Cine Yold. Todas las claves para profundizar en la obra de este genio del cine

Billy Wilder, ejemplo para refugiados que desean triunfar en el exilio

Angel Domingo
26 agosto, 2022

Hoy repasamos la trayectoria del genio de la comedia americana, creador de obras cumbre de la cinematografía universal, y responsable de las risas y el sentimiento de empatía con los débiles que nos regalan sus películas. Hablamos de Billy Wilder, y es Ángel Domingo, nuestro querido crítico, el que nos desvela las claves de su filmografía.

Todo aficionado al cine conoce al menos tres películas del genio austriaco: El Apartamento (1960), Con faldas y a lo loco (1959), y El crepúsculo de los dioses (1950). Lo que menos gente conoce fue la dificilísima trayectoria vital que sufrió el director, antes de completar el sueño americano.

Actualmente, millones de ciudadanos ucranianos están siendo obligados a abandonar sus hogares para salvar sus vidas a causa de la guerra de Vladimir Putin. En la redacción de Yold Cultural no estamos preparados para entrar en combate, y poder ayudar a estas personas para que no se sientan abandonados; solo sabemos utilizar la pluma, y hay quién dijo que la pluma es más decisiva que una espada. Yo utilizaré mi pluma (naturalmente en sentido figurado, porque yo escribo mis artículos en un ordenador).

-“De los mejores años de mi vida en Berlín, tuve que huir a Estados Unidos, con once dólares en el bolsillo y un nivel lamentable del idioma inglés”. Una vez instalado en Nueva York tuvo que empezar de cero; para él fueron los años de las bajas calorías, pero ‘Dios’, como le llamó Fernando Trueba durante su discurso de agradecimiento por el Oscar de Hollywood, también fue un refugiado de guerra. Conozcamos mejor su historia:

Billy Wilder había nacido en los primeros años del siglo XX, en 1906, en la localidad de Sucha, actualmente Polonia, pero que en ese momento pertenecía al Imperio Austrohúngaro. Su auténtico nombre era Samuel Wilder, pero fue apodado Billie en honor de Buffalo Bill, la emblemática figura del Oeste americano.

Un joven Wilder de 21 años se fue a vivir a Berlín y comenzó a trabajar como reportero. Es allí donde entra en contacto con el mundo del cine, comenzando a trabajar como guionista para la UFA, una de las grandes compañías de cine de Alemania.

Sin embargo, en 1933 la vida de Billy Wilder en Berlín se nubla con la victoria electoral y subida al poder del nacionalsocialismo personalizado y liderado por Adolf Hitler. El creador de Irma la dulce (1963) o Perdición (1944) era de origen judío y el antisemitismo del partido nazi le obligó a tomar el camino del exilio, convirtiéndose en refugiado, abandonando el país germano a causa de la persecución y posterior exterminio que se cernía sobre la población judía.

Wilder se exilió primero en París y, un año después, tomó un barco con destino a Nueva York y los Estados Unidos de América con 11 dólares en el bolsillo. Desgraciadamente, su madre y algunos miembros más de su familia morirían después en el campo de exterminio de Auschwitz, asesinados por el mero hecho de ser judíos.

Relatan los especialistas que Wilder era un genio en el arte de contar historias; mezclaba a su antojo realidad y ficción, incluso sobre su propia biografía, con el fin último de que la historia fuera mejor. Así, solo él sabría realmente si su llegada a Nueva York fue como relató en varias ocasiones. Según contó, consiguió entrar en Estados Unidos en situación irregular, gracias a toparse con un funcionario de fronteras cinéfilo que le permitió pasar a cambio de un compromiso: “Haga buenas películas”, desveló Wilder que le pidió a cambio de la autorización. Como hombre de palabra, Wilder cumplió su compromiso.

Billie se convirtió en Billy en Estados Unidos, y saboreó las dificultades de cualquier migrante, que llega con lo justo y sin conocer el idioma. Él, que vivía de su dominio del lenguaje, de pronto no tenía cómo hacerlo. Tuvo que trabajar muy duro para conseguir dominar la herramienta. Siempre genial, Wilder llamó a esta primera etapa en América ‘los años de las bajas calorías’.

Y no se me ocurre mejor forma de finalizar este sencillo artículo con una anécdota solo apta para genios como Wilder.

Cuando filmó una de sus últimas películas, El crepúsculo de los dioses (1950), tal vez la película que critica con más salvajismo la industria de Hollywood, el magnate y productor del film, Louis B. Mayer, insistió en verla en un pase privado, y escandalizado ante lo que veían sus ojos afirmó en voz muy alta:

-“Este hijo de perra de Billy Wilder es un extranjero, le dejamos entrar, le hemos dado una vida, una familia y ahora muerde la mano que le da de comer”. Billy Wilder estaba presente en la sala y no dudó en levantarse, acercarse al magnate y contestarle: “Señor Louis B. Mayer, ¿por qué no se va a la mierda? Me llamo Wilder, soy el director y estoy orgulloso de esta película”.

Lamentablemente hay personas para las que el refugiado o el inmigrante siempre será un extranjero. En cualquier momento, acudirán a esta condición para tratar de ofender, insultar y descalificar.

En la producción El gran carnaval (1961), protagonizada por el también refugiado Kirk Douglas, la crítica atacó a la película acusando a Wilder de traicionar al país que le había acogido, colocando sobre él la sospecha de ‘antiamericano’, algo muy peligroso en tiempos del lúgubre senador Joseph Raymond McCarthy, quien desencadenó una caza de brujas contra todo aquel que fuera sospechoso de subversivo, comunista, traidor a la patria y promotor de actividades ‘antiamericanas’. Una vez más, aparecía en la vida de Wilder la amenaza de la persecución. De hecho, nuestro cineasta, participó en el llamado Comité de la Primera Enmienda en defensa de la libertad de expresión, junto a otras figuras que no se callaron, como Lauren Bacall o Humphrey Bogart.

Billy Wilder rodó su última película en 1981, Aquí, un amigo y falleció en 2002 a los noventa y cinco años en su residencia de Beverley Hills en el país que le acogió y al que, sin duda, tanto aportó con su talento y capacidad creativa. Con su obra, con sus películas, este refugiado consiguió acceder a la inmortalidad. Y antes de fallecer, nos dejó un importante legado en celuloide que hizo a la humanidad más feliz y comprometida con los más débiles.

Imagino que pocos ciudadanos ucranianos tendrán el talento artístico que poseía Billy Wilder, pero él consiguió completar una brillante filmografía gracias a que le dejaron intentarlo. Solo espero que este breve artículo inspire a los miles de ucranianos a dar lo mejor de sí mismos para mejorar el país que les abra los brazos, al igual que hizo ese genio llamado Billy Wilder.

Ángel Domingo

 

 

 

 

 

 

 

 

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