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El hombre que hacía castillos de arena

Un cuento de Flory García

Firma Invitada
26 mayo, 2017

Todos los días cuando íbamos a la playa, en el Levante español, estaba allí aquel señor, sentado en su silla azul de plástico y con su spray de agua refrescando sus castillos de arena. Rodeado de gente que observaba lo que hacía. Tenía por casa una especie de choza que se había construido en el escalón que había entre el paseo marítimo y la arena de la playa con cartones y telas de sombrillas rotas. Un viejo y sucio carro de la compra con algo de ropa, un brick de vino; un bocadillo en un arrugado papel de aluminio… todas sus pertenencias, eso es lo que le asomaba por la abertura de aquel carro sin cerrar. Colocaba cerca una vieja mantita de cuadros con algunas monedas donde se supone que los viandantes que paraban debían depositar la propina por ver sus obras de arte, a mí me lo parecían. Su atuendo era una vieja camiseta azul con un letrero de Llanes (Asturias). Como tanta gente extraña, ese señor me llamó tanto la atención que un día, que estaba solo, hablé con él:

-¿Me deja hacer una foto a sus castillos? le pregunté,

-Sí, contesto: todas las fotos que quieras si después dejas algo en la manta.

-¿Conoce Asturias?

-Sí, es mi tierra, me dijo.

-¿Y le gusta esto más, con lo bonita que es aquella tierra y el clima tan bueno que tiene?

Y contestó: -¡La vida!, trabajé en Mieres, en la mina, hasta que me echaron, luego trabajé en la construcción y también me echaron, dijeron que por la crisis, perdí mi casa y todo lo que tenía, hasta mi parienta me abandonó llevándose al guaje (hijo), y así palo tras palo, hasta que me fui de mi tierra, primero a Madrid, como allí no había trabajo, vendía unos ceniceros que yo mismo hacía con latas de cerveza y refrescos que encontraba, me ponía en el retiro a hacerlos delante de todo el mundo, y la gente solo miraban apenas compraban alguno, acababa buscando restos de comida en la basura. Empezó el frío a arreciar, y decidí venirme para acá que tengo por techo el cielo, y el mar me da libertad, no hace frío y se me dan bien las estatuas de arena, bueno se me dan mejor los Castillos, será por eso de que no tengo casa y hacerlos me ayuda a soñar, los pobres también soñamos aunque roncamos los sueños y por eso no se hacen realidad, además, me gusta hacerlo, aunque a veces algún hijo de mala madre rompe mis obras, pero a la mayoría de las personas, les gusta.

-¿Y cuando llegue el invierno? Le dije.

– Qué se yo, me contestó. Yo no tengo futuro, no tengo pasado porque una mala mujer y la mala suerte, me lo chafaron, solo tengo presente, y mi presente es el aquí y el ahora.

Y me fui de allí deseándole mucha suerte, le di todo el dinero que llevaba que apenas llegaba a 20 Euros, pensando que si todos fuéramos así el mundo sería distinto. ¿Cómo de distinto? Cada uno que saque su propia conclusión.

 

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