Cine Yold. Las paradojas de la fama antes y después de Internet

Miriam Hopkins, la primera influencer antes de que se soñara con Internet

Angel Domingo
17 octubre, 2022

Hoy, nuestro crítico de cine recuerda la figura de la olvidada actriz, Miriam Hopkins, que pasó por años de gloria en el Hollywood dorado, como rival de Bette Davis.

Actualmente, muchas mujeres de nuestra época tratan de imitar, no solo el vestuario, sino también algunos gestos y costumbres de las estrellas más populares de Hollywood. Por poner un ejemplo muy conocido, Audrey Hepburn visitó la estación de esquí alpina de St. Moritz en 1958, y ante el frío que hacía se puso un rústico abrigo de piel de borrego. Al día siguiente, su foto con el abrigo de borrego apareció en todas las revistas, y el abrigo se agotó en pocos días en todos los establecimientos. Muchas mujeres del planeta pensaron que, vistiendo como Audrey, serían tan glamourosas como ella.

Hoy en día, sus fotos corren como la pólvora por Internet, su icónica figura está presente en miles de imágenes, y basta con hacer un clic para verlas.

Como todo el mundo sabe, lo que hoy conocemos como Internet nació como una secreta iniciativa militar del Pentágono estadounidense en 1983, y actualmente está presente en donde exista un mínimo de cobertura.

La actriz de la que hablamos en este artículo nació en octubre de 1902, en un remoto pueblo de la América profunda, y vivió su época de mayor popularidad en las primeras décadas del siglo XX, es decir cien años antes de que la humanidad soñara con Internet.

Para hablar de ese nuevo ‘oficio’ que está tan de moda, el de los influencers, hay que viajar hasta comienzos del nuevo milenio. En definitiva, que una actriz como Miriam Hopkins se convirtiera en una fuente de inspiración de millones de mujeres que coincidieron en su época, se podría calificar de acontecimiento milagroso. Pero también fue un triunfo para una sencilla mujer, nacida en la América más remota, llegar a convertirse en la musa del director de cine más importante de su generación, Ernst Lubitsch, y la fuente de inspiración del director Billy Wilder, que nunca ocultó que el secreto de su éxito fue aprender a integrar en sus películas lo que él siempre definió como el toque Lubitsch.

¿En qué consiste ese afamado toque Lubitsch? se preguntarán nuestros lectores con toda razón. Explicado de modo sencillo, se trata de lograr ese no se qué (je ne se quoi, como diría un realizador francés), la habilidad del director para provocar situaciones de gran erotismo mediante pequeñas insinuaciones como una media rasgada o una blusa desabrochada; de realizar implacables críticas mediante comentarios sutiles que solo comprenden los que comparten nuestro punto de vista. 

Sin embargo para que la ironía de Lubitsch llegara al espectador, sin alertar a las autoridades, fue imprescindible contar con una intérprete como nuestra protagonista de hoy, que maravilló en títulos como Un ladrón en la alcoba (1932). Solo un año después se consagró gracias a Una mujer para dos (1933), donde la habilidad del realizador se hizo patente al describir un bohemio apartamento parisino habitado por dos artistas y su musa compartiendo espacio, inspiración y amores.

Naturalmente, un argumento que parte de una relación en forma de triángulo amoroso nunca hubiera superado la censura previa si el punto donde se cruzan los lados del triángulo no hubiera estado interpretado por Miriam Hopkins, que con su dulce sonrisa enmascaraba el brillo libidinoso de sus ojos al pensar en compartir cama con dos galanes como Fredric March y Gary Cooper. Miriam también se sintió muy cómoda durante el rodaje: con el primero de ellos había coincidido en la mejor versión realizada del mito literario del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de 1931, titulada en español El hombre y el monstruo. Gracias a este papel demostró que la etiqueta de competidora principal de Bette Davis se debía a su talento interpretativo, ya que nunca entró en el peligroso juego que buscó Davis al provocarla para hacerla perder su aura de mujer angelical. No, Miriam se limitó a interpretar y fue el público el que decidió pagar la entrada por ver las películas donde aparecía, en vez de ver las de Bette Davis.

Sin embargo, una vez derrotada, la Davis parecía que la estrella de Miriam Hopkins sería la más brillante del firmamento del Hollywood de comienzos del siglo XX. Decidió adoptar a un niño porque necesitaba compartir su felicidad. Hoy en día, las adopciones no causan ningún escándalo, pero a principios del siglo XX provocó que el FBI iniciara una implacable investigación sobre su persona.

Los agentes del FBI no encontraron ningún asunto legal que la comprometiera, ya que Miriam no tenía ni una mácula en su biografía, pero iniciaron una investigación tan exhaustiva que mostró al mundo que la actriz mantenía varios romances, incluso uno de carácter bisexual. La prensa del corazón descubrió un filón comercial al publicar su turbia vida sentimental. Bette Davis, su gran rival en la gran pantalla, creyó ver en esta aparente debilidad el momento oportuno para compartir títulos de crédito con Miriam, y que fuera el gran público el que juzgara quién era mejor intérprete. Coincidieron en dos películas: The Heiress (1939) y Old Acquaintance (1943).

Bette fue consciente de que su presencia no era capaz de ocultar el talento ni la popularidad de Miriam, y decidió emplear una carta más sucia, aunque habitual en el Hollywood de aquellos años: seducir al marido de Miriam, el director Anatole Litvak. No lo consiguió, ya que Litvak rechazó cualquier insinuación de Bette, pero ésta filtró a la prensa sensacionalista que mantenía una relación secreta. No era cierto, pero el supuesto affaire aparecía en todas las portadas y terminó afectando a la seguridad de Miriam, que intentó apartarse del primer plano creyendo que así alejaría las difamaciones. En definitiva, Bette Davis realizó una de las acciones más repugnantes que se recuerdan en Hollywood, y terminó con la seguridad de Miriam, que permaneció seis años sin pisar un plató, hasta su regreso en la mencionada The Heiress (1939).

Ya en los años cincuenta y sesenta combinó su trabajo en la gran pantalla con numerosas apariciones en programas de televisión, que se convirtieron a la postre en su hogar profesional hasta que se retiró definitivamente del mundo del espectáculo en 1970.

Como todo el mundo sabe, la memoria del espectador es muy corta, y tras desaparecer de los grandes títulos, su trabajo en la pequeña pantalla le permitió mantener una vida digna hasta el final de sus días.

Miriam Hopkins falleció el 9 de octubre de 1972 a la edad de sesenta y nueve años, dejando tras ella una inolvidable carrera cinematográfica y el recuerdo de millones de mujeres que trataron de imitarla en todo el mundo.

Así que cuando escuchéis hablar de influencers recordad que no es un invento reciente, una actriz llamada Miriam Hopkins se convirtió en una de ellas un siglo antes de que este término fuera popular.

Ángel Domingo Pérez

 

 

 

 

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