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La piedra

Un cuento de Max Madera

Firma Invitada
31 marzo, 2017

Tengo una piedra que ha dejado de crecer. Creció y creció durante una temporada y ahora encoje cada semana. Está en la nevera; la he metido en el cajón de las verduras porque ya no sé qué hacer con ella. Cuando la encontré en la playa, hace ya tiempo, me llamó la atención su forma de queso manchego en miniatura. En casa la coloqué en una balda junto a otras piedras de mi colección y su sitio se le quedó pequeño enseguida. Entonces pensé que era más grande de lo que me había parecido en la playa, que no me había fijado bien en su tamaño porque, a pesar de que es como a mí me gusta que sean las piedras, tan blanca que casi se transparenta, no estaba entre mis  favoritas (las tengo muy especiales, de formas extrañas; una parece un águila ratonera, otra es una pera, otra un falo perfecto; algunas son lisas como la cola de los ornitorrincos y otras, tan ásperas, que arañan la retina si las miras mucho tiempo). Pero ésta era una piedra aparentemente normal y como apenas me importaba, la cambié sin más a la librería, en un hueco entre los marcos de fotos de la Pedriza.  Al poco tiempo, una curva blanca, muy sensual, ya asomaba por el borde de la librería. Imaginé que debía haber cambiado las fotos de sitio -aunque verdaderamente no lo recordaba-, y que por eso su rincón se le había quedado estrecho. La coloqué entonces junto a las botellas y las copas y enseguida pareció estar a gusto, como un posavasos espontáneo, persuadido. Cuando empezó a rebasar la vitrina del bar, intenté convencerme de que no crecía, aún no podía admitirlo y, sin recelar de ella, le reservé un lugar de privilegio: la esquina de la mesa frente al sofá. Allí descubrí que lucía radiante, luminosa. Si me sentaba y ponía los pies en la mesa la sentía rozarme los talones y, a veces, un escalofrío delicioso se deslizaba hasta la garganta. Durante ese tiempo exhibía una blancura perfecta, como la del hielo que hacían las neveras antiguas; creo que pensé que hasta olía bien, a sal y a aire limpio. Aquella fue una buena temporada.

Lo malo empezó cuando apenas me quedaba sitio para estirarme porque la piedra ya ocupaba más de la mitad de la mesa y amenazaba con invadir el resto. Me pareció que abusaba de mi generosidad y empecé a observarla detenidamente. Cada mañana, la medía, la pesaba y anotaba las cifras en el calendario de la cocina, pero eso enseguida me pareció muy cansado, me aburría y la saqué a la terraza como solución provisional. Al principio la vigilaba de vez en cuando, la espiaba tras el cristal de la puerta, pero llegaron los días blancos de frío áspero y me olvidé de ella.

Una mañana distinta, con un sol nuevo, muy amarillo, salí a la terraza y la vi en un rincón, encogida entre dos macetas. Estaba sucia y como tiesa, inmóvil. Me acerqué despacio y, con un escalofrío que ya no era de placer, la saqué de allí. Me asustó su tacto duro, helado y su reducido tamaño de inofensiva piedrita de río. La metí en casa, la lavé, la sequé, le di crema hidratante y la coloqué sobre el radiador. Como no dio resultado, me enfadé y la metí en la nevera. Desde entonces está allí, tan fría como un trozo de hielo. Supongo que ha llegado el momento de asumirlo: mi piedra ha dejado de crecer. La nevera, en cambio, enfría mejor que nunca.

 

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