YOLD TE PUBLICA. Un espacio para tus cuentos y relatos.

Gruta 77

Un cuento de La Pelos

Firma Invitada
13 febrero, 2017

“… nadie baja vivo de la cruz”.
Queremos tanto a Glenda (Julio Cortázar)

 

 

Frente a la puerta del Gruta 77, el chaval tira el cigarro a medio fumar porque es su primer concierto y no es cuestión de perderse nada. Aplasta la colilla contra el suelo con la lentitud y seguridad del pistolero que entra en la cantina a jugarse la vida. Sólo que la cantina no está en el Oeste y es Madrid la ciudad sin ley.

 

El chaval mira un instante su reflejo en el cristal de la puerta y se ve serio y concentrado. Es una ocasión solemne. La entrada en la mano y su mensaje escueto: Bella Bestia, 26 de abril. Nada más y nada menos, se dice el chaval, eso sin contar con que el Gruta no decepciona; por dentro es tal y como se lo había imaginado y se ha imaginado muchas cosas. Al primer concierto de la vida de uno no se va todos los días -la Orquesta Acuario del verano pasado en el pueblo no cuenta como concierto, claro que no- y las ganas acumuladas casi duelen.

 

El chaval tiene las pupilas bien dilatadas por las luces oscuras, la oscuridad luminosa de la sala de conciertos, el humo flotando como una nube con aroma a costo del bueno. Las melenas sudorosas de los asistentes son una seña de identidad y también una buena protección contra las inseguridades más elementales, incluso las propias de un chaval como éste. Y es que la sensación de triunfo que regala una mentira que cuela fácil -los padres creyéndole en casa de un amigo- no ha logrado aplacar la confusión ni los nervios, el deseo aplazado tanto tiempo, la conmoción de la escapada al ruido, la furia de la admiración a un ídolo, Pancho, la mejor voz del heavy español, eres grande, tío, el más grande, no me vas a decepcionar y, a todo esto, la entrada aún en la mano temblona, ¿qué hago, la pego en el álbum o la cuelgo en la corchera? De momento, una birra.

 

Mientras camina hacia el bar, el chaval finge haber hecho ese recorrido cientos de veces, pero si hay hasta guardarropa, aunque yo la chupa no me la quito, en el centro de la espalda el bordado de mamá nos maquillamos como mujeres, follamos como hombres y tocamos como dioses. Aún no lo tapa la larga y espesa melena -los rizos oscuros tan parecidos a los de Pancho-, la mejor forma de conseguir que el camarero no pregunte si con el café quieres también un donuts.

 

Con la cerveza en la mano, el chaval se aproxima al escenario, elige bien el sitio, lo más cerca posible, apretado entre la gente y apoyado en una columna al lado de un bafle, que aquí no se me escapa ni una nota, ni un gesto de Pancho.

 

El público se impacienta, es duro esperar la salida al escenario de tu banda de rock preferida, de la banda mítica con nombre de monstruo hermoso, Bella Bestia, con Tony Acebes y Pepe Rubio en la guitarra, Pepe Mari en el bajo, La Bestia en la batería y Pancho, claro, la voz cavernosa que va a rebotar contra las paredes del Gruta como un eco furioso, va a atravesar la nube de humo que planea sobre el público entregado y a penetrar hasta el mismísimo estómago de cada uno de los asistentes. La música para ambientar la sala, Mötley Crue, dibuja curvas eléctricas en los cuerpos de algunos que bailan ya y, para curvas, las de la novia de Pancho, pantalón negro de malla, pelo negro de leona y ojos negros como boca de lobo. Mira que está buena la hija puta, piensa el chaval, parece que se va a deshacer de lo buena que está, no me extraña que Pancho le dedique todas las canciones, que si Paloma tal, Paloma cual, qué poco le va el nombre, si tiene pinta de arañar, de ser de ésas que hacen pupa, pero ella fuma inocente a su lado, apoyada en la misma columna que el chaval y busca a alguien con la mirada. Él se enciende un peta que traía de casa ya liado y mira de reojo el culo embutido a presión en la malla, tan redondo como la embocadura de una guitarra.

 

El humo de los cigarrillos sube y engorda la nube gris sobre el público que no para de entrar y llenar todos los rincones. Se oyen los acoples altisonantes de las pruebas de sonido y basta que alguien suba al escenario a recolocar un cable para que el público se agite, silbe y se inquiete, parece que empieza ya, pasa media hora de las diez, qué empiece ya y el chaval no aparta la mirada del escenario cuando se insinúan ya las primeras hilachas del humo de hielo, los acordes de “Súbete a mi piel” y la voz de un Pancho invisible, entre bastidores, llenando el Gruta, “Esta noche no podrás volver, la tormenta cortó las calles…” rebotando en las paredes y en la caja torácica de la masa vociferante que corea “es el destino, mi buena suerte, tengo un sitio para ti”, La Bestia haciendo saltar los platos de la batería y Pancho que entra desde un lateral a la carrera, se desliza y cae de rodillas en el centro del escenario comiéndose el micro “súbete a mi piel esta noche, métete en mi piel” y luego, besándolo, chupándolo con su larga lengua húmeda. “Súbete a mi piel” canta también el chaval y Pancho se levanta de un salto, se deja ver bien, la melena bailona al ritmo de la guitarra que ahora es la protagonista y primero se contonea con los agudos y luego se retuerce y gime como una mujer bien follada.

 

Y la que también se retuerce es Paloma, el chaval la mira estupefacto, porque ella le está metiendo la lengua en la boca al ex cantante de Niágara que ha aparecido de repente a su lado. El tipo, mientras, le masajea el culo como un panadero trabajando una hogaza esponjosa.

 

Y la vida debe ser así de rara, piensa el chaval, porque a Paloma no parece afectarle que Pancho le esté dedicando una canción en ese mismo instante: “para mi Palomita” y pasea la mirada entre el público, buscándola. Pero ella ni se inmuta porque ahora el de Niágara le magrea las tetas a dos manos y eso, ya se sabe, provoca una fulminante sordera temporal y muchas ganas de meter la lengua en la boca de alguien y el afortunado es el de Niágara, que se la está merendando mientras Pancho, a lo suyo, se arranca con “Hoy me decidí, me voy al cielo, quiero ver el sitio donde nunca iré”.

 

Y al chaval le crece la sorpresa, pero este tío no se entera o qué, a lo peor es que no se quiere enterar, el de Niágara se está comiendo a su novia y el otro que si “Mira hacia arriba y observa el cielo estrellado”. De hecho nadie parece enterarse, la famosísima novia del cantante, a la que están dedicadas todas y cada una de sus composiciones, se está enrollando con otro a ojos de todos sus admiradores y ellos flotan hipnotizados como la nube de humo letárgico.

 

Con los ojos cerrados qué fácil es no ver fantasmas, canta para sí mismo el chaval que no sabe qué pensar porque parece mentira que no les vea, ahora, mira ahora Pancho, ya, mira, todos los focos encendidos, el haz de luz que se pasea por las melenas al viento, el público entregado, bailando y cantando “Por fin veo algo en una nube, un mensaje, una invitación”; una ola de pelos que se mueve en perfecto acompañamiento del solo de guitarra que se está marcando Tony, Dios, qué bueno, “arder, arder, voy a arder, fuego en la sangre”, y la puta esta que no se despega del de Niágara y me pide una caladita de eso que huele tan rico, mejor sabrá le digo yo y le ofrezco el canuto y, al cogerlo, me roza las puntas de los dedos mirándome a los ojos y me dice te pareces un poco a mi novio y yo miro al de Niágara, que es rubio y paliducho y no puede ser, yo renegrío y más guapo, se referirá a Pancho entonces. Ella me mira y se ríe por mi confusión y parece una puta riendo mientras se da la vuelta y me vuelve a presentar el culo para que lo admire y el rubio, de repente, se esfuma y parece que ella se me acerca y ahora es Pancho el que gime “siéntelo, siéntelo, me estás amando” y no sigamos por aquí que esto no se lo puede hacer yo a Pancho, que no es un amigo pero casi, y además que esta tía es mucha tía para mí y no te acerques más que me muero por arrimarme a ese culo tan rebosante y sí, la vida debe ser muy rara, porque son escasos los centímetros que separan al chaval de la malla negra y redonda, pero parecen ríos, mares o continentes que, sin embargo, se pueden salvar de un salto, basta tener cuidado al abrir las puertas batientes de la cantina y echar una rápida ojeada al interior del saloon. El chaval, que se está poniendo nervioso, necesita un asidero, algo donde agarrarse y recuerda la entrada; allí, junto al nombre de Bella Bestia y la fecha del concierto, tendría que figurar algún aviso; alguna advertencia como las que aparecen en los envases de papel de fumar: sólo quedan cinco papelillos. Cosas así se agradecen, tranquilizan… un tipo desconocido, el diseñador del envase, ha pensado en lo jodido que es estar tirado en tu cama, ir a liarte un peta y descubrir que no queda papel, ¡joder! Consuela pensar que alguien, por ahí, se ocupa de eso, cuidado chaval, que tienes que comprar papelillos, cuidado chaval con este concierto, cuidado que traicionar y ser traicionado duele, cuidado que la posesión de esta entrada no salva.

 

Por eso, el chaval pega la espalda a la columna y piensa que nadie le ha avisado de nada, que en la entrada no se mencionan los efectos secundarios, que este sabor amargo a desilusión no figuraba en el programa y que, para ahuyentar el desencanto rápidamente, le basta extender un poco el brazo, abrir la mano y acariciar la curva cerrada de la nalga perfecta de Paloma, que ella sabe que tiene y por eso se vuelve y sonríe y Pancho, vociferante, sigue a lo suyo, que pareces tonto tío, y es suficiente acercar un poco más la mano, los dedos hormiguean de deseo, total, así un poco como el que no quiere la cosa, por accidente…

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