Yold Cultural. Comentamos algunos de los anuncios antiguos que, por su contenido o diseño, hoy nos resultan insólitos

Cómo hemos cambiado (a mejor), a través de los anuncios

Inés Almendros
11 junio, 2020

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Remedios mágicos que lo curaban todo al mismo tiempo; cremas milagrosas para que tu marido no te abandonara; elixires para potenciar la virilidad; hospitales para curar a los “retrasados mentales”… Hemos recopilado los anuncios antiguos más impactantes para comprobar lo mucho que la humanidad ha evolucionado. Y en casi todo, para mejor.

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Muchas veces, al recordar tiempos pasados, pensamos que todo ha ido a peor. Pero si miramos los anuncios que publicaban los primeros medios de comunicación ya dirigidos a las masas, desde finales del siglo XIX y primeros del XX, seguro que cambiamos de opinión. La propaganda de la época nos refleja que el mundo ha cambiado sustancialmente en muchos aspectos, y casi siempre, para mejor. Que nos hemos renovado en muchos aspectos, como el desarrollo de la medicina y la ciencia; el avance en la repulsa de la intolerancia, el machismo, el maltrato, el racismo… Sabemos que queda mucho por mejorar pero, ciertamente, esta revisión de anuncios antiguos, además de ser sorprendente y divertida, nos ayuda a entender lo mucho que ha evolucionado nuestra sociedad.

Medicinas que lo curaban todo

El increíble avance de la ciencia y su acción positiva sobre la medicina es algo innegable, y más aún si revisamos anuncios de los antiguos “medicamentos”. Como el del Tónico Koch del Doctor Mateos, que “sanaba” con un mismo producto males tan dispares como los nervios, la debilidad, el histerismo, el malestar estomacal, la esterilidad o el encanijamiento de los niños, entre otros muchos. O las Veinte curas vegetales del Abate Hamon, un clásico de la época, que igualmente lo curaba todo (si estuviera aún entre nosotros, seguramente el abate ya tendría en su catálogo la vacuna contra el COVID).

Milagros sin fronteras

Para justificar sus métodos científicos, los publicistas de la época no escatimaban imaginación ni palabrería y recurrían al invento de personajes que parecían sacados de la ultra galaxia. Por ejemplo: el “prodigioso” descubrimientode la Cefalosa curaba la timidez, desarrollaba la inteligencia y facilitaba la palabra abundante y justa”. El Urodonal te servía tanto para la obesidad, como para el mal de piedra o la jaqueca. El cinturón eléctrico Galvani debía ser el más allá pues “había devuelto la salud, la vida y la felicidad a millares de pacientes incurables, a los que las drogas y las medicinas no les había curado”. Y todo así…

Vinos para curar y viciosos para ser curados

Otro clásico para la salud era el vino. Como el de la marca Pinedo, que “reconfortaba y vigorizaba”. Dos copitas de Pajarete orquidiado servían para “restaurar las fuerzas”. El Vino de Vial era conveniente “para los ancianos, mujeres, niños y todas las personas débiles y delicadas”. Con este panorama, debía ser bastante frecuente que el paciente acabase alcohólico perdido. Claro que la farmacopea de la época también ofrecía remedios milagrosos a los “borrachos y viciosos”.

Anuncios que hacen daño

La propaganda de la época nos lleva a adivinar el sufrimiento que millones de personas debieron de padecer solo por ser diferentes. Un ejemplo: en 1930 se inauguró el Instituto Psiquiátrico Pedagógico de Chamartín (Madrid), que se anunciaba con una frase tan cruel, que hoy nos espanta: “vuestros hijos retrasados mentales pueden ser curados o mejorados”. Sin embargo, este era uno de los pocos y primeros lugares donde, al menos, se comenzaba a reconocer el derecho a la educación y atención de estos chicos, así es que, imaginemos el resto. También sin tapujos se mostraba a los negros siempre ejerciendo oficios como camareros, sirvientes o… limpiabotas. Ser homosexual era lo peor de la galaxia, en todos los lugares, en todas las culturas, y por eso la famosa colonia Varón Dandy recordaba que el hombre debía rechazar “perfumes afeminados”. Y por supuesto, hasta hace muy poco tiempo, mostrar al marido pegando a la mujer era un guiño recurrente, “simpático”, del publicista al posible consumidor, así es que había bastantes anuncios con esta imagen.

La juventud perpetua en sus manos

Para la publicidad de la época existían, básicamente, dos tipos de mujeres: las guapas y las feas. Las primeras eran el modelo a seguir. Las segundas, el modelo a evitar. Para ello, se ofrecían a las lectoras productos igualmente milagrosos sin, por supuesto, especificar ni los componentes, ni la base científica que los avalaba. Según la publicidad, las señoras de la época podían tener el cutis perfecto en tres días o quitarse años de un plumazo…Y es que el sueño de ser eternamente joven era tan vendible en aquello tiempos como ahora. En este aspecto, tampoco hemos cambiado tanto.

Usted debe ser bella

“La mujer, en todas las edades, debe procurar ser siempre bien parecida”, decía hace más de un siglo la publicidad del depilatorio María Stuard. Un mensaje repetido hasta la saciedad durante siglos, que convirtió a millones de mujeres en esclavas de productos inútiles: ungüentos para el cutis, cremas para las arrugas, pastillas y aparatos para reafirmar el pecho y todo tipo de inventos engañosos. Uno de ellos, Biocel, promocionaba sus productos argumentando que estaban realizados con “animales jóvenes”. Menos mal que sería mentira…

O con crema, o soltera

Pasada la primera emoción, comprendió, demasiado tarde, porqué la abandona. La maravillosa tez, el blanquísimo cutis de una rival, fueron la única causa de eso”. Y es que ¡cuidado!, porque la belleza femenina era un asunto muy serio y la publicidad de la época te lo dejaba bien claro: si eres fea, no te casas. Y si te casas y envejeces, tu marido te puede cambiar por otra más joven, por una “rival”. ¿Y de quién será la culpa? ¡Sólo tuya por no cuidarte con nuestras fantásticas cremas! Así es que la publicidad de la época, no solo te vendía las excelencias de un cosmético, sino que te prometía el amor, el matrimonio, la felicidad completa, y poco menos que transformarte en un ser de luz.

¡Hombre, se fuerte!

“Un hombre sin virilidad es un escombro humano”, decía el doctor Lionel Strongfort, “especialista en perfección física y salud”. Y es que los varones también vivían bajo su particular presión: la de estar obligados a ser machos alfas, fuertes e hiper-viriles. La debilidad masculina no tenía cabida en aquella época, y quienes redactaban los anuncios sentenciaban al respecto, con frases lapidarias, que debían aterrorizar a muchos: ¡Hombre, sé fuerte!”,“¡Hechos, siempre hechos!”,“¡Sea usted dueño de sí mismo!” Por supuesto, los varones también contaban, para mantener su virilidad, con toda una gama de potingues, líquidos o extraños artefactos, que podían solucionar infinitas dolencias masculinas: desde el agotamiento o el nerviosismo, hasta las poluciones nocturnas o las pérdidas seminales. Todo un infierno.

Un mundo de fajas

Un clásico desde siempre en los productos milagro han sido los que servían para “adelgazar”. Y es que la presión a los pobres gorditos viene desde lejos. Para solucionar la obesidad, entonces no se hablaba de nutrición o dietas: lo que valía eran elixires prodigiosos, las cremas mágicas o los aparatos estrambóticos como el Punkt Roller con sus “acetábulos”. Y por supuesto, las fajas… El mundo de nuestros tatarabuelos estaba lleno de fajas, tanto para ellas, como para ellos. Fajas para disimular la barriga, para luchar contra la obesidad, para ser más elegantes e incluso para hacer deporte. También en esto, sin duda, hemos mejorado.

Caras a medida

Faltaban décadas para el desarrollo y el boom de la cirugía estética, así es que los complejos físicos también se “curaban” con primitivos inventos o artefactos. Los había de todos tipos: aparatos para modelar la nariz o la barbilla -según las necesidades-, ungüentos para crecer y, por supuesto, los clásicos crecepelos, entre otros muchos. Todos prometían resultados garantizados. Imaginamos que habría más de una decepción.

Los reinos de la mujer

Volvamos al mundo femenino: una vez que con su “belleza” la mujer había “cazado” un marido, su reino pasaba a ser el “gobierno del hogar”. Por ello, la publicidad también se volcaba en el sector doméstico, competencia exclusiva de las amas de casa, a quienes se intentaba facilitar la tarea con todo tipo de novedades e ingenios. Los anuncios nos ayudaban a entender que el ama de casa moderna ya no podría vivir sin estos nuevos aparatos: “antes el lavado era una tarea pesada y fatigosa, ahora es un entretenimiento agradable”, decían… (menos mal que la lavadora ha mejorado bastante con el tiempo).

Artículos para todos

De todas formas, al tiempo que la industrialización se expandía, llegaba el consumo de masas… Y llegaba para quedarse. Tabaco o bebidas, prendas o calzado, aparatos como los fonógrafos o las cámaras de fotos… Todo un mundo de tentaciones surgía a través de las páginas de las revistas, con los atractivos reclamos pergeñados por los publicistas de la época. La publicidad se convertía, en sí misma, en una gran industria. Y poco a poco comenzaba un problema nuevo para la humanidad: el problema ecológico con la contaminación, el agotamiento de los recursos, la invasión del plástico, etc. Y en este aspecto, no solo no hemos mejorado, sino justo todo lo contrario: desde entonces, estamos destrozando nuestro precioso planeta.

Anuncios para sentir el lujo

Conforme avanzaba, la publicidad se refinaba y se convertía en todo un arte. Sobre todo, cuando se trataba de crear anuncios dirigidos a los privilegiados que podían adquirir un automóvil o realizar un viaje inolvidable. Era una publicidad creada para sibaritas, por ello solía encargarse a fantásticos ilustradores. Y poco a poco, los creativos fueron recurriendo a estas imágenes maravillosas, de sofisticación y glamour, para anunciar productos dirigidos a todo tipo de compradores, como licores, dulces o perfumes. Y es que sentirse como los ricos siempre ha sido una aspiración de cualquier persona. En suma, la publicidad aprendió a diseñar tentaciones supremas para vender objetos.

Famosos vendedores

 Los avispados creativos de publicidad también comenzaron a percibir el “tirón” que las celebrities tenían entre su público. Y así comenzaron a surgir los anuncios protagonizados por famosos de todo tipo: las actrices más bellas de Hollywood te vendían cremas y ungüentos para que tu cutis fuese como el tuyo. El Gordo y el Flaco te animaban a fumar sus cigarrillos. El torero Joselito te revelaba su secreto: La Embrocación Española. Y hasta el Gato Félix te anunciaba el dentífrico Perborol.

Marcas de ayer y de siempre

Con el tiempo y el éxito comercial, algunas marcas se fueron haciendo famosas, ganando con los años la confianza de sus clientes. Las hay que, incluso, han llegado hasta nuestros días, aunque evidentemente, hoy su publicidad es muy distinta a la de entonces.

Anuncios del pasado nos parecen increíbles hoy

Para finalizar nuestro repaso, hemos de reconocer lo mucho que nos sorprenden algunos usos y costumbres de nuestros tatarabuelos, con ligueros para los hombres, perfumes de nombre “cocaína”, anís para mantenerse joven o cerveza para niños, solo por poner unos ejemplos.

Y la vida seguirá, y seguramente, en el loco devenir de los humanos, algunos de los anuncios que hoy vemos normales serán contemplados desde el más absoluto estupor por nuestros sucesores del futuro. Y es que hemos evolucionado mucho… pero nos queda mucho por evolucionar.

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