Mundo Yold. Pasear es un ejercicio físico moderado que tiene múltiples beneficios

Se hace camino al andar

 

Redacción Yold
22 octubre, 2019

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¿Caminar como ejercicio físico? ¿Pasear como reencuentro con la naturaleza? ¿Andar para pensar mejor? ¿Para serenar la mente y el cuerpo? Las razones para ponerse las botas y salir a caminar son innumerables. Hoy comentamos sus beneficios físicos y lo que aporta a la salud mental.

El envejecimiento suele implicar un aumento en los índices de obesidad, sobre todo a partir de los 50 años. Este incremento de peso a menudo va acompañado de un descenso de la actividad física. Es decir, para los Yolds, es especialmente importante no dejar de hacer algún tipo de ejercicio, y caminar es una de las prácticas más recomendadas. Repasemos todos sus beneficios, los físicos y los no menos importantes: los beneficios para la mente.

Beneficios físicos
La revista Medicine and Science in Sports and Exercise ha publicado un estudio en el que se afirma que caminar reduce el riesgo de padecer casi cualquier enfermedad o achaque crónico, como dolor de articulaciones, problemas cardiacos y vasculares y obesidad.

Eso sí, no se trata de caminar viendo escaparates, parándose a cada momento, no. Se trata de hacer un ejercicio aeróbico a buen ritmo, que ponga en marcha nuestro corazón. Además, lo único que necesitamos es un buen calzado, que nos sujete bien el pie, sin apretarlo. Los bastones de la marcha nórdica, el clásico cayado, el bordón del peregrino, los auriculares para escuchar música, la mochila con un tentempié… son complementos adecuados pero no imprescindibles. Es solo cuestión de gustos añadirlos o no a nuestro paseo diario. En cualquier caso, ir ligero de equipaje y pensamientos torturantes es, desde luego, la mejor opción.

La lista de beneficios es larga, larga:

Fortalece el corazón (basta media hora a paso ligero para reducir la presión arterial y el riesgo de infarto en un 27%).

Reduce el peso (el consumo de calorías es proporcional a la velocidad y el tiempo dedicado).

Cuida la memoria (la reducción de enfermedades neurológicas se calcula hasta en un 40%); fortalece los huesos (con cada paso se fijan los minerales del esqueleto); tonificación de los músculos, glúteos y abdomen (caminar se considera un ejercicio completo); aumenta el consumo de azúcar (y reduce el riesgo de diabetes); aumenta la inmunidad (el ejercicio al aire libre en otoño e invierno protege de catarros y gripes); propicia el sueño (sobre todo si se pasea a primera hora de la mañana); alarga la vida (según la Universidad de Saarland (Alemania), un largo paseo al día nos procura siete años más de media).

Desde tiempo inmemorial, caminar para pensar, para experimentar una mayor claridad de ideas es una práctica histórica… Los peripatéticos eran un grupo de seguidores de Aristóteles que recibían las enseñanzas de su maestro paseando bajo los senderos enramados que rodeaban el jardín del templo de Apolo Licio.

Como caminar es una actividad física ligera, que no requiere esfuerzo intelectual alguno, potencia la relajación mental, libera estrés y eso nos produce una apertura que favorece la claridad mental y la gran facultad humana: la creatividad. Los estímulos que nos genera el estar atentos a los cambios que se producen a nuestro alrededor mientras caminamos nos ayuda a ser creativos, potencia nuestra imaginación y la capacidad de ensoñación.

Si además, nos concentramos en nuestro cuerpo, en las pisadas, en el contacto de nuestros pies con el suelo, el leve balanceo de nuestros brazos, en la respiración… estamos practicando meditación, concretamente kin-hin, un tipo de meditación zen en la que el caminante enfoca su atención en la maraña cambiante de su mente –sus pensamientos, emociones, deseos…- y, a la vez, en su cuerpo y su respiración.

Salir de nuestra rutina y explorar espacios nuevos nos enfrenta con la transitoriedad permanente del día a día, momento a momento, y eso nos facilita dejar de pensar en nuestros problemas, en lo que nos provoca ansiedad… y así salimos de ese estado –inconsciente, en la mayoría de los casos- que se llama rumiación y que tanto dolor nos causa. Rumiar, en términos psicológicos, es enfocar nuestros pensamientos en lo que nos produce malestar o sufrimiento.

Pues bien, caminar nos aleja de ese estado de una manera fácil y natural… Y si, además, caminamos por parques, jardines, senderos en el bosque… mejor que mejor, pues acercarnos  a la naturaleza es siempre un bálsamo para el estrés y una forma de conectar con nosotros mismos y nuestro origen. Son numerosos los estudios demuestran que la proximidad de vegetación provoca una bajada del ritmo cardíaco y transmite sensación de calma.

También, el hecho de que al andar se avanza hacia adelante ayuda a que nos proyectemos en el presente, en el aquí y ahora, y dejemos atrás el pasado y todo lo negativo que puede traer consigo. Al caminar nos encontramos a cada momento en un lugar diferente, que despierta nuestra creatividad y alivia nuestras tensiones. Ese situarnos, instante a instante, en espacios distintos además nos ayuda a ver bajo nuevos puntos de vista nuestras preocupaciones y emociones. Caminar nos abre ventanas interiores muy poderosas.

Y como premio y consecuencia de todos estos beneficios psicológicos, llega uno más: la resilencia, la capacidad de afrontar problemas, conflictos y nuevas tensiones. Andando fortalecemos nuestro ánimo para enfrentar las adversidades que encontramos por el camino de nuestra vida.

Por otro lado, la práctica de andar con asiduidad una hora al día produce una liberación de neurotransmisores, como la serotonina o las endorfinas, que inmediatamente provocan sensaciones de placer y relax. Un estudio de la Universidad Estatal de California ha relacionado de forma directa el número de pasos y la mejora del humor.

De todo esto, se deduce que andar es uno de los mejores, y más baratos, antidepresivos naturales.

Para reducir el estrés caminando lo ideal es no tener un destino fijo, caminar por caminar, sin rumbo, vagando, en “deriva”, como decían los surrealistas que salían a andar por París, abiertos a todo lo que la ciudad les ofrecía.

Por todo esto, no hay excusas para no salir a caminar. Jardines, parques urbanos, senderos de parques naturales, rutas históricas como el Camino de Santiago o rutas en plena naturaleza como la del Monte Roraima en Venezuela, el Inca Trail, el Salkantay o la Ciudad Perdida, en Colombia, nos están esperando…

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

Caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino

sino estelas en la mar.

(Antonio Machado)

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