Mundo Yold. En tus propias manos, a través de la felicidad, está la belleza natural

El secreto de la belleza está en el rocío de las cosas pequeñas

 

Inés Almendros
22 junio, 2019

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En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura”, decía el poeta Khalil Gibran. Y cuando el corazón se refresca y alegra, también lo hacen nuestros ojos, nuestra piel. Hoy, en Gente Yold, te damos los mejores consejos de belleza a través de la felicidad.

A todos nos ha sucedido: en ese día que nos hemos levantado especialmente contentos; o cuando atravesamos un momento de especial felicidad; o tal vez, porque hemos recibido una buena noticia. Entonces viene alguien que nos dice aquello de “¡Qué buena cara tienes, se te ve tan bien…!” o “¡Estás radiante esta mañana”. O tal vez, “¿Te has cambiado el peinado? Se te ve fenomenal”. 

 

Y es que está claro y demostrado que la belleza y la felicidad están muy relacionadas; y que, por eso, cuando nos sentimos felices, cuando estamos bien por dentro, irradiamos nuestro bienestar interno al exterior. Se nos ve mejor, nuestra piel parece iluminarse, los ojos brillan. Es la belleza que da la satisfacción. Porque, como dijo Emile Zola, “la belleza es un estado de ánimo”, y la felicidad, el mejor secreto de belleza que jamás ha existido.

Este curioso hecho ha sido investigado reiteradamente por la ciencia, que ha encontrado la explicación en el siempre curioso mundo de las hormonas. Y es que, cuando nos sentimos radiantes, activamos hormonas como las endorfinas que al mismo tiempo estimulan células corporales como los queratinocitos y los fibroblastos, las cuales influyen directamente en el aspecto de la piel. De hecho, la relación entre el estado emocional y el de nuestra piel es tan importante que ha dado lugar a la neurocosmética: una rama de la cosmética que trabaja con activos que estimulan las conexiones nerviosas que influyen positivamente sobre el aspecto de la piel.

La relación entre el estado emocional y el de nuestra piel es tan importante que ha dado lugar a la neurocosmética.

Pero, sin olvidar nuestras rutinas de belleza, nuestros productos, nuestras dietas, y todos los cuidados que nos ayudan a estar mejor, lo cierto es que nuestros mejores productos de belleza no son las cremas, ni las mascarillas. El auténtico secreto de belleza está en las cosas que nos hacen sentir bien, que nos conducen a la felicidad.

Pero, ¿qué necesitamos para ser felices?
Aunque la respuesta a esta pregunta universal parece sencilla, los yold sabemos que no lo es tanto, y es que ha sido únicamente gracias a los años y la experiencia como hemos aprendido a distinguir de verdad aquello que auténticamente nos hace sentir bien, de otras muchas cosas que no eran sino entelequias, falsas esperanzas, vanas ilusiones.

Los yold sabemos que ha sido únicamente gracias a los años y la experiencia como hemos aprendido a distinguir de verdad aquello que auténticamente nos hace sentir bien.

Veamos: lo primero que pensaríamos para contestar a esta pregunta es que la felicidad nos la daría aquello que pudiéramos comprar si tuviéramos mucho dinero; por ejemplo, una gran mansión, un maravilloso coche, un viaje exótico, los zapatos más lindos del mundo… Pero la realidad nos demuestra que nada de esto es, en absoluto, una garantía de felicidad. Todos conocemos historias de muchas personas inmensamente poderosas, que sin embargo fueron infelices. Con ello, aprendimos que los ricos también lloran, y que algunos incluso llegan a suicidarse, como fue el caso de Cristina Onassis, alguien que lo tuvo todo, pero jamás pudo alcanzar la felicidad. O todas esas estrellas del cine o de la música, como Marilyn o Elvis, inmensamente ricos, pero que no pudieron evitar la amargura pese a su enorme fortuna… y que intentaron conseguir sentirse bien a través del alcohol, de las drogas, de experiencias al límite… y lo único que consiguieron fue crear su propio infierno.

Sí, el dinero ayuda a comprar satisfacciones terrenales, pero no nos ayuda a comprar nuestra felicidad interior.

Hay otro tipo de grandes sueños y aspiraciones a través de las cuales creemos que alcanzaremos la felicidad, por ejemplo, estas entelequias románticas, tipo Princesa Disney, con las que millones de personas nos hemos educado. En este lote de sueños rosas se incluye la perfección física, parecernos a esas modelos de la tele, encontrar al príncipe azul, formar la familia perfecta, con una boda de ensueño y llevar una vida de novela, en nuestra preciosa mansión con unos hijos igualmente perfectos. El problema suele ser que todo esto no es sino una entelequia. Porque, con el tiempo, también aprendimos que ni el príncipe era tan perfecto, ni el amor nos trajo la felicidad perpetua. Que la familia está llena de responsabilidades y problemas; que a veces incluyen muchos sinsabores, y en los peores casos, enfrentamientos y choques. Aprendimos que la vida real tiene poco que ver con Disney.

No. Ninguna de estas aspiraciones, que parecen tan prometedoras, acaban garantizando la felicidad. Incluso a veces sucede lo contrario: que la búsqueda atormentada de fortuna y perfección nos lleva a ser infelices. Porque la ambición sana, el deseo de mejorar es una cualidad muy positiva. Pero la ambición mal calculada, si se convierte en envidia o frustración por lo que no poseemos (y seguramente jamás vamos a tener), al final nos estresa, nos domina y nos hace sentirnos mal, muy mal.

“El secreto de la belleza está en el rocío de las cosas pequeñas…”
Sí. Los yold aprendimos, con los años, cuáles son las cosas que nos hacen sonreír, que nos hacen sentir mejor; con las que somos felices. Y aprendimos que eran ciertas las sabias palabras del poeta Khalil Gibran: “En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura”. Y aprendimos también que el secreto de la felicidad se halla en las pequeñas cosas de nuestra vida cotidiana, que son las que nos hacen sonreír y mantienen luminoso nuestro cutis. Que nuestros neurocosméticos favoritos son pasear a nuestro perrete o cepillar al gato, o comer con nuestros hijos o tomar el vermú con los amigos, o salir a correr, o leer un libro en una tarde de lluvia, o ver el atardecer rojo desde la ventana, o escuchar a Eric Clapton tumbados en nuestro sofá favorito…

Nuestros neurocosméticos favoritos son pasear a nuestro perrete o cepillar al gato, o comer con nuestros hijos.

También aprendimos que sonreímos, y nos sentimos mejor y los demás nos ven radiantes, cuando ayudamos a un amigo; cuando escuchamos a alguien que necesita ser escuchado; cuando nos levantamos para que se siente ese abuelo que está de pie en el autobús; cuando dejamos un poco de nuestro escaso dinero para contribuir a esa causa tan importante; cuando donamos unas latas de conserva para la recogida del comedor social; y mucho más aún cuando hacemos de voluntarios en la misma recogida.

¿Y lo bien que nos encontramos cuándo llamamos a los padres, para darles un poco de cariño y conversación? O cuando mandamos un mensajito tonto a nuestro querido amigo de toda la vida, con el que hace tiempo que no hablamos. O cuando sorprendemos con un abrazo inesperado a nuestra pareja, o a nuestros hijos… O cuando, simplemente les decimos algo bello, hermoso y positivo a todas estas personas que son, al fin y al cabo, de las que depende nuestra felicidad…

Sonreír: este es, de todos, el más importante y efectivo truco de belleza. Porque sonreír es gratis, no cuesta nada y cuando sonreímos repartimos alegría, amabilidad y cordialidad al mundo que nos rodea… Y el mundo suele recompensarnos también con sonrisas.

Aprendimos, los que somos Yold, que el tratamiento más importante de belleza es arañar, entre nuestro día a día, todas estas pequeñas cosas que nos hacen sentirnos bien. Que el secreto para sentirnos más guapos que nunca se esconde en esos minutos que le robamos al reloj para dedicarlos a estas pequeñas cosas: el rocío de nuestra vida, el rocío de nuestra belleza, y de nuestra felicidad.

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