Mundo Yold. Hoy reflexionamos sobre la enorme felicidad que traen los nietos a sus abuelos

El maravilloso sentimiento de ser abuelo

 

 

Inés Almendros
17 agosto, 2021

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Mientras que la madre se desvive por una nutrición sana a su bebé, el yayo, en cuando puede, le compra unas chuches. Eso sí: sin que se enteren los padres de la criatura, que le puede caer una buena bronca. Y es que un clásico en el mundo de los abuelos es consentir a nuestros nietos, que son lo mejor del mundo para nosotros. Hasta la ciencia nos explica porqué la felicidad de ser abuelo es un sentimiento tan intenso como universal.

Si hay una emoción que se repite en las sociedades más diversas de todo el mundo es la alegría de ser abuelos, sobre todo cuando nacen nuestros primeros nietos. Lo cierto es que este hecho se convierte, normalmente, en uno de los momentos más felices de nuestra vida y nos abre una nueva fase de entusiasmo e ilusión, tan gratificante como no podíamos imaginar, ni siquiera cuando supimos que íbamos a serlo. Nada como ser abuelo para retornar a la tierna infancia, pues los nietos nos hacen regresar a lugares que creíamos olvidados; nos restauran sentimientos de inocencia, ternura y alegría que casi habíamos perdido. Estar con nuestros nietos significa, para muchos de nosotros, la máxima felicidad.

Pero, ¿qué es lo que nos hace vivir esta fase con tanta emotividad? ¿Por qué la felicidad de ser abuelos, de cuidar a nuestros nietos es un sentimiento tan universal? Investigadores de la Facultad de Medicina de San Diego, de la Universidad de California, publicaron en 2016 un estudio en el que se atribuye al gen CD33 este instinto de los abuelos por amar, proteger fuertemente y enseñar a sus nietos.

Nada como ser abuelo para retornar a la tierna infancia, pues los nietos nos hacen regresar a lugares que creíamos olvidados.

Según el análisis, este gen, conocido precisamente como “el gen de los abuelos”, ayuda a que las personas mayores pervivan durante más tiempo, les protege de enfermedades seniles y al mismo tiempo, les insta a querer, cuidar y trasmitir sus enseñanzas a sus nietos, como instinto natural que ayuda a garantizar la defensa y pervivencia del grupo social. Por tanto, esta tendencia humana tan generalizada que es el amor del abuelo forma parte de la carga genética necesaria para preservar nuestra especie.

Superyayos siglo XXI
Y si los abuelos siempre han representado la figura de amor y protección para con sus nietos, posiblemente los yayos de nuestro siglo XXI son los más cuidadores y consentidores de la historia. Vivimos en una época en la que, por muchas razones, los abuelos tienen más presencia e importancia que nunca en las vidas de sus nietos. Da igual si caminamos por un pueblo o por una ciudad; por un barrio céntrico o por la periferia: la imagen de los abuelos paseando y cuidando a sus nietos, a cualquier hora del día, es cada vez más habitual.

Hay diversas razones para ello. Por una parte, el aumento de la esperanza de vida, y que nos cuidamos mejor, hace que vivamos más años con vitalidad y buena salud. Esto sumado al hecho de que, en nuestro mundo moderno, la mujer se ha incorporado al trabajo fuera de casa, y las parejas jóvenes tienen grandes problemas para cubrir los horarios laborales y familiares, obligan a los abuelos, jóvenes y en forma, a ayudar en lo posible a sus hijos.

Vivimos en una época en la que, por muchas razones, los abuelos tienen más presencia e importancia que nunca en las vidas de sus nietos.

La mezcla de factores hace que sea cada vez más frecuente que muchos abuelos se encarguen de los nietos, al menos durante varias horas al día. Aunque en la mayor parte de los casos, la coordinación abuelos – hijos para cuidar de los pequeños es tan deseada como aceptada por ambas partes, también se dan situaciones en las que los mayores acusan cansancio y sufren un claro abuso por parte de sus hijos.

Abuelos consentidores, padres restrictivos
Hay otra peculiaridad en el sentimiento, único e intransferible de ser abuelo; por ejemplo: que nuestros nietos nos hacen vivir los sentimientos de afecto, complicidad, diversión y protección como jamás antes los habíamos experimentado. Ni siquiera cuando fuimos padres de nuestros propios hijos. También para esto hay explicaciones psicológicas: los nietos llegan a nuestra vida cuando somos mayores y tenemos una buena parte del camino recorrido.

La abuela de Coco, el niño protagonista de la película del mismo nombre, posiblemente la abuela de cine que más nos ha hecho llorar…

Y por tanto, cuando la experiencia y la sabiduría de los años nos han ayudado a madurar. Por todo ello, ahora sabemos que las cosas más pequeñas y simples son en realidad las más importantes. Hemos aprendido a valorar y agradecer lo mucho que significa la sonrisa de nuestros peques y los momentos que compartimos junto a ellos, así como la riqueza, la ternura y el amor que esta experiencia nos proporciona. Y por ello sabemos que el tiempo que pasamos, y pasaremos con ellos, no tiene precio. Que es lo más grande que hay.

Nuestros sentimientos como abuelos son también distintos a los que vivimos cuando fuimos padres, porque nuestro papel ahora es mucho más agradecido y liberador: No somos los padres, somos los abuelos, queremos cuidar, y disfrutar de nuestros nietos, pero no es nuestra la obligación de asumir los límites, las reglas y las prohibiciones que implica su crianza y educación (para esto ya están sus padres). Egoístamente sabemos que nosotros ya cumplimos en ese aspecto con nuestros propios hijos. Pero ahora no tenemos tiempo, ni ganas, de estropear los felices momentos que pasamos con los niños con límites y prohibiciones. Queremos y necesitamos mimar y consentir -dentro de un orden- a nuestros nietos, y disfrutar, como ellos, con sus risas y su felicidad. ¿Quién puede quitarnos esta satisfacción? Nos hemos ganado el derecho a comprarles (aunque sea de vez en cuando) unas chuches o un rico bollo de chocolate. Eso sí: sin que nos vean nuestros hijos, que nos puede caer una buena bronca.

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