va a enterar, por bruja y por egoísta”.
-Es mío, lo encontré ayer en el coche de papá
-¿En el coche de papá?
-Sí, en el asiento de atrás, tirado en el asiento de atrás.
-A ver, déjame verlo; no me suena de nada, desde luego no es mío. Ante suavísimo, nuevo, con olor a perfume caro de mujer o a mujer cara perfumada. Sí, huele más bien a una de ésas…
No es un tónico, ni un mágico elixir pero, por el ansia con la que la madre se lleva a los labios el gin tonic, nadie lo diría. El tónico de la eterna juventud, la fórmula secreta para tener otra vez doce años, para poder creerse fresca y hermosa y ser la emperatriz de los franceses y no la madrastra de Blancanieves…
A sus espaldas, la niña observa con atención la expresión de amargura de su madre. Enciende la lámpara del techo: no quiere perderse ni un milímetro de su gesto desgarrado. Con la luz, las paredes de terciopelo dorado del vestidor multiplican los brillos de los espejos y los reflejos en el pelo de la niña. Está radiante, con el triunfo pintado en sus ojos. Sólo me falta el último toque, piensa admirándose en el espejo con una corona de diamantes de plástico en la mano que no termina de colocarse porque suena un portazo y “¡Papá, ha llegado papá!”.
La madre se envuelve en una nube de laca que, como una armadura, protegerá su pelo de nuevos desaires. Eso, por lo menos el pelo en su sitio, se dice la madre mientras apura el gin tonic. Y ya se asoman a la puerta del vestidor el padre y la hija, abrazados como dos enamorados, y hay que sobreponerse, total no es la primera vez ni será la última. Mira, ya ni se me corre el rimel, me estoy volviendo una profesional, piensa y responde a su marido, no es nada, la laca, siempre me pasa igual, que me entra en los ojos y me hace llorar. Desde la puerta, él la mira sólo un momento y como de refilón antes de perderse en la contemplación de su hija.
La niña se admira otra vez en el espejo, con el guante bien escondido entre los pañuelos multicolores, no lo vaya a ver papá y se moleste.
El padre la contempla absorto y ella, coqueta, pregunta:
-Espejito, espejito ¿quién es la más bella del reino?


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