Mundo Yold. Preparados para la vida moderna: ¡Cómo hemos cambiado!

San Google, el móvil y las cosas sin las que no sabemos cómo pudimos sobrevivir

Inés Almendros
13 febrero, 2017

Aunque ahora nos parezca mentira, la gente yold nacimos y sobrevivimos muchos años sin teléfono móvil y sin internet. Nuestras madres compraban las espinacas sin congelar, no había chinos y en el viaje de vacaciones al pueblo era larguísimo. Pero… ¿cómo pudimos vivir así? Hoy en Gente Yold nos hacemos esta trascendental pregunta.

Mi primera máquina de escribir, en mi primer empleo como redactora, era una auténtica maravilla de la tecnología: una Olivetti eléctrica Línea 98 en la que literalmente los dedos volaban; algo increíble, el eslabón perdido entre esas antiguas máquinas manuales que había que engrasar, incompatibles con una manicura cuidada, y el primer PC que llegaría después. La máquina eléctrica, como tantas otras cosas, ha sido uno de los escalones que hemos ido ascendiendo todos los que estamos en la mediana edad, y que nos ha conducido de un mundo básico y rupestre hasta la avanzada tecnología que, a día de hoy, domina casi todos los aspectos de nuestra vida. Sí, nuestra infancia y juventud fue más sencilla y sin duda artesanal pero, sinceramente, ¿cómo pudimos vivir sin los objetos y aparatos de los que hoy no podemos prescindir?4

Las mamás de los 70 tuvieron que frotar y frotar y frotar…

Sin congelados ni microondas
Allá por los años 60 y 70, las mamás españolas todavía solían ocuparse de las tareas del hogar. Aún eran pocas las que salían fuera de casa para trabajar. Pero, ¡cuidado! El trabajo de ama de casa por aquella época poco tenía que ver con los de ahora (sin quitarle el mérito que siempre entraña la cosa doméstica). El ama de casa de los setenta era dura como un minero y hacía jornadas maratonianas, cuya dificultad se multiplicaba por cada vástago que había en el hogar. En los tiempos en los que aún no se había inventado el microondas, el desayuno requería cocer la leche, que venía en botella de cristal, cuyo casco había que ir a devolver.

“El ama de casa de los setenta era dura como un minero y hacía jornadas maratonianas”.

Las fantásticas comidas que todos disfrutamos se elaboraban con mucho más esfuerzo del que pone hoy cualquier chef televisivo. Por ejemplo, las verduras del mercado llegaban llenas de tierra, que había que limpiar  y también pelar, además de guisar.

Green juicy useful spinach leaves in the garden

Las espinacas de nuestras madres eran un poco más difíciles de procesar que las de ahora.

Algunas conservas y precocinados había, pero nada que ver con el delirio de ahora. Los congelados eran pocos y escasos, solo con el tiempo comenzaron a llegar a nuestros hogares las espinacas limpitas, hechas un bloque, directas para la cacerola. En aquella época, las gloriosas madres de España se dejaban las horas limpiando y procesando alimentos auténticos y naturales, pero que no facilitaban la vida precisamente. La dificultad se añadía con las viejas cocinas eléctricas y sus hierros que había que limpiar a base de frotar y frotar cada vez que la leche o el café los se derramaban. ¿Y quién no ha visto a su madre restregando puños sobre la tabla de lavar? Poco a poco, las lavadoras, las aspiradoras y otros electrodomésticos fueron cambiando la forma de trabajar en la casa, pero hay que reconocer que nuestras madres eran unas heroínas. Por cierto, tampoco había tiendas a veinte duros ni productos baratos de los chinos. Si se te rompían las medias de nylon había que llevarlas a coger los puntos. La manicura se hacía una vez al mes con lacas que vendían en la droguería, con cuyo olor a trementina se podía marear toda la familia. Los productos de aseo y belleza eran casi como objetos de lujo, así es que comprarse un perfume, un pintalabios, era un feliz acontecimiento para disfrutar.

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Que te tocase un 600 superaba cualquier delirio imaginable

Cinco horas a Valencia
En aquellos tiempos, para las afortunadas familias que ya disponían de un “utilitario”, las vacaciones de verano suponían una singular aventura. El trayecto Madrid-Valencia, por la carretera nacional que pasaba por Motilla del Palancar, podía durar todo un día. La velocidad máxima del Seat 600 L (1972) era de 115 kilómetros por hora. Las carreteras de entonces aconsejaban ir bastante más despacio. Como si fuésemos a viajar a la otra punta del universo, toda la familia nos metíamos en el pequeño automóvil y allí pasábamos el día, parando varias veces a comer los bocatas que la madre había preparado. Llegar a Benidorm era como llegar hoy a Tasmania. Y si no tenías coche, la cosa empeoraba; sin AVES, y con el avión restringido a los más acaudalados, lo normal era coger un autobús que solía hacer giras por todos los pueblos de la provincia, repartiendo al personal en las paradas del centro de la localidad. Aquello sí que era un tour cultural completo por la provincia. Tardabas dos días en llegar a tu destino, pero entre medias contemplabas la plaza del pueblo de todas las villas de las provincias que te pillaran por el camino. ¡Ah! y tampoco había GPS. Los más preparados tenían el mapa del MOPU o de Michelín, que acababa con las páginas rotas. Muchos de esos mapas siguen aún en nuestros coches.

“Llegar a Benidorm era como llegar hoy a Tasmania”.

Viviendo sin la Visa
En esta época de nuestra vida en la que, con un trozo de plástico podemos ir a cenar tranquilos, aunque no tengamos un duro en el bolsillo (incluso tampoco en el banco), cuesta recordar cómo nos movíamos antes de que nacieran los cajeros automáticos. La única forma, claro, era peregrinar hasta la sucursal del barrio, calcular muy bien nuestra necesidad económica para unos días, y sacar la libreta mágica. Esa en la que te apuntaban lo que te llevabas, marcando una raya fija en nuestra conciencia que, desde luego, nos enseñaba mucho mejor a ahorrar. Muchos de nuestros padres siguen utilizando esa costumbre, que tal vez jamás debimos perder: la posibilidad de tirar tan fácilmente de “cash” que nos trajo el cajero automático nos concedió la oportunidad de gastar bastante más a la ligera. El día que los bancos nos pusieron tan fácil lo de sacar dinero y gastar en cualquier momento, en cualquier oportunidad, ha acabado con la posibilidad de que los ciudadanos medios del mundo entero, ahorremos. Así, en general.

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Como los viejos roqueros, las viejas máquinas de escribir tampoco mueren

Palabras que no se borraban
Regresemos a nuestras viejas máquinas de escribir. Para los que estudiamos y luego trabajamos con estos maravillosos mecanismos, el salto al PC supuso, sin embargo, la definitiva y auténtica conquista del futuro. Por muy bella y moderna que fuera, la máquina de escribir siempre fue un notario implacable que reflejaba fielmente aquello que habías escrito, incluso los errores, claro está. Por eso, cuando descubrimos que en el PC cualquier escrito se podía borrar, copiar, cortar y pegar, la vida nos cambió por completo. Por eso, hoy mirando mis viejas y amadas máquinas de escribir, me pregunto ¿cómo fue tan largo nuestro amor? Y sobre todo, ¿cómo me fue posible llegar a escribir, con cualquiera de ellas, un documento entero, de un tirón? Sinceramente, no puedo recordarlo. Sólo sé que, si tuviera que hacerlo ahora, no podría. Pero no hace tanto, digamos 25 años, yo era capaz de redactar folios y folios sin cortar, ni borrar, ni pegar y sin apenas manchas de típex, sin apenas fallos, sin apenas un error.

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¡Cuantas llamadas llenas de recuerdos a través de nuestro Heraldo!

Cuando el teléfono no se movía
Y si el PC nos trajo un mundo nuevo para escribir, el teléfono móvil nos trajo un artefacto para reinventar la forma de vivir. Aquello sucedió a finales de los años 90, a principios del 2000. Hasta entonces, nuestro teléfono era un Heraldo con un cable ondulado bien hermoso que le tenía prisionero, bien fijo a la pared. El móvil no iba con nosotros: nosotros íbamos a verle a él. En casa, en la oficina; algunos privilegiados, en el dormitorio, o en alguna de aquellas cabinas inolvidables de la calle, una de las cuales sirvió para la terrorífica película de José Luis López Vázquez.

“La primera reacción de casi todos nosotros fue criticar el aparato, criticar al dueño, criticar el estúpido hecho de hablar por teléfono en la calle”.

Pero un buen día, desde el otro lado del Pacífico, alguien configuró una especie de zapatófono como el que llevaba Anacleto, con el que podías hablar en cualquier lugar. Por supuesto, la primera reacción de casi todos nosotros fue criticar el aparato, criticar al dueño, criticar el estúpido hecho de hablar por teléfono en la calle. Criticarlo todo. Un par de años después, uno por uno, habíamos sucumbido a la novedad, y nos habíamos agenciado alguno de aquellos primeros móviles, casi más grandes que nuestro brazo. Poco a poco y en muchos casos, lo hemos convertido en una extensión de nosotros mismos, y nos preguntamos: ¿cómo podíamos vivir sin recibir llamadas, ni noticias, ni hacer selfies?, ¿cómo nos las apañábamos si habíamos quedado y llegábamos tarde?, ¿cómo nos encontraban para algo urgente si estábamos en la calle? La respuesta es igual de sencilla que de tenebrosa: no nos encontraban. Claro que, bien pensado, tal vez era mejor así.

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También la música se quedaba en casa, no se movía, sólo giraba en los tocadiscos y las casetes

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Los receptores de radio también han sido superados por otras tecnologías

San Google y el cielo de internet
Y por fin, la madre de las revoluciones. Un buen día nuestro ordenador se conectó a la red: un sitio donde, al parecer, ya estaba enganchado medio mundo. Y sobre la pantalla apareció la palabra mágica: “Google”. Un oráculo divino al que consultar para saber todas las respuestas, como llegado desde las mismas mil y una noches; como aparecido de entre los dioses, desde entonces, San Google nos ilumina sobre todo aquello que queremos saber.

“Google: un oráculo divino al que consultar para saber todas las respuestas, como llegado desde las mismas mil y una noches; como aparecido de entre los dioses”.

Pero eso sí, Google, que en esto no es tan santo, también nos espía, contabiliza nuestros datos, recoge todo lo que buscamos, nos sigue allá donde vamos, y archiva todos y cada uno de los movimientos de nuestra vida. Pero nos da lo mismo: no podemos imaginarnos la vida sin este Gran Google Hermano que todo nos lo da y todo nos lo quita. ¿Cómo pudimos estudiar sin Google?, ¿cómo sacamos nuestra carrera sin contar con su oráculo?, ¿cómo consultábamos los datos al redactar nuestros trabajos?, ¿de veras teníamos que verificar en libros los nombres, apellidos y fechas de nacimiento de los personajes de la historia?, ¿cómo llegábamos a nuestras citas antes de que apareciera el Google Maps?

George Orwell que estás en los cielos, acuérdate de nosotros, no nos dejes caer en la tentación, no nos dejes sin Google y líbranos del mal…

 

Inés Almendros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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