Mundo Yold. Los piratas no han desaparecido de los mares y océanos del planeta, ni, por supuesto, de la historia del cine…

¡Una de piratas!

 

 

 

 

 

Angel Domingo
9 abril, 2021

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Estos últimos días hemos conocido la impactante noticia de que un gran barco había encallado en el interior del Canal de Suez, interrumpiendo el paso y provocando pérdidas económicas incalculables a nivel mundial. Felizmente ha quedado resuelto el problema y despejado el “atajo” de Suez, y es que la ruta histórica, anterior al canal, bordeando África, presenta las mayores tasas de abordajes y secuestros realizados por… ¡piratas! Aunque parezca mentira, en pleno siglo XXI, continúan existiendo filibusteros, no sólo en las películas. Y, hablando de celuloide, me propongo hacer un repaso del género de la piratería dentro de la historia del cine. Por películas no ha de quedar, hay cerca de un centenar.

Por suerte, la literatura de ficción, con la obra del novelista del siglo XIX, Robert Louis Stevenson, fijó en el imaginario colectivo los tópicos relacionadas con la piratería. Para ilustrar sus novelas recurrió a Howard Pyle, encargado de vestir con ropajes y abalorios gitanos a aquellos renegados; aspecto canónico que ha llegado hasta nuestros días.

El genial creador de La isla del tesoro

Así, cuando se popularizó el cine, en el siglo siguiente, ya tenían la mitad del camino recorrido; de esta manera, actores tan populares como Errol Flynn y Burt Lancaster convirtieron a estos antihéroes en pícaros y galanes legendarios, y de su mano comprobamos como reprimían los motines a base de latigazos junto el palo mayor o lanzando grumetes a los hambrientos tiburones; también impusieron a los españoles el traje de malvados intentando repeler los ataques, en las paradisíacas islas del Caribe con náufragos en islas encantadoras que, además, ocultan grandes tesoros. Todos estos elementos se reunieron en la mente de Ron Gilbert, que a la manera de una batidora genial nos regaló la aventura gráfica The Secret of Monkey Island, de la que bebe con total desvergüenza la entretenida saga Piratas del Caribe que ahora lidera Javier Bardem. ¡Y qué mejor excusa para recordar aquellas películas de piratas que más huella nos dejaron!; voten por su favorita o añadan la que deseen.

En La isla del tesoro están todos los elementos clásicos de la filibustería

-La isla del tesoro (Victor Fleming, 1934). La Warner adaptó la novela de Stevenson. El joven Jim Hawkins encuentra el mapa de un tesoro, que ha dejado un viejo marinero asesinado, en la posada que regenta su madre. Graham Greene dijo del film que contaba con personajes y situaciones llenas de un rico simbolismo poético.

En ella estaba todo lo fundamental en torno a la piratería, y lo demás en forma de anotaciones a pie de página. Salvo, eso sí, el parche en el ojo, del que no existe ni una mención en toda la novela y que después se convertiría en un elemento imprescindible. Hay quien sostiene que este complemento no se debe tanto a haber perdido un ojo -¿tal vez en la punta del garfio de otro pirata?- sino a la conveniencia de acostumbrarlo a la oscuridad y de esa manera poder encontrar, durante un abordaje nocturno, el tiempo suficiente para adaptar su visión antes de ser atacados. La idea parece razonable, y los cazadores de mitos demostraron que podía funcionar. En cualquier caso, la célebre  novela ha contado con más de veinte adaptaciones a la gran pantalla, entre las que cabe destacar alguna que contó con Charlton Heston, Christian Bale y Christopher Lee, además de una estupenda banda sonora a cargo de The Chieftains.

Flynn como hábil espadachín

El capitán Blood (Michael Curtiz, 1935). Aquí tenemos a Errol Flynn, encarnando a otro héroe que, tras combatir del lado de los franceses contra los españoles y de los españoles contra los franceses, pretende llevar una vida apacible como médico. Pero el destino le tiene reservado liderar una rebelión de esclavos que se convertirán en filibusteros con él por capitán. Tras una breve aparición en The Case of the Curious Bride (1935), esta fue la primera colaboración del actor con el cineasta Michael Curtiz, con el que  repetiría hasta en diez ocasiones.

Javier Bardem casi irreconocible como malvado filibustero

El halcón del mar (Michael Curtiz, 1940). El cine de piratas nos ha acostumbrado a ver la cruz de Borgoña como si de la esvástica nazi se tratase y en este caso fue casi literalmente. La narración comienza con un Felipe II que se jacta del dominio de España sobre todo el planeta… salvo sobre una isla “tan estéril y traidora como su reina”. Ésta,  por su parte, afirma no desear la guerra, pero “cuando la desmedida ambición de un hombre amenaza con devorar el mundo, se convierte en una solemne obligación de todos los hombres libres afirmar que el mundo no pertenece a un hombre sino a todos”. No hace falta añadir que se rodó en 1940, en lo que fue otra de las colaboraciones Flynn-Curtiz.

-El temible burlón (Robert Siodmak, 1952). Otro nombre que no puede dejar de mencionarse junto al de Flynn es el de Burt Lancaster, especialmente por este clásico del cine. Ésta era una de esas películas que TVE emitía periódicamente hace años, así que forma parte de la infancia de muchos espectadores.

Escena de la genial Seguros permanentes Crimson

El sentido de la vida (1983), de los Monty Python, se estrenó en los cines precedida de Seguros permanentes Crimson (Corto de Terry Gilliam, 1983). Hasta la más anodina oficina puede convertirse en un campo de batalla y dentro de cada hastiado empleado hay un pirata deseando salir, así que una vez estalla el motín ya no habrá rascacielos que se resista al abordaje. El argumento está vagamente inspirado en la película anterior.

En 2017 los directores Joachim Rønning y Espen Sandberg estrenaron Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, quinta parte de una saga estratosféricamente rentable que ha sabido reavivar con mucho colorido, acción y humor la mitología en torno al mundo de los piratas que durante tantas décadas ha elaborado Hollywood. Porque los filibusteros y corsarios reales, no nos engañemos, eran algo menos vistosos y ahí estaba por ejemplo la bandera un tanto desangelada de Barbanegra, que me cuesta creer que inspirara terror en su tiempo.

Burt Lancaster fue un pirata tan hermoso como ágil acróbata sobre cubierta

-Rebelión a bordo (Lewis Milestone, 1962). Claro que si hablamos de motines nada como acudir al original. En el año 1789, cuando la tripulación del HMS Bounty se rebeló contra su capitán, a quien dejaron a la deriva en una barca, y a continuación se instalaron, la mayoría para el resto de sus vidas, junto a las mujeres tahitianas que habían conocido meses antes. El suceso real dio mucho que hablar e inspiró diversas historias, sin duda estaba destinado a ser material de celuloide. La primera versión fue australiana y es la que lanzó al estrellato a Errol Flynn, quien por cierto aseguraba ser descendiente de uno de aquellos amotinados. A continuación hubo otra con Charles Laughhton y Clarke Gable, luego la que tenemos sobre estas líneas con Marlon Brando, que se metió tanto en el personaje que se enemistó con el actor que interpretaba al tiránico capitán, Trevor Howard, y se enamoró de una tahitiana, que sería su tercera esposa. Finalmente hubo otra adaptación en 1984 con Anthony Hopkins y Mel Gibson.

-Piratas (Roman Polanski, 1986). La comedia no es un género en el que Polanski se haya prodigado, aunque ha demostrado solvencia primero con la inolvidable El baile de los vampiros (1967) y en 1986 con esta otra historia. Si bien tener a Walter Matthau en el papel de ese pirata que prefería vivir sin cabeza a vivir sin oro, lo hizo mucho más sencillo, una elección más acertada para el personaje que el actor inicialmente previsto, Jack Nicholson.

Los robinsones de los mares del sur (Ken Annakin, 1960). La primera vez que los piratas se convirtieron en personajes de ficción fue en la novela de Robinson Crusoe. Dado el enorme éxito que cosechó le siguieron toda clase de copias más o menos inspiradas, entre las que se encontró El Robinson suizo, escrita a comienzos del siglo XIX, que más adelante conoció varias adaptaciones al cine, siendo ésta la más memorable.

Viento en las velas (Alexander Mackendrick, 1965). Aquí tenemos de nuevo a Anthony Quinn, que esta vez se hizo acompañar de James Coburn. Ambos son sin duda lo mejor de una narración un tanto escasa de fluidez en torno a una familia inglesa residente en Jamaica, que tras el huracán del título original decide enviar de vuelta a Inglaterra a los niños. El barco será interceptado por un pintoresco grupo de asaltantes con el que los niños no tardarán en congeniar; al fin y al cabo desde John Silver y el Capitán Garfio los piratas renunciaron a integrarse en el mundo de los adultos y no obedecer más ley que la fuerza y el viento, sintonizando a la perfección con la infancia. Lo expresó con otras palabras el filósofo Roger Callois: “Decir que los niños creen en los tesoros es decir muy poco. Los niños poseen tesoros sin que se den perfecta cuenta de ello, los afanes y los gustos de los filibusteros no son más que un eco desmesurado de los suyos”.

Spoiler: el guapísimo Westley resulta ser el pirata Roberts

La princesa prometida (Rob Reiner, 1987). El temible pirata Roberts es conocido en los siete mares por no hacer prisioneros: aunque siempre se puede hacer una excepción, como con el protagonista, que aprenderá su manejo de la espada y heredará su nombre y barco. Su leyenda se convertirá así en parte fundamental de este cuento de hadas que encandiló a una generación.

Keith Richards ha tenido siempre cara de pirata guitarrero

Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra (Gore Verbinski, 2003). Concluimos precisamente con aquella que abrió la saga, tal vez no necesariamente la mejor, aunque sí la más original, pues las siguientes sencillamente repitieron la fórmula. La explicación oficial para evitar problemas legales es que la productora, Walt Disney Pictures, buscaba adaptar al cine las atracciones de piratas de sus parques Disney World. Pero si tenemos en cuenta que estaba implicada en su desarrollo Lucas Film, propietaria de la antigua Lucas Film Games, autora de célebres aventuras gráficas entonces no necesitamos la pericia de un corsario para atar cabos y ver que Guybrush Threepwood ahora pasa a llamarse Will Turner. La película inició una saga que, en la mejor tradición del cine de piratas, desborda vivacidad y espíritu aventurero; lleva recaudados más de un gritón de dólares y ha tenido entre otros muchos aciertos el de incluir, en su tercera entrega, al Stone, Keith Richards como pirata, concretamente como el legendario padre de Jack Sparrow.

Escribí al principio que el número de películas del género bucanero se hace interminable.

¡Disfruten de la que prefieran ver!

Ángel Domingo Pérez

 

 

 

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