Mundo Yold. La historia de la moda femenina está llena de refinados instrumentos de tortura

El corsé: la prenda que encarceló durante siglos el cuerpo de la mujer

 

 

 

 

Inés Almendros
31 agosto, 2020

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Hoy nos parece increíble, pero durante cientos de años las mujeres de medio mundo tuvieron que vivir “encorsetadas”por esta prenda que podía provocar dolores, mareos y otros problemas de salud. Recordamos, en Gente Yold, la historia del corsé: ese íntimo elemento de tortura que durante siglos comprimió el cuerpo femenino.

Ya desde las culturas más antiguas la obsesión por exhibir el aspecto “femenino” de la mujer llevó a los “diseñadores” de la época a acentuar rasgos como la cintura delgada, en contraste con el pecho y las caderas destacadas. Y a partir de entonces, y durante siglos, diversas prendas -sobre todo el corsé – se han utilizado para delimitar las siluetas femeninas “de moda” en cada momento; por ejemplo, las siluetas en forma de cono, de “s”, de campana o de reloj de arena. De hecho, las representaciones femeninas de la antigua Creta ya muestran a las mujeres con una ceñidísima silueta cónica y una especie de “corsé-armadura”, que mantenía la cintura sólidamente apretada y dejaba los pechos sueltos.

Arriba, primeros corsés del siglo XVI. Abajo, corsés del siglo XVIII. Hoy todos ellos nos parecen aparatos de tortura

Aunque el corsé, tal y como lo conocemos, no se empezó a utilizar hasta el siglo XVI, en la edad media ya se empleaban los corpiños, armaduras o grandes cinturones, para ajustar bien las cinturas. A partir del Renacimiento, el corsé se establece en Europa como una prenda habitual femenina, que permanecería durante siglos. En la famosa corte italiana de los Médicis, las damas -ligeras cuales libélulas, al menos en sus idealizadas representaciones- exhibían un rígido torso encorsetado, marcando una silueta en triángulo invertido. Para conseguir este efecto, los corsés de entonces se realizaban con armaduras metálicas, tremendamente incómodas e insanas, y que provocaban gran presión a quienes las vestían.

Leonor Álvarez de Toledo, esposa de Cosimo I de Médicis, en el siglo XVI, con su talle ya ceñido en un oculto pero potente corsé. Óleo de Bronzino

Una compleja estructura
Al contrario de lo que hoy se piensa, los corsés no se vestían directamente sobre el cuerpo, sino que este se cubría primero con camisolas, blusones u otras vestiduras interiores, y luego encima de ellos se colocaba el corsé. Encima se vestían las prendas exteriores. Por ello, con el paso del tiempo, los trajes femeninos comenzaron a organizarse en torno a este elemento que no solo era una estructura fija y rígida que modelaba el cuerpo de la mujer con estructuras, maderas, cintas y telas, sino que además se complementaba con otros accesorios -como los polisones o miriñaques– que sostenían blusones, faldas y diversas piezas del vestuario. Total: la ropa femenina, organizada en torno al corsé, era un conjunto de telas y ropajes que a veces podía llegar a pesar kilos enteros.

Para marcar la cintura y sostener todo el “andamiaje” de prendas, los corsés iniciales eran auténticas armaduras, que fueron evolucionando con los siglos, adquiriendo cada vez más importancia en el vestido general. En el siglo XVIII el corsé era un armazón constituido con telas y con las llamadas “ballenas”: unas láminas elásticas extraídas de los huesos de pescado, o que también podían realizarse con estructuras vegetales y de madera.

A partir del Renacimiento, el corsé se establece en Europa como una prenda habitual femenina, que permanecería durante siglos.

Pintura satírica sobre la complicación de apretar el corsé. Museo Británico.

La época napoleónica (principios el siglo XIX), con vestidos sueltos bajo el pecho, trajo la suspensión temporal de la moda del corsé, un elemento que el propio Napoleón odiaba, porque consideraba -como muchos- que era causante de abortos y otros perjuicios. Sin embargo, la moratoria fue breve, pues a partir de 1820 el corsé muy entallado regresó con más fuerza que nunca, hasta el punto de que, a mediados del siglo XIX, se puso de moda la cintura de avispa, que se conseguía con el corsé ceñido al máximo y grandes y aparatosas faldas y escotes. Desde finales del siglo XIX, su uso se generalizó tanto que la fabricación de corsés pasó a ser industrial.

Los siglos XVIII y XIX fueron, finalmente, los del esplendor del corsé, con la insana cintura de avispa de plena moda

Desde Europa, el uso del corsé se extendió también a América, donde se comenzó a utilizar a partir de los siglos XVII y XVIII, épocas en las que ya aparecen retratos femeninos con las cinturas apretadas. Aunque en un principio era cosa de la alta burguesía, las campesinas y las mujeres del pueblo lo acabaron adaptando a sus trajes.

Desde las más tierna infancia, las pequeñas criaturas se veían obligadas a aguantar el corsé

El corsé era el elemento perfecto para evitar que las “damiselas” pecasen de ser bruscas o libres o alborotadas.

Una prenda amada y odiada
El corsé era una prenda que las mujeres llevaban, ya desde la infancia, para lucir sus cuerpos adolescentes y exhibir la moda de la época. Pero su uso no se limitaba a lo estético: llevar corsé se asociaba también a lo que era deseable en las féminas de entonces: que tanto en carácter, como en figura, fuesen contenidas, delicadas, suaves, etéreas, pero siempre elegantes y seductoras. Hay que tener en cuenta que los rígidos armazones con ballenas y tablillas -que comprimían cinturas, pechos y espaldas- obviamente complicaban, y mucho, la libertad de movimiento. Por ello, el corsé era el elemento perfecto para evitar que las “damiselas” pecasen de ser bruscas o libres o alborotadas. El corsé ayudaba a que los cuerpos femeninos  exhibieran prudencia y contención, pero sin dejar de lucir una silueta seductora y deseable. Por todo ello, tanto en la práctica, como en la esencia más sociológica, el corsé fue durante siglos una jaula interior que comprimía la libertad femenina en todos sus aspectos.

Por todos estos motivos, también durante siglos, médicos, higienistas y expertos desaconsejaban el uso y sobre todo, el abuso, del corsé, recordando que podría perjudicar la salud de las mujeres; algo nada extraño si se tiene en cuenta que en muchos casos se ajustaban las cintas hasta el límite, para reducir la cintura al máximo (podemos recordar la escena de Lo que el viento se llevó en la que Escarlata O´Hara pide a su esclava que le apriete el corsé al máximo y esta le responde que “después de haber tenido un bebé ya no tendría la cintura de antaño”). Los médicos pensaban que el corsé podía causar esterilidad, abortos o incluso un desplazamiento de las costillas (algo que era verdaderamente raro, salvo en casos de uso extremo y continuo). Lo que sí eran recurrentes eran los dolores de espalda, los mareos y los desmayos provocados por los corsés ultraceñidos, que apenas dejaban respirar.

Cristina de Pisa ofreciendo su libro de poemas a Isabel de Francia, un fresco medieval que nos muestra a las damas de la época bien enfajadas en cinturones que ceñían sus talles

No solo los sanitarios recordaban los problemas de salud que podrían ocasionar estos artilugios, sino que también estaban muy mal vistos por la iglesia, que en general los asociaban con la vanidad extrema, la ligereza de costumbres y la seducción desenfrenada. Por ello igualmente lanzaban soflamas incendiarias contra su uso y los prohibían en algunos casos.

Las explicaciones médicas sobre los riesgos del corsé daban bastante miedo, pero no lograron detener su uso

Los corsés eran tan ajustados, duros y rígidos como auténticas armaduras; por eso muchas mujeres incluso los utilizaban para guardar en ellos sus dineros, joyas y ahorros (había muchas que se cosían bolsillos en el interior). En algún caso, llegaron a salvar vidas: le sucedió por ejemplo a la reina española Isabel II, que se libró de la muerte gracias a que las ballenas de su corsé frenaron el puñal con el que intentó asesinarla el cura Merino; hecho que sucedió en Madrid, en febrero de 1852.

El corsé de Isabel II le salvó la vida

La reina española Isabel II se libró de la muerte gracias a que las ballenas de su corsé frenaron el puñal con el que intentó asesinarla el cura Merino.

Fajas, minis… y libertad
Por fin, el siglo XX trajo vientos de libertad para las mujeres de todo el mundo. Figuras inolvidables, como la gran Coco Chanel, revolucionaron la moda al acortar las faldas y eliminar las incómodas estructuras y vestimentas interiores como el corsé. Sin embargo, la completa libertad en el vestir aún tardaría años en llegar, porque en los primeros tiempos el corsé pasó a ser sustituido por fajas de cuerpo entero, que al menos eran algo más ligeras.

Anuncio de corsés en Argentina, a principios del siglo XX

Si bien la moda sufrió un repunte de falda larga y sobriedad en la posguerra de los años cuarenta, las tendencias se liberalizaron y relajaron finalmente en los felices años sesenta, cuando la minifalda, el color, el estilo hippy y los movimientos sociales, aniquilaron a los corsés, fajas y casi también a los sostenes.

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