Mundo Yold. Hoy reflexionamos sobre la madurez, los errores y sus aprendizajes

Errar no solo es humano, sino que forma parte de la vida

 

 

Inés Almendros
7 junio, 2021

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… Y no solamente es parte de la vida, sino que cometer errores es un peaje casi obligado en el proceso de nuestro aprendizaje juvenil. Pero incluso cuando somos mayores, nos seguimos equivocando. Porque, por mucho que crecemos, aprendemos y maduramos, jamás llegamos a ser perfectos.

“El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra” Uno de tantos sabios refranes con el que casi todos nosotros estaremos seguramente de acuerdo. Y es más: no es que tropecemos dos veces: es que tropezamos tres, cuatro y muchas veces más. De hecho, casi todos nosotros tropezamos frecuentemente en el mismo lugar, y nunca aprendemos a esquivar ese bache concreto.

Achacamos muchos de nuestros errores del pasado a que éramos jóvenes, a nuestra falta de experiencia y madurez. Y es una realidad, seguramente, si echamos la vista atrás, que cometimos muchas equivocaciones porque entonces no sabíamos hacerlo mejor.

Por hacer un recuento personal, entre la gran cantidad de errores que -como todo el mundo- he cometido, aún no puedo perdonarme lo mal que cuidé a mi primer gatito, al que no protegí lo suficiente y se acabó escapando y desapareciendo, con un final que no quiero ni imaginar. Seguramente, este es el error más odioso de mi vida.

CASI TODOS NOSOTROS TROPEZAMOS FRECUENTEMENTE EN EL MISMO LUGAR, Y NUNCA APRENDEMOS A ESQUIVAR ESE BACHE CONCRETO.

También me equivoqué con aquel novio absolutamente déspota, al que le aguanté tantas cosas imperdonables, que hoy no soportaría.

Recuerdo también aquella inversión que parecía una gran oportunidad, y que solo fue un gasto estéril y nefasto. Y por supuesto -como todos- he cometido muchos fallos con algunas personas; fallos que ahora no repetiría. Todos estos son algunos de mis muchos errores, sobre todo, errores de juventud.

Es cierto que la madurez me ha hecho reflexionar, y que ahora no obraría de la misma manera en casos similares. Sin duda, no volvería a cometer algunos de estos fallos, fruto de la falta de conocimiento y experiencia. Una de las más gratificantes recompensas de la madurez es precisamente que contamos con la experiencia, que es la mejor consejera para tomar decisiones; y que gracias a ello, hemos logrado subsanar muchas de nuestras antiguas y recurrentes equivocaciones. La sabiduría que nos proporciona el haber vivido nos ayuda a caminar más seguros entre los baches, porque sabemos sortearlos.

UNA DE LAS MÁS GRATIFICANTES RECOMPENSAS DE LA MADUREZ ES PRECISAMENTE QUE CONTAMOS CON LA EXPERIENCIA, QUE ES LA MEJOR CONSEJERA PARA TOMAR DECISIONES.

Es verdad, además, que en general me siento relativamente contenta con el conjunto de las decisiones tomadas, entre las cuales hay muchos aciertos. La realidad, de hecho, es que la suma entre mis decisiones más acertadas, y las menos afortunadas, es lo que ha marcado mi trayectoria y me ha conducido hasta aquí, a ser la persona que estoy. Y sé también que, por mucho que lo intente, seguiré caminando, tanto con pasos certeros, como con patinazos más o menos importantes. Porque hoy, igual que ayer, y como siempre, me sigo equivocando, y siempre me equivocaré. Pero la gran diferencia entre mis errores de ahora, y las malas decisiones del pasado, es que los errores de juventud solían ser fruto de mi falta de madurez y experiencia, mientras que los de ahora son por otras causas, muchas veces, totalmente contrarias a las de entonces.

ANTES ME EQUIVOCABA PORQUE NO CONOCÍA LA VIDA, Y AHORA YERRO POR JUSTO LO CONTRARIO: PORQUE CREO ESTAR ABSOLUTAMENTE SEGURA DE MI CONOCIMIENTO SOBRE LA VIDA.

Por ejemplo, antes me equivocaba porque no conocía la vida, y ahora yerro por justo lo contrario: porque creo estar absolutamente segura de mi conocimiento sobre la vida. Tan segura, que sin darme cuenta, me meto en discusiones absurdas con quienes opinan diferente; debates sin sentido que me roban tiempo y energía y que, incluso, provocan situaciones tensas con personas que me importan. El simple hecho de querer convencerles de mi razón, ya es una gran equivocación. Es un error igualmente pensar que mi razón es más certera que la de mis oponentes. Pero una y otra vez, sigo errando al caer en estos debates.

Me equivoco, por ejemplo, al ponerme objetivos inalcanzables para adelgazar, porque conozco bien mi cuerpo, y ya se que nunca seré esa delgada de las revistas. Pero insisto en engañarme a mí misma en no querer ver la realidad, una y otra vez; como esa piedra con la que tropiezas siempre, porque simplemente, no quieres verla.

Y por supuesto, cometo unos errores (de lo más gratificantes) cuando me reúno con mi gente querida, y compartimos una buena comida, un buen vino, y nos mimamos y nos consentimos, aunque luego sufra un día entero por la resaca y tenga que volver a empezar con el régimen del mes anterior. Aunque, bien pensado, esto nunca será un error.

Nuestros benditos errores, nuestras equivocaciones personales e intransferibles, siempre nos van a acompañar en el camino diario. Porque la única realidad es que, ni siquiera el hecho de ser mayores, de tener más conocimiento, nos libra de caer en ellos. Porque lo único cierto es que, si no cometiéramos fallos, seríamos perfectos. Y si hay un error mayúsculo en la vida de cualquier humano, es precisamente querer ser perfectos.

Gracias al cielo, estamos muy lejos de la perfección. Da igual si somos jóvenes o mayores: siempre seremos adorablemente incorrectos, incoherentes, impacientes, inconsistentes, erráticos…

¿Y tú? ¿Recuerdas algún error especial que nunca hayas olvidado? ¿O el error persistente que siempre has cometido y cometerás?

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