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Los viajes de la pereza

Un cuento de Jesusito de mi exvida

Firma Invitada
24 enero, 2017

“Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad.”
                              Tortugas y cronopios. Julio Cortázar

 

-¿Tienes fuego?

Como una nube inoportuna, el hombre desnudo se interpone entre el sol y la mujer tumbada en el fondo de la playa. La mujer perezosa se incorpora despacio en el cómodo colchón que, le parece, es la roca ancha y plana sobre la que estaba tumbada y mira de arriba a abajo al hombre desnudo. Luego se detiene en su mirada sonriente, las pestañas rubias y la piel morena. Lleva una bolsa negra de cuero en la mano y un cigarrillo cuelga de sus labios llenos y rojos como gominolas de fresa.

-No.

-No importa, gracias.

El hombre desnudo se da la vuelta. En sus hombros brillan algunos granos de arena que la mujer perezosa no deja de advertir mientras su mirada desciende y se deleita en las compactas redondeces que siguen a la espalda ancha y morena. El hombre camina hacia la zona de la playa donde se acumulan maderos viejos y objetos que el mar ha devuelto.

Junto a la mujer, lo que parecía una roca grande y redonda comienza a moverse despacio, cuatro patas bracean y surgen de la arena y una cabeza triangular brota de la piedra. La roca mudada en tortuga sortea unas algas muertas y comienza a seguir al hombre. La mujer admira sus patas cortas y fuertes, su andar pesado y decidido y se fija en las huellas que va dejando tras ella, como letras de un idioma imaginario. Entonces se figura que va montada sobre su caparazón y que así, sin moverse, llega hasta el hombre, acaricia su espalda morena, pasa la mano por la piel de sus hombros y le quita la arena. Sentada sobre la concha sólida y brillante de la tortuga, podría ir cómoda y ahorrarse el paseo por la playa.

Una gaviota pasa graznando y aterriza sobre el acantilado, donde una pradera que crece alta a la mujer le parece el lugar ideal para construir una casa. Su mirada se prende de las hierbas altas y ondulantes y allí se queda suspendida un rato, montada sobre la tortuga, divagando sobre las posibilidades del terreno: vistas sobre el mar, viento fresco y cielo inmenso; una casa para descansar, para soñar y dormir, con grandes ventanas… y un buen fuego para calentarla, piensa el hombre desnudo al contemplar la pradera y sentir el lugar como ideal para construir una casa. Luego se sienta cerca de la orilla y esparce sobre la arena palos, ramas y piedras. Saca  una piedra grande y blanca de la bolsa, la coloca entre sus pies y sobre ella comienza a frotar un palo a buen ritmo.

Para descansar sus manos enrojecidas de vez en cuando interrumpe su tarea y contempla el mar. Mientras, la tortuga sigue caminando hacia el hombre con determinación mecánica, como dirigida a control remoto. Al llegar junto a él, se detiene y alarga el cuello hacia la espalda desnuda y morena. El sol parece una pelota naranja cuando saltan las primeras chispas entre los pies del hombre que sabe hacer fuego. La tortuga clava sus patas anteriores en la arena, repliega el cuello y gruñe cuando percibe el chisporroteo de las centellas alrededor. Entonces, despacio y con cierto esfuerzo, la mujer perezosa abandona su cómodo asiento sobre la coraza compacta y pone los pies en la arena.

-Me gustaría aprender a hacer fuego- dice.

El hombre desnudo se gira y la mira con sus pestañas rubias entrecerradas. Sonríe y sigue frotando el palo delgado y blanquecino que tiene entre las manos y ella se muerde las ganas de retirar los granos de arena de sus hombros y acariciar su piel morena.

-A cambio yo te podría enseñar a saltar piedras en las olas.

El hombre que sabe hacer fuego aparta a un lado las brasas que han prendido y las apaga echándoles arena. La ingenua oferta de la mujer perezosa amplía su sonrisa. Con un gesto le indica que se agache a su lado y le muestra un palo. Tiene que ser delgado pero firme y muy limado para poder frotarlo entre las manos sin rasparse; si no, hay que escupirse en las palmas para aferrarlo bien y que no se deslice. Ella escupe y extiende las gotas de saliva con dos dedos arriba y abajo. Él aprueba con una sonrisa grande y saca de su bolsa algunas ramas finas y suaves que desanuda y se las muestra. Tienen que estar muy secas para que prendan bien y muy apretadas para que no se escape ninguna chispa. Luego le enseña la piedra redonda y blanca con un agujero excavado en el centro y cómo hay que encajar allí el palo y formar un nido con las ramas y las pajas. La mujer se asoma al arco que forman los brazos del hombre en torno a sus rodillas para ver mejor el movimiento rápido de sus manos, el ritmo del palo rascando el pedernal, retorciéndose en el nido enmarañado. Se acerca más al hombre para taparlo del viento que se está levantando y sus largos cabellos peinan el brazo fuerte y dorado. Luego se inclina y vuelve a escupir sobre las manos de él: un hilillo de baba cae entre los dedos que se han detenido para recibirlo y lo extienden para humedecerse las palmas.

-Así se agarra mejor- dice ella y el hombre se agacha más y sopla suave entre las briznas y pajitas.

Pequeñas chispas brincan alrededor y un delgado hilo de humo blanco se escapa de las ramas. Enseguida surgen llamitas que lamen la piedra y el hombre que sabe hacer fuego sonríe. La mujer perezosa levanta la vista de la flamante hoguera recién estrenada, mira con nostalgia hacia su cama en la roca, calentada por el sol y alisada por el viento y las olas. Suspira, se siente cansada y se imagina otra vez tumbada sobre su suave colchón de piedra. Entonces, una llamarada surge rápida y espanta a la tortuga que lentamente, bracea y emprende el camino de regreso a su casa de roca.

-Seguro que también sabes construir casas- dice la mujer en un susurro de despedida mientras sube a su asiento en el caparazón. Así, cómodamente sentada, sube y baja por los pequeños montículos de arena que se van encontrando, como si fueran las inmensas dunas de un desierto inventado.

Al llegar al fondo de la playa, la tortuga se detiene y la mujer perezosa desciende lánguidamente al suelo y mira por última vez hacia la pradera. Una ola grande ruge bajo el acantilado y tapa el graznido de la gaviota que abandona la pradera. Allí no ha dejado de crecer la hierba y el hombre contempla sus ondulaciones en el aire antes de encender su cigarro con una rama prendida en el fuego.

Un agudo graznido atrae las miradas del hombre y la mujer que ven el vientre blanco de la gaviota planear sobre sus cabezas. Observan cómo desciende suavemente sobre la tortuga para dibujar una golondrina en su concha y cómo eleva el vuelo mientras el caparazón, despacio, se va petrificando y retoma el aspecto de inmóvil y compacta roca. Desaparecen la cabeza y las patas de la tortuga y también sus pasos que han dejado huellas como letras de arena; un soplo de viento las barre de la playa y agita los cabellos de la mujer que dormita tumbada en su cama de roca, agotada por el viaje.

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