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El imperio contra León

Un cuento de Atahualpa

A León le gusta que le miren mientras juega y en el bar hay verdadera expectación. Por eso, aunque no lo parezca, León está disfrutando. Algunos se han acercado hasta formar un corrillo y otros le observan con disimulo desde la barra. El tapete verde brilla bajo la intensa luz de dos lámparas suspendidas sobre la mesa. Sólo quedan tres bolas y una de ellas es la negra. León no mueve un músculo, sólo sus ojos rasgados registran un leve parpadeo. Sabe que, aunque sea por un rato, ha dejado de ser invisible. De las paredes cuelga diversa parafernalia de significado desconocido para él: unas flechas con un artilugio extraño, fotos de orgullosos prohombres de la patria, trapos de colores clavados con chinchetas.

León está tranquilo, impasible, se toma su tiempo, con su poncho de alpaca y sus uñas llenas de tierra. Nadie le quita ojo. Esperan su turno para jugar con él y ganarle. Pero ninguno de ellos -la mayoría camisas azules con el pelo engominado- sabe que todo está amañado.

León rodea la mesa despacio, dueño de la situación. Los demás se apartan y le hacen sitio y es entonces cuando hace una concesión a su público y arruga la frente como parte de la pantomima. Eso es lo que se espera de él, un mínimo de preocupación, un cierto miedo, un respeto. Porque, al fin y al cabo, qué hace un cholito jugando al billar, qué hace un indio vestido de indio haciendo carambolas imposibles, qué hace ahí, encaramado con dificultad sobre la mesa de caoba en el bar de los afiliados. Un espacio privado y casi secreto, sólo para nostálgicos de imperios en los que no se ponía el sol y de patrias que nunca existieron.

Pero León, que no piensa en patrias ni en imperios, está a gusto. Apoya una mano en la mesa, se echa para atrás su pelo largo. Un par de chicas cuchichean sin dejar de observarle y su contrincante camina cabizbajo, de un lado a otro como si dudara en salir corriendo o continuar con la partida. León coge la tiza y se entretiene un rato en empolvar la puntera del taco pero con tranquilidad, no es cuestión de desperdiciar el momento. Sueña con algo así desde hace mucho tiempo, desde sus primeras partidas en el Cuzco, jugadas a escondidas cuando cerraba el bar de turistas en el que trabajaba de camarero.

Y ahora es a él a quien le sirven, aunque sólo sea en noches como ésta. Ahí tiene su copa que apenas ha tocado. Da un sorbo y a través del cristal lanza una rápida mirada alrededor para calibrar si el grado de expectación se mantiene. El corrillo se ha apretado y la barra se ha quedado vacía. Desde allí el jefe le confirma con un gesto que adelante, que todo va bien. León se permite una sonrisa de lado, esta vez le toca ganar. No hay establecido un promedio, pero esta vez le toca. Según lo vea el jefe, según el ambiente, las peleas, la caja… Porque, en un bar, ganar da sed, siempre hay que celebrarlo, pero claro, para que ganar sea ganar, de vez en cuando, hay que perder y ahí entra León en su doble papel de animador-camarero, que unas veces gana y otras, la mayoría, pierde. Además, la cosa no deja de tener su aliciente porque ganar a un indio orgulloso, que domina los movimientos de las bolas de billar como un emperador a su ejército de mestizos, no es cualquier cosa.

En la mesa la bola negra no puede estar mejor situada, pero la 4 rayada está casi inaccesible, a medias tapada por la negra, pegada a la banda y a punto de resbalar por la tronera prohibida. La jugada ideal para lucirse. León mira fijamente el tapete aunque se sabe de memoria la colocación de las bolas pues ha sido él el que las ha puesto en su sitio. Empuña el taco, se inclina sobre la mesa y su pelo, de tan negro, brilla azul bajo las lámparas de flecos. Entorna los párpados, sus ojos se vuelven dos rayas oblicuas y, en una fracción de segundo, choc, el sonido redondo del marfil con marfil. La bola aún gira mientras cae por el agujero cuando su contrincante tira el taco al suelo y sale por la puerta.

La negra, en cambio, ni se ha movido. Ahí está, como esperándole. León se pasa la lengua por los labios como relamiéndose y una de las chicas le imita inconscientemente. Envidia y algo parecido al odio flota en el ambiente y a León le tiembla la barbilla de placer. Miren al cholito qué bien se defiende. Casi tiene que trepar a la mesa para tirar y luego es como un tigre sobre su presa. Sería más propio decir un león, pero y qué: un cholito más en la ciudad, un recién llegado poco llegado y mucho recién; alguien insignificante pero con las maneras y la actitud de los orgullosos emperadores que dominaron su tierra.

Sin embargo, León no es ningún emperador. A los emperadores se las dejaban todas colocaditas, disciplinadas y obedientes. Pero tampoco importa, León no necesita ayuda, se basta solo. Con un golpe seco, la negra desaparece y, con ella, los pocos que aún quedaban mirando. Se lleva mal el perder… Pero, eso sí, todavía, de alguna manera, las cosas no han cambiado tanto. A León le toca ahora volverse invisible, recoger las copas, limpiar y cerrar el bar. Es a él a quien le toca olvidarse de que muchos le miraron y algunos, incluso, le admiraron, aunque sea por un rato y aunque sea engañados.

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