Mundo Yold. A veces hay que desaprender el exceso de malicia…

Más sabe el diablo por yold que por diablo

 

Inés Almendros
31 agosto, 2019

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Este famoso refrán nos viene a recordar lo inocentes que éramos de jóvenes y como con los años hemos ganado en experiencia, sentido práctico y realismo. Tanto que, si nos descuidamos, acabamos convertidos en unos viejos resabiados y amargados. En Gente Yold tenemos el secreto para que las decepciones de la vida no nos trasformen en diablos: la clave es desaprender.

Más sabe el diablo por yold que por diablo” es nuestra adaptación al célebre y eterno refrán que conecta la experiencia del viejo diablo, con su sabiduría, pero también con su maldad. Y es que, cuanto más mayores somos, más cuenta nos damos de lo inocentes, cándidos, ingenuos y hasta pardillos que éramos en nuestra juventud, cuando creíamos en un mundo perfecto, en el amor de nuestra vida, o en que podríamos cumplir todos nuestros sueños. Como decía aquella famosa canción… ¡ay, como hemos cambiado!

Un camino de pequeños y grandes disgustos
Cuando somos unos críos pensamos que nuestros amigos del alma nos acompañarán toda la vida, que nuestra amistad será para siempre, que ni ellos ni nosotros cambiaremos nunca. Pero con el tiempo, la mayor parte de nuestros amigos de la infancia y adolescencia desaparecen. Y de los que quedan, muchos se transforman radicalmente. Aquel amigo melenudo y revolucionario, hoy es director de una multinacional y nos saluda desde su supercoche (tan distinto del nuestro) con su traje y su corbata. Nuestra colega del insti, con la que íbamos a escapar cual Thelma y Louise, lo dejó todo para casarse, tener hijos y nietos, y convertirse en una sólida matrona defensora a ultranza de la familia convencional. Eso sí, afortunadamente, siempre quedan esos pocos amigos especiales, los buenos de verdad, que no han cambiado, y que siguen siempre con nosotros.

¿Y el amor? El catálogo de las decepciones en este ámbito parece no tener fin. En nuestra tierna juventud, animados por el cine y la televisión, soñamos con encontrar a nuestro príncipe azul o a la princesa rosa con los que cabalgaremos (sin drogas), sobre un unicornio irisado de felicidad perpetua. Pero las bofetadas comienzan desde temprano, con los primeros rechazos, engaños y/o rupturas. Luego, con la evidencia de que no existe la pareja perfecta, porque nadie -ni siquiera nosotros- es perfecto. Y continuará a lo largo de toda la madurez, con la constatación final de que el mundo de la pareja no es un camino de rosas, sino al contrario, un largo y tortuoso recorrido sembrado de dificultades.

La tragedia viene frecuentemente cuando el amor revienta, se rompe, y nos causa una horrible, insoportable infelicidad. Total, que llegamos a yold sabiendo que nuestra visión juvenil del amor era una estupidez, y en muchos casos, jurando que jamás volveremos a caer en la misma trampa.

El mundo de la pareja no es un camino de rosas, sino al contrario, un largo y tortuoso recorrido sembrado de dificultades.

Conquistar tus sueños versus pagar el alquiler
Cuando somos jóvenes confiamos en poder cambiar el mundo y “cumplir nuestros sueños” (una frase muy de moda gracias a realities de la tele como Operación Triunfo). Pero la realidad nos va suministrando una serie de dificultades que lo complican todo bastante: trabajos, facturas, familia, hipotecas, desencuentros… Poco a poco, lo de “cumplir nuestro sueño” de ser patinadora artística (por ejemplo) pasa a parecernos una chiquillada, e incluso una idiotez, porque nuestra preocupación real es llegar a fin de mes y pagar el alquiler.

Y así es todo lo demás, porque cuanto más mayores somos, más nos consta que la vida es muy diferente a como la veíamos cuando éramos unos pipiolos; que el mundo es un auténtico desastre; que los humanos somos autodestructivos y depredadores; que no paramos de pelearnos y guerrear entre nosotros; que no nos podemos fiar fácilmente de nadie (porque si nos descuidamos, nos engañan); que es mejor prevenir que curar, y por mucho que prevenimos, a veces la tostada se cae, y cuando se cae siempre, siempre, pero siempre, cae del lado de la mermelada. Vamos que, en general, todo es un desastre, pero nosotros ya lo sabemos. Porque, sin darnos cuenta, pasito a pasito, hemos dejado de ser unos chavales angelicales e inocentes para convertirnos en unos yold resabiados y de vuelta; lo mismo que el diablo.

Sacar los demonios fuera
Pero, ¿de verdad queremos convertirnos en yold resabiados, de vuelta de todo y normalmente amargados y chungos? ¿En serio? ¿Qué ventaja tiene vivir así? Pues lo cierto es que ninguna. Más bien al contrario: estudios científicos de todo tipo demuestran algo que tu abuelita ya sabía: que vivir amargado es una tontería y encima reseca el cutis.

Reflexionemos: es verdad que nos hemos llevado muchas bofetadas, que parte de las ilusiones se quedaron por el camino, que la vida no es fácil, que los políticos son un desastre y que después de ver el telediario dan ganas de salir corriendo como Forrest Gump. Pero, ¿debemos por ello sumergirnos en la amargura? ¿Es esto el fin del mundo? ¿Hay que hacerse un viejo cascarrabias? Definitivamente NO: la vida tiene muchas caras malas, pero también tiene muchas buenas… El conocimiento de todo lo que hemos aprendido no tiene porqué, ni debe, alejarnos del disfrute de todo lo bueno que nos queda por vivir; al contrario. Todo lo que sabemos nos tiene que ser útil para disfrutar. ¡Que lo malo de fuera no nos amargue por dentro!

El conocimiento de todo lo que hemos aprendido no tiene porqué, ni debe, alejarnos del disfrute de todo lo bueno que nos queda por vivir.

La vacuna para no dejarnos caer en la amargura de hacerse mayor es muy simple: se trata de mantener siempre a salvo, intocable y virgen, un pedazo eterno de nuestra niñez (aunque te parezca una cursilada). Hay que dejar una parte de la inocencia intacta y siempre viva. Porque si la perdemos por completo habremos caído definitivamente en el pozo profundo de la amargura. Por ello, tenemos que hacer un esfuerzo para “desaprender”: eliminar el exceso de picaresca, recelo y desconfianza; de estar de vuelta de todo; de ser unos yold resabiados.

El segundo paso, después de desaprender maledicencias, es recargar las pilas de la inocencia. ¿Y dónde hallamos estas pilas? Pues hay muchos lugares donde encontrarlas… Por ejemplo, en los ojos de los niños (sobre todo si son nuestros nietos): ellos tienen la capacidad de regenerar por completo a nuestro interior infantil y rescatar nuestra sonrisa más tierna, sincera e infantil.

La vacuna para no dejarnos caer en la amargura de hacerse mayor es muy simple: se trata de mantener siempre a salvo, intocable y virgen, un pedazo eterno de nuestra niñez.

En los ojos de los animalitos: la ternura de los bichejos es una batería mágica para recargar la ilusión. Los divertidos juegos de nuestro perrillo, de los gatetes o de cualquier otro bichillo, nos harán volver a babear; nos devolverán la capacidad de enamorarnos de forma incondicional, algo que creíamos que jamás volvería a suceder.

En el mundo que nos rodea, en el precioso atardecer, en el espectacular amanecer, en esa noche estrellada junto a la playa… En todos estos rincones maravillosos de nuestra naturaleza podremos regenerar nuestras emociones más puras.

Cedamos el protagonismo de nuestra vida a todos los sitios, momentos, personas o animales que nos hacen felices y apartemos lo que nos hace infelices.

En suma, en todas aquellas cosas que nos hacen disfrutar: la música, la comida, los libros, pasear, jugar, los fieles amigos que siempre están ahí… Cedamos el protagonismo de nuestra vida a todos los sitios, momentos, personas o animales que nos hacen felices y apartemos (todo lo que se pueda, al menos) lo que nos hace infelices. Esta es una de las principales recetas para mantener nuestra juventud y la salud en general.

Nuestra ya larga experiencia nos puede ayudar a disfrutar -mejor que antes incluso- de lo mucho y maravilloso que tenemos a nuestro alrededor. Si somos más listos que el diablo, aprenderemos a sacar partido a lo bueno, a aprovecharlo mejor que nunca jamás; también a saber convivir con lo malo sin que nos afecte demasiado.

Los años vividos nos han convertido en yolds con experiencia. A partir de ahí, podemos ser yolds sabios, y dejar la puerta abierta a la sorpresa, la dulzura y la emoción o podemos convertirnos en viejos demonios resabiados, amargados y sin esperanza alguna. Que cada cual decida.

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