Mundo Yold. Una lista de películas inolvidables para ver con mantita y pañuelo

Una triste y fría Navidad

 

 

Angel Domingo
21 diciembre, 2020

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Algunas personas aprovechan las fiestas navideñas para recluirse en la soledad de sus casas y así poder curar las heridas que este nefasto 2020 les ha producido, por la pérdida de algún ser querido. En esta situación, una película triste puede ser un entretenimiento más, para satisfacer este propósito. Con Ángel Domingo, nuestro crítico de cabecera, repasamos los títulos que nos ayudarán a desahogarnos y soltar una lagrimita.

Si tienes decidido convertir tu hogar en un fortín para esquivar felicitaciones obligadas o las evidentes tensiones que se producen durante las interminables comidas familiares, encerrarse en casa en compañía de una película triste es una elección muy razonable; me propongo presentar una lista con películas ideales para cumplir este deseo, ¿estáis preparados para llorar hermosas lágrimas de celuloide?

Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941). La muerte de la madre de Bambi (1942) que, por si alguien lo ignora sucede en off, fue capaz de ensombrecer uno de los momentos más escalofriantes en la trayectoria de Walt Disney: esa maravillosa secuencia donde la madre del elefantito volador acunaba a su pequeño en la trompa ayudada por el dulce sonido de la melodía de Baby mine, mientras era transportada y encadenada en un sórdido vagón calabozo. El espectador que supere esta visión sin derramar una lágrima es porque entre su pecho y espalda no tiene más que carne.

Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946). La película navideña por excelencia. La peripecia de George Bailey en compañía de su ángel de la guarda, sin sus dos alas, es la viva imagen del sueño americano convertido en pesadilla y protagonizado por un excelso James Stewart, que luego trabajaría con Hitchcock en filmes mucho menos luminosos.

Umberto D. (Vittorio De Sica, 1952). La manifestación de pensionistas que inicia el clásico dirigido por De Sica demuestra que el neorrealismo es, sencillamente, una triste mirada a hechos que en la actualidad siguen vigentes. Las penalidades del anciano Umberto Domenico Ferrari en su última gran película resulta absolutamente demoledoras y, por si fuera poco, se potencia con la triste figura del perro Flick.

La Strada. (Federico Fellini, 1954). Junto a la inmortal Candilejas (Charles Chaplin, 1952), esta película del maestro Fellini resulta el más negro y perfecto equivalente de los fotogramas de los payasos tristes junto a una solitaria carpa en medio de la lluvia, sobre el inocente cadáver de Gelsomina. Y si a estas secuencias le unimos la banda sonora que realizó Nino Rota el resultado pulsa todas las zonas lacrimosas del ser humano.

La chica de la fábrica de cerillas. (Aki Kaurismäki, 1990). El realizador finlandés es muy consciente que la tristeza se puede reflejar con la severidad del clima del norte de Europa, la melancólica poética del cine mudo y el fuego del más potente melodrama. La cerillera del inolvidable relato de Andersen.

Rompiendo las olas (Lars Von Trier, 1996). La inolvidable Inga de Ordet (Dreyer, 1955) se mezcla con la Justine del célebre Marqués de Sade en la imaginación del eterno provocador del cine de autor europeo; el martirio del cuerpo (femenino, generalmente) como camino de iluminación y santidad profunda de la mano del célebre director danés.

Inteligencia Artificial (Steven Spielberg, 2001). Inolvidable el momento en el que la madre abandona al inocente niño-robot en un bosque tan oscuro, que parece capaz de concentrar todos los miedos que han nutrido los cuentos de hadas desde el origen de los tiempos.

Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002). Dos hombres heridos custodian los cuerpos presentes de sus amadas en una película que asume todos los riesgos del mundo en cada una de sus decisiones formales y narrativas. En manos de Almodóvar, el melodrama se revela el género capaz de colocar al espectador en situaciones morales que difuminan los límites establecidos entre el bien y el mal. Una de las obras mayores del director manchego.

Mi vida sin mí (Isabel Coixet, 2002). El diagnóstico de una enfermedad terminal y la épica privada de poner las cosas en orden para afrontar la partida ponen en marcha uno de los trabajos más saludablemente lacrimógenos de una cineasta dispuesta a darle un baño de contemporaneidad al melodrama. La vulnerabilidad de Sarah Polley y el estilo de la Coixet logran un mano a mano tan intenso que exorciza toda sospecha de afectación formal. Nadie ha dicho que las lágrimas no puedan ser fotogénicas.

Nadie sabe (Hirokazu Koreeda, 2004). Una firme candidata al título de Película Más Triste de Todos los Tiempos. El japonés Koreeda describe la deriva de un grupo de niños abandonados a su suerte en este melodrama claustrofóbico, basado en un hecho real, que le pega un tiro de gracia a ese tópico que reivindica los años de infancia como la más feliz de las edades del hombre.

Aquí os dejo para elegir.

Os deseo una Navidad saludable y ojalá que las siguientes, las de 2021, las podamos festejar con total normalidad.

Ángel Domingo Pérez

 

 

 

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