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La espera
Un cuento del Violinista en el bosque

Abro las ventanas de par en par, quiero que se escapen las notas del réquiem que aún estremecen las paredes del estudio. Al interpretar la última partitura, me han temblado las manos con una perturbación anormal. Por las ventanas abiertas, el aire húmedo del bosque entra y me acaricia la cara, me rescata de la música fúnebre y sus sombrías alarmas. Me siento liberado y salgo del estudio relajando los dedos, las yemas de la mano izquierda enrojecidas por el trabajo con las cuerdas, la derecha rígida de sujetar el arco.
Fuera de la casa, las babosas pasean su saliva plateada por el camino de la huerta. Paso entre ellas con cuidado pero piso un cuerpo blando y peguntoso, lo desprendo de la suela con cuidado, me agacho y observo la masa aplastada y, como otras veces, me asalta la sorpresa de la muerte con su bofetada pringosa. Durante unos segundos contemplo con estupor el cadáver y luego salgo del huerto, cruzo la verja y camino hacia el bosque tan inquieto como cuando rematé el último acorde del réquiem. Pero deseo alejarme de todo eso y, para tranquilizarme, miro alrededor, veo las praderas, las suaves montañas y me digo que existen los caminos inofensivos, los que transitan por apacibles campos, por bosques en contacto con el cielo. A ellos me dirijo.
Respiro hondo, me interno entre los castaños; al pisar la alfombra de hojas secas, su música hojaldrada me alivia y libera la tensión de mis dedos. Me lleno los pulmones de aire oscuro y levanto la vista. Los tajos de cielo rojo entre las ramas incendian las hojas más altas y el bosque parece estar a punto de arder. Atardece lentamente, como todos los días. Las sombras de los árboles son ya largas y espesas, el viento las mueve como en una pavana lánguida que se interrumpe de pronto cuando unos gritos rasgan el aire y se cuelan entre los castaños. Parecen venir desde un claro que se abre al valle. Son chillidos agudos, alarmantes, en mi menor. Corro hacia allí y enseguida distingo a un grupo de excursionistas concentrados en torno a un agujero en la tierra. Hay un ir y venir acelerado, confusión de cuerdas y órdenes encontradas, se gritan instrucciones, niños se asoman sobre la mancha oscura abierta como una herida. Al acercarme percibo nuevos gritos que brotan de sus honduras: un niño llora, aúlla en un tono espantado que me estremece. Me asomo yo también a la zanja negra. No se aprecia su profundidad, queda oculta entre las ramas desvencijadas de una vieja morera que se inclina sobre la fosa; sus brazos tupidos impiden el paso de la escasa luz que le queda a la tarde. Al fondo sólo se adivina una pálida mancha blanca que, imagino, es el rostro del niño. Percibo el fétido olor a tumba que emana del hoyo, un hedor a tierra húmeda que me cierra la garganta con una nausea; en un vértigo repentino, mis pies bailan ante el abismo, temblorosos por los chillidos del niño. Siento el aliento del bosque en la nuca y oigo con claridad los latidos de mi propio corazón.
Alguien me tiende una cuerda que serpentea entre mis manos nerviosas. Como en un sueño, me la anudo a la cintura y comienzo a bajar. Me agarro a las ramas de la morera y llueven hojas verdes en la bajada. Desciendo a trompicones, resbalo, me balanceo en el aire viciado y negro; un peñasco se desprende por encima de mi cabeza y me raspa la mano derecha en su caída. De las falanges a la muñeca me fulmina un zarpazo de dolor y me detengo unos instantes. En la negrura silenciosa percibo una respiración entre gemidos que parece brotar de algo corrompido, infecto, nacer desde el interior del bosque o desde la garganta de la tierra.
Continúo la bajada entre jadeos, pataleo en el aire mientras me ayudo con la mano ilesa; cada vez me cuesta más respirar, el aire es denso y pastoso, la tierra levantada tarda en asentarse y noto en la garganta polvo y una humedad viscosa. El niño no tose, es un bulto oscuro que llora y murmura lamentos incomprensibles; emite un gorgoteo que me trastorna y me asaltan ideas extrañas: pienso que el niño se queja como si tuviera gusanos en el cerebro y tierra en la boca; tengo miedo y siento que lo que estoy haciendo tiene algo de inmolación sin sentido, que aunque no lo sepamos siempre hay algo que nos espera a la vuelta de la esquina, en la tranquilidad de un estudio o en la cueva de un bosque. Miro hacia abajo y busco al niño: percibo la mancha blanca con mayor nitidez y escucho la reverberación de la oscuridad. Por fin toco un suelo blando, gelatinoso y con un pie doy en algo que noto caer. Entonces el niño gime con una angustia escalofriante y le siento moverse entre mis piernas, buscar algo, remover la tierra; le oigo bracear apartando las rocas y las ramas que nos han caído encima. Una nueva avalancha de tierra se desprende de alguna parte y me tumba. Bajo mi cuerpo queda sepultado el del niño que culebrea y da patadas hasta que consigo levantarme tambaleándome y agarro lo que me parece un brazo o una pierna, tiro y lo desentierro como a un tubérculo tierno. Me desanudo la cuerda de la cintura e intento colocársela pero se me escurre entre los brazos y vuelve a reptar por el suelo. Le busco a tientas y siento que nada en la tierra cada vez más profundo, sus movimientos tienen algo de larvario, se pliega y frunce como una lombriz hasta que con unos grititos de júbilo se levanta. Lleva algo que parece blanco entre las manos -una caja, quizás-, pero no quiero preguntarle nada, me da miedo su voz de larva.
Desde arriba llegan gritos angustiados que el niño no parece oír. Cuando por fin consigo anudarle la cuerda a la cintura, tiro del cabo, le cojo en brazos y empujo piernas y pies sobre mi cabeza. Alguien ha encendido una linterna que apenas alumbra. Le suben con torpeza y yo me quedo sólo en el pozo, vivo entre toneladas de tierra con la única compañía de gusanos y bestezuelas similares. Tardan en tirarme el cabo de la cuerda y empiezo a temblar de miedo. Tardo yo más en lograr hacerle un nudo con la única mano sana, aunque temblorosa, y logro amarrarla alrededor de mi cuerpo casi asfixiado. Me izan despacio, con pausas descontroladas que me sacuden contra las paredes del pozo.
Arriba también ha oscurecido, los rostros de los que se asoman son siluetas negras recortadas sobre el cielo gris noche. Débiles brazos me ayudan a trepar el último metro y me derrumbo sobre la tierra sin aliento, pero ya a salvo, en el aire del bosque.
Miro alrededor buscando al niño, pregunto por él, me señalan una figura pequeña y negra que una mujer abraza, besa y limpia con la coordinación de movimientos de un virtuoso director de orquesta. Me acerco a ellos. El niño está de espaldas, me arrodillo a su lado y le busco la cara, lo agarro por los hombros y en su rostro tiznado distingo el prominente labio inferior sucio de tierra y babas y dos ojos como linternas encendidas a las que me aferro casi en trance. Su expresión ausente me hipnotiza, siento un horror lleno y algo como escarchado parece querer invadirme: un vuelco, un pliegue, algo indefinible quiere penetrar en mi mente. Siento la tierra del revés, el tiempo del revés: hace sólo unos minutos, en la tranquilidad de mi estudio interpretaba el réquiem, que sigue retumbando en mis oídos igual de tenaz y lúgubre, y ahora, que estoy en el corazón de un bosque oscuro, siento que vuelvo a él, al estudio, a sus cuatro paredes cerradas, que aún no he salido de allí, siento que todo es una pesadilla a la que tengo que enfrentarme, que la caja de cartón que el niño me tiende ahora con sus manos blancas es un aviso terrible de lo que llegará, un interludio. De la caja se escapa un repugnante murmullo, un rumor pútrido y laborioso que estalla en mis oídos. El niño me mira aunque parece no verme, agarra una esquina de la tapa agujereada, la abre y me enseña su interior. No me atrevo a mirar y al niño se le escapa una risita. Intento dominarme y escruto sus ojos inexpresivos pero ardientes y vuelvo a sentirme en la fosa, a punto de hundirme en el centro de la tierra, de ser absorbido por las tinieblas y masticado por sus hambrientas criaturas. Siento la caja deslizarse entre mis dedos y despacio me asomo a su interior. Culebreando, reptando en un mar de hojas de morera, los gusanos se retuercen y comen vorazmente. Uno trepa y comienza a ascender por mi dedo pulgar, sabio y a la vez inconsciente, con el automatismo hambriento de su especie, aguardando su momento, el momento en el que terminará esta espera.


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