Mundo Yold. El cine nos avisa de lo catastrófico que sería para el ser humano un mundo sin luz eléctrica 

¿Te imaginas vivir sin luz eléctrica? El cine lo hace por ti

 

Angel Domingo
22 septiembre, 2021

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En plena crisis energética, la propuesta del Gobierno de limitar el beneficio de las eléctricas ha encontrado, por parte de éstas, la amenaza de apagar las centrales nucleares. En este amenazador contexto, Ángel Domingo repasa para nosotros los títulos cinematográficos más apocalípticos, en su vertiente eléctrica.

 

Al mismo tiempo que la vida humana se ha hecho dependiente de la electricidad, las historias cinematográficas apocalípticas en las que, de pronto, se corta el suministro de energía han ido ganando popularidad. Vivir sin luz es una problemática que el cerebro humano olvidó rápidamente, y así todos nos comportamos, en la oscuridad, con gran torpeza. Y no solo porque la existencia de luz es imprescindible para nuestro entretenimiento como espectadores, sino porque, sencillamente, Internet no existiría. De esta manera, los grandes apagones han protagonizado argumentos de célebres películas, en las últimas décadas.

En primer lugar, hablemos de las dos Blackout. La primera, Apagón en Nueva York (1978), nos lleva al 13 de julio de 1977, fecha en la que, sin saber cómo ni por qué, la ciudad que nunca duerme desconectó el servicio de luz eléctrica, y aprovechando la oscuridad se multiplicaron los robos y las violaciones. Dos agentes de policía, James Mitchum y Robert Carradine, arriesgan sus vidas para tratar de proteger a la población.

 

La segunda, The Blackout: La invasión (2019), nos lleva a una ciudad de Europa del Este, la única que aún cuenta con electricidad, algo de lo que se percata la Estación Espacial mientras trata de encontrar sentido a lo acontecido. Cuando los ejércitos comienzan a movilizarse, descubren una situación de pesadilla: hay muertos en todos lados, aunque se desconocen las causas por las cuales el ser humano está siendo erradicado. Mientras tanto, el último reducto de la humanidad trata de sobrevivir a cualquier precio. La pregunta es: ¿lo conseguirán?

El Corte (Regina Braunstein, Agustina Gonzales Bonorino, 2018) es una ácida crítica hacia la raza humana, al mostrar que después de treinta días sin energía eléctrica, los vecinos de una imaginaria ciudad se ven superados por el terror y la paranoia cuando un apagón, que no parece tener fin, termina sacando lo peor de cada ciudadano.

Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007) nos presenta a Robert Neville (un brillante Will Smith), el último hombre que sobrevive en la Tierra, pero no está del todo solo porque los demás seres humanos se han convertido en vampiros y todos ansían beber su sangre. Durante el día vive en estado de alerta, como un cazador y solo cuenta con la ayuda de su fiel perro, que busca a los muertos vivientes mientras duermen; pero durante la noche, en la oscuridad, debe esconderse y esperar el amanecer. Esta pesadilla empezó hace tres años: Neville era un brillante científico, pero no pudo impedir la expansión de un terrible virus creado por el hombre. Él ha sobrevivido porque es inmune al virus; todos los días envía mensajes por radio con la esperanza de que haya otros supervivientes, pero es inútil. Lo único que puede hacer es buscar una fórmula que le permita utilizar su sangre inmune para devolver a los hombres su naturaleza. Pero está en inferioridad de condiciones y el tiempo se acaba.

El perverso director Spike Lee no podía quedarse sin aparecer en un género que le viene como anillo al dedo, y en 1999 dirigió Nadie está a salvo de Sam, protagonizado por un Adrien Brody que ni soñaba entonces con interpretar a un valiente pianista a las órdenes de Roman Polanski. Aquí, la ciudad de Nueva York se ve invadida por una gran ola de calor, mientras se ve sacudida por los crímenes de un asesino en serie al que la prensa amarilla ha bautizado como El hijo de Sam. Cuando un jefe mafioso ofrece una desmesurada recompensa por su captura, unos vecinos del Bronx, que están convencidos de que el asesino es de su barrio, hacen una lista de los sospechosos, en la que el joven Brody, de llamativo aspecto judío, es el primer sospechoso.

La carretera (The Road) es, con toda probabilidad, la primera película que le viene a la mente a un cinéfilo cuando hablamos de este género. El planeta ha sido arrasado por un misterioso cataclismo y, en medio de la desolación, un padre y su hijo se dirigen hacia la costa, solo con un carro de la compra y un rifle con las balas contadas, en busca de un lugar seguro donde asentarse. Durante el viaje se cruzarán con otros supervivientes: unos se han vuelto locos, otros se han convertido en caníbales.  Brillante adaptación de una novela de Cormac McCarthy, autor de No es país para viejos.

 

Y finalizamos este artículo con el clásico australiano Mad Max: Furia en la carretera (George Miller, 2015). Perseguido por su turbulento pasado, Mad Max cree que la mejor forma de sobrevivir es ir solo por el mundo. Sin embargo, se ve arrastrado a formar parte de un grupo que huye a través del desierto en un War Rig conducido por una emperatriz de élite: Furiosa. Escapan de una ciudadela tiranizada por Immortal Joe, a quien han arrebatado algo irreemplazable. Enfurecido, el Señor de la Guerra moviliza a todas sus bandas y persigue implacablemente a los rebeldes en una “guerra de la carretera” de altas revoluciones… Cuarta entrega de la saga post-apocalíptica que resucita la trilogía que a principios de los ochenta protagonizó Mel Gibson.

Personalmente tengo mis dudas de si, en pleno siglo XXI, la humanidad vaya a seguir el argumento de estas películas… si los elevados precios de la tarifa eléctrica no paran de subir. ¡Ojalá no!

 Ángel Domingo Pérez

 

 

 

 

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