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Está pescando

Un cuento del Queesperadesespera

Firma Invitada
21 abril, 2017

Lleva horas con la caña en la mano y el anzuelo en el agua. Y ni un pez, pero sí un armario de caoba con las puertas de espejo. A la perplejidad inicial le ha ganado el deseo de tirar del carrete y pescar algo, lo que sea, hasta un armario. Aunque le ha costado un poco izarlo chorreando agua, ha podido dejarlo apoyado en el muro del malecón para que se seque. Pero entre un pez y un armario hay demasiadas diferencias como para aceptarlo así como así, por eso no ha querido abrirlo aún. Ella ha venido aquí a pescar un pez y eso es lo que va a seguir intentado, por lo menos hasta que empiece a hacer frío o, buenamente, se le pasen las ganas.

El cielo está naranja a la izquierda y negro a la derecha. Y ni un pez, la ría huele a cadáver. Pasa una gaviota con una bota vieja colgando del pico; de un cordón se desprende una gota que le cae directa sobre la punta de la nariz.

Le parece oír que algo cruje a su espalda y detrás sólo está el armario de espejos. Puede haber sido la madera vieja secándose, pero son crujidos que estremecen. Delante, la ría es otro espejo vigilante. Casi acobardada entre tantos reflejos, pero con la caña en la mano, permanece sentada con los pies colgando sobre el agua, se mira en uno y en los otros y en el armario algo vuelve a crujir, ahora sí, sin ninguna duda. Y es irremediable imaginar. Dentro del armario puede haber cualquier cosa, a saber… Si no pesca nada, para no volver de vacío, podría llevárselo, caben tantas cosas dentro de un armario… da vértigo pensarlo, incluso cosas inesperadas.

Mientras el anzuelo sigue meciéndose en la marea, sobre la grasa que flota con brillos de colores, hay mucho tiempo para pensar en las posibilidades que ofrece ese interior oscuro: cualquier cosa, una colección de guadañas, vestidos de lamé plateado, frascos de mercurio… Sí, tal vez necesitaba un armario y no lo ha sabido hasta ahora. Rápidamente se decide: junto a la cómoda de la abuela puede encajar perfecto. Habrá que barnizarlo y reparar alguna cosa, quizá la cerradura esté rota, pero no, porque la llave dorada parece bien encajada y brilla como recién pulida. Qué tentación esa llave… Al acercarse, la madera vieja huele a pescado muerto y de las juntas de las puertas se escapan gotas grises, densas. Es imposible no dirigir la mano a la llave y girarla.

Al abrir las puertas, una cascada de peces plateados cae, se desliza entre sus piernas y las deja enterradas en un mar de cadáveres malolientes.

 

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